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Amy Goodman

Periodista, investigadora, escritora... Ha demostrado que SÍ es posible la independencia de los medios de comunicación y ha dado voz a lxs excluídxs en los mass media. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Vandana Shiva

Doctora en física, filósofa, activista por la justícia global y la soberanía alimentaria... Ha demostrado que SÍ es posible la producción sostenible y plural de alimentos. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Tawakkul Karman

Periodista, política, activista por los Derechos Humanos... Ha demostrado que SÍ se puede luchar desde el pacifismo por la Revolución política, social y de género en Yemen. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Joumana Haddad

Poeta, traductora... Ha demostrado que SÍ se puede trabajar por la secularización de la sociedad, la libertad sexual y los derechos de las mujeres en Líbano. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Leymah Gbowee

Trabajadora social, responsable del movimiento que pacificó su país en 2003... Ha demostrado que SÍ es posible la Paz en Liberia y que las mujeres son sus constructoras. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Ada Colau

Filósofa de formación y miembra visible de la PAH... Ha demostrado que SÍ es posible hacer frente a la ilegitimidad de las leyes movilizando a la sociedad pacíficamente. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Marama Davidson

Activista por los derechos del pueblo maorí... Ha demostrado que SÍ es posible identificarse con la idea universal de la descolonización del Planeta. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Teresa Forcades

Doctora en salud pública, teóloga... Ha demostrado que SÍ es posible un discurso humanista, feminista y combativo por la justícia social dentro de la Iglesia Católica. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Sheelah McLean, Nina Wilson, Sylvia McAdam y Jessica Gordon

Fundadoras del movimiento Idle No More... Han demostrado que SÍ es posible mobilizar a la sociedad en defensa de los derechos de los pueblos autóctonos en Canadá. SIN ELLAS NO SE MUEVE EL MUNDO.

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22 de septiembre de 2015

Agnes Martin: "El equivalente visual al más perfecto sonido"

Artículo de la periodista Julia Luzán publicado en EL ASOMBRARIO &  CO.

Retrato de Agnes Martin. Foto: Gianfranco Gorgoni.
Fue la representante de la abstracción pura. Destruyó más obras de las que conservó; pintaba diez telas y eliminaba nueve. Regla, lápiz y pintura fueron sus herramientas.Cuadrículas, rayas y a veces círculos, triángulos, los motivos de sus cuadros. ¿Se puede con estos elementos crear pinturas que emocionen? La respuesta es un rotundo sí. Las pinturas de Agnes Martin (Canadá, 1912 / Nuevo México, 2004) transmiten inocencia, alegría, belleza en estado puro, un sentimiento de paz que te invade cuando sales de las 11 salas que le dedica la Tate Modern de Londres hasta el 11 de octubre.
Agnes Martin, que como dijo alguien logró “el equivalente visual al más perfecto sonido”, nació el mismo año que el pintor expresionista abstracto Jackson Pollock, cuando Duchamp triunfaba con su Desnudo bajando la escalera, Picasso pintaba en París y un mes antes de que el Titanic, el gran transatlántico británico, se hundiera en su viaje inaugural. Educada en una granja, aprendió desde pequeña a vivir con lo indispensable. En la escuela aprendió caligrafía y ésta posiblemente la condujo a su pintura tan personal. Ascética, mística, vivió como una santa ermitaña alejada de todo y de todos. Su vida en Nuevo México fue espartana; no tenía nada, ni televisión ni música, sólo un gato y un perro por toda compañía. Repetía obsesivamente poemas de Gertrude Stein, leía novelas de Agatha Christie y se imponía retos para cumplirlos y así sentirse viva.
Quiso conocer el budismo, también el cristianismo. Practicó la filosofía Zen, aprendió a vivir en soledad y no quiso que le colgaran la etiqueta de lesbiana y menos aún la de feminista, aunque vivió ocasionalmente en pareja algunos años. Agnes Martin tuvo relaciones largas y serias con la artista Leonore Taeney y la escultora griega Chryssa, una de las primeras en trabajar con las luces de neón. Martin nunca salió del armario. En una entrevista cuando le preguntaron por su postura acerca del feminismo, dio una respuesta insólita: “No soy una mujer”.
Fue diagnosticada en su juventud de esquizofrenia paranoide y hospitalizada en numerosas ocasiones. Gracias al tratamiento que le prescribieron, pudo llevar una vida más o menos normal con periodos de calma y otros de sufrimiento.
En el documental que se exhibe en la Tate, filmado cuando ya era una anciana de 91 años, despliega una energía asombrosa. La cámara sigue a una mujer robusta, vestida con un pantalón de peto, con el pelo corto muy blanco y unos mofletes de manzana sonrosados. Tiene pinta de campesina armada con un metro de sastre con el que va midiendo los contornos del lienzo. Afila el lápiz y con la regla traza líneas. Luego, con el pincel cuadrado, pinta rayas de colores pasteles. Así, con esta aparente sencillez, Agnes Martin conquistó un lugar preferente en la historia del arte norteamericano de mediados del siglo XX, encuadrada durante años en el grupo de los minimalistas. Estudió a Santa Teresa, a Platón y a Gertrude Stein -con ella guarda cierto parecido físico-. Le gustaban las películas del Oeste y se declaraba fan del director de cine Akira Kurosawa.
En los últimos años, concedió algunas entrevistas en las que hablaba con absoluta franqueza de su vida. En el documental de Mary Lance, rodado en 2003, se ve a una Agnes Martin segura de sí misma, proclamando desafiante: “Nací en el norte de Canadá, prácticamente como si hubiera nacido en Siberia. No había ningún futuro en la tierra donde nací. Y a pesar de todo, de niña, tuve oportunidades y pude hacer todo lo que quise y soñé. Ahora soy rica y famosa. Dios sabe lo rica que soy”.
Su familia fueron pioneros. Procedían de Escocia. Llegaron a Macklin, una pequeña ciudad del norte de Canadá, con pocas granjas, un aire cristalino y mucha soledad, la misma que Agnes encontró en la última etapa de su vida en Taos, en Nuevo México. Cuando murió su padre, Agnes tenía siete años y la familia se mudó a Vancouver, donde su madre sacó adelante a la familia limpiando casas. Al terminar la enseñanza superior, Agnes viajó a Estados Unidos, al Estado de Washington, con su hermana Maribel. Le gustaba la natación y se entrenaba para formar parte del Equipo Olímpico. No lo consiguió y en 1941 decidió irse a Nueva York y estudiar en la Escuela de maestros de la Universidad de Columbia. Durante 15 años fue profesora en diferentes escuelas. En 1946 llegó a Alburquerque, a la Universidad de Nuevo México, y se matriculó en los cursos de Arte. Comenzó a pintar paisajes, indígenas y flores. Por entonces, Nuevo México atraía a muchos artistas urbanitas, como Georgia O’Keeffe, y para Martin aquel contacto le reafirmó en su idea de dedicarse a la pintura.
Aquel grupo de artistas de Taos y su admiración por los dibujos geométricos de los indios que ellos representaban en sus obras, comenzaron a tener influencia en los círculos artísticos de Nueva York. El grupo, casi una comuna, coqueteaba con el esoterismo. Invitaron a Josef Albers y a Dore Asthon, una de las críticas de The New York Times –ella fue una de las primeras en escribir sobre los cuadros de Martin años después-, a visitarlos. Después llegaría la galerista Betty Parsons, que representaba a Rothko y Barnett Newman, para conocer la vida de aquel centro de arte. Parsons ofreció a Martin ser su marchante si se mudaba a Nueva York.
Martin vuelve a Nueva York para perfeccionar sus estudios en Bellas Artes. Pero se ahoga en la metropólis y echa de menos los espacios abiertos de Nuevo México. En Taos comparte experiencias con Beatrice Mandelman y su marido, Luis Ribak. La galería de ambos incluye pronto en su catálogo las pinturas de Martin. En la década de los 50 se enrola definitivamente en la abstracción. En aquellos años se aprecia la influencia en sus obras de Joan Miró, Paul Klee o Arshile Gorky. Introduce en sus telas los colores pálidos y líneas trazadas con tinta: “La belleza es el misterio de la vida. No está en la mirada, está en la mente. Es nuestra respuesta a la vida”.
Cumplidos los 45 años, Martin regresa otra vez a Nueva York y trabaja duro. Decide aceptar la oferta de Betty Parsons y en 1958 inaugura en su galería su primera exposición: cuadrados, rectángulos y círculos enmarcados en líneas y en puntos. Luego llegarían para quedarse sus famosas rejillas. “Cuando yo hice una cuadrícula, se me ocurrió pensar en la inocencia de los árboles y fue entonces cuando aquella rejilla me llegó al cerebro y pensé que aquello representaba la inocencia, y aún lo creo, y lo pinto y así me siento satisfecha. Esta es mi visión”. Se refería a su cuadro The Tree, hoy en la colección del MoMa de Nueva York. En aquella etapa, las líneas con las que dibujaba el mapa del cosmos tenían el poder de inundarla de paz, le proporcionaban, como ella reconocía, felicidad e inocencia. Martin se integró en el grupo de Rauschenberg, Robert Indiana, Cy Twombly, que vivían en los edificios Coenties Slip, unos almacenes del siglo XIX abandonados por las empresas navieras en el bajo Manhattan, tomados al asalto por bohemios y artistas. Eran baratos y había espacio. Qué más podían pedir. Agnes Martin era allí como la madre Tierra, un pozo de sabiduría con influencias presbiterianas y taoístas: “Hablábamos de Picasso, que era un buen pintor porque trabajaba sin descanso, aunque también tenía algunas ideas muy tontas. Y me gustaba Andy Warhol, pero sus amigos me daban miedo”. Todos eran competitivos, bullangueros. Sólo Martin era la imperturbabilidad en persona.
En los años 60, Agnes Martin da con lo que sería su estilo característico: el cuadrado de rejilla, que cambió luego a simples líneas, rayas de diferente anchura. “Llegó el momento en que eliminé de mis pinturas las líneas curvas hasta que mis composiciones consistían sólo en líneas verticales y horizontales”. Adoptó para sus cuadros un formato que no cambió nunca: lienzos cuadrados de 1,82 centímetros, en los que dibujaba a lápiz líneas horizontales y pintaba bandas de color con pinceladas sutilmente vigorosas. Alternaba los colores cada año, uno usaba tonos pálidos; y negro, blanco o gris el siguiente.
“Pinto de espaldas al mundo”, llegó a decir en una síntesis de lo que era su vida: soledad, alegría, belleza. En 1967, cuando su carrera en Nueva York estaba empezando a despegar, recayó en su paranoia y hubo de ser internada. Abandonó de un día para otro la ciudad, deambuló por el país durante meses en una caravana y dejó de pintar durante siete años. Al final se estableció en Nuevo México, donde construyó una casa de adobe con sus propias manos en una remota colina. Los inviernos eran tan duros que se quedaba aislada por la nieve durante semanas. “Llegué a un punto en que reconocí que tenía que resolver mi confusión”. La esquizofrenia y las alucinaciones reaparecían periódicamente. Su obsesiva repetición de líneas se alternaba con visiones y pensamientos dolorosos, aunque ninguna de estas turbulencias se aprecia en sus obras. En las conferencias que dio durante su vida y que se reunieron en 1992 enWritings, reitera una y otra vez que sus pinturas no muestran su vida. En sus escritos insistía en cómo el arte no era un instrumento para el cambio social. El valor del arte, decía, residía en la capacidad para contrarrestar pensamientos y emociones negativas, proporcionar orden sobre el caos y dar estabilidad en un mundo de cambios impredecibles.
Cuando volvió a pintar en 1971, abandonó las rejillas y las reemplazó por líneas verticales y horizontales. La paleta de tonos grises, blancos y marrones dio paso a bandas de colores pastel: rosas, amarillos y azules. Seis años después, cambia de nuevo a los grises. “Mis pinturas no tienen objetos, ni espacio, ni tiempo, ni nada. No hay formas. Sólo hay luz, claridad”. En alguna ocasión, Martin escogía un grupo de pinturas para se exhibieran juntas, por ejemplo, The Islands (1979), doce cuadros idénticos que invitan al espectador a concentrarse para observar las finas líneas y los tonos casi evanescentes. Es una composición absolutamente zen, hecha en el periodo en que la artista estaba volcada en la espiritualidad.
En los ochenta, su fama aumentó y sus obras empezaron a cotizarse. Los coleccionistas y museos competían por adquirirlas, pero si su nombre nunca adquirió la notoriedad de sus contemporáneos fue por la imposibilidad de editar obrar gráfica con sus dibujos. La sutileza de sus colores, de sus líneas, lo hacía imposible. “El valor del arte está en el espectador”, dijo en una entrevista a The New York Times. “Cuando descubres lo que te gusta, realmente estás descubriéndote a ti mismo”.
En la última etapa redujo el tamaño de sus telas. De 1,82 centímetros, pasaron a 1,52. De esta forma las podía mover sin ayuda. En algunas pinturas, como Homage to Life (2003), regresó a las formas geométricas de la década de los 50. Estuvo pintando hasta el final de sus días y su obsesión por deshacerse de sus obras se mantuvo intacta. Cuenta su marchante Arne Glimcher que en sus últimos momentos ella le llamó a su lado para decirle: “Hay tres nuevas pinturas en el estudio. La que está apoyada en la pared está terminada, pero las dos que están en el suelo quiero que las destruyas”. Agnes Martin murió en su querido Taos una fría mañana de diciembre de 2004. Está enterrada allí, en el jardín del museo Harwood, porque “la belleza es inalcanzable, es inspiración”.

9 de mayo de 2015

Who was Maryam Şahinyan?

Maryam Şahinyan fue una fotógrafa armenia que se resistió a los avances tecnológicos en fotografía y a las nuevas tendencias estéticas que se fueron desarrollando durante las distintas décadas del siglo xx en las que se desenvolvió su vida y su trabajo. Durante los casi 50 años de su carrera profesional, siempre utilizó una cámara de fuelle de madera, adquirida por su padre, y el blanco y negro en todas sus fotografías. Su obra, compuesta por 200.000 imágenes, constituye un archivo único que refleja de manera fiel la sociedad de aquellos años en Estambul, donde tuvo que instalarse tras el inicio de las deportaciones y asesinatos que dieron lugar al primer genocidio del siglo xx, perpetrado por el Imperio otomano contra el Pueblo armenio, y que comenzaron en el año 1915.
 La administradora del blog  

Artículo publicado en http://saltonline.org/en/141

Maryam Şahinyan was born in 1911 at Şahinyan Konağı (Camlı Köşk), one of the most impressive civil structures in Sivas. Her grandfather, Agop Şahinyan Paşa, represented Sivas in the first Ottoman Parliament (Meclis-i Mebusan), established in 1877. Born with the social privilege inherent to a grandchild of a member of parliament, Şahinyan’s life took an unexpected turn when, as a child, she witnessed the historical events of 1915. Her family left behind the considerable real estate it owned in the region, including nearly 30 villages, five flour mills and Şahinyan Konağı, which was located in Sivas’ city center. Relocating to İstanbul via Samsun, the Şahinyans adjusted to the circumstances brought about by the Republican era, resettling in a modest apartment in Harbiye.

In 1933, Maryam’s father, Mihran Şahinyan, became a partner at the Foto Galatasaray studio in Beyoğlu - at the time managed by two Yugoslavian brothers. Typical to bourgeois children of the Imperial era, photography had been a hobby for Mihran growing up. Now, his childhood pastime would determine his family’s future, as Mihran worked at the studio to support them. At the time of Maryam’s mother, Dikranuhi Şahinyan’s, sudden death in 1936, the family’s limited finances were strained. While her brothers continued to pursue their educations, after completing primary studies at Esayan Armenian School, Maryam dropped out of Lycée Français Privé Sainte-Pulchérie during middle school to help her father at the studio. Learning the intricacies of studio photography over a couple of years, the young woman, in contrast to her siblings, developed a passion for her father’s work. By 1937, she decided to shoulder the financial burden of the family and manage the studio independently. As a woman studio photographer, Maryam was preferred by many female clients. The decision to take over the business thus proved advantageous for the studio under the conservative climate of the time. Maryam Şahinyan never married nor had children, and worked uninterruptedly in her studio, which ultimately moved across three Galatasaray locations, over her half-century-long career.

Armed with the wooden bellows camera her father originally took over from a family that immigrated from the Balkans in the aftermath of the First World War and the black-and-white sheet film she continued to use until 1985, Şahinyan, in a sense, arrested time – both against the technological advancements photography was experiencing and contemporary trends. In the end, she created an unparalleled visual coherence without compromising her technical and aesthetic principles. Throughout her professional life, Şahinyan wore a white coat and black over-sleeves to protect her clothing. She had a good command of French and Italian, in addition to Turkish and Armenian, and she used all these languages in her work. Friends with nuns, Italian sirs, and clergymen who came to İstanbul to work in different institutions, as well as the kuyrs of the Armenian Kalfayan Orphanage and Anarat Hığutyun, she provided her services pro bono to these circles throughout her life. Under Şahinyan’s leadership, Foto Galatasaray witnessed various political periods, from the 1942 imposition of Turkey’s Capital tax to the war against Cyprus in 1974, as well as the demographic and socio-cultural transformations İstanbul underwent over the course of five decades. When she retired from the studio in 1985, Şahinyan left behind a unique visual archive made up of approximately 200,000 images. She passed away at her home on Hanımefendi Sokak in Şişli in 1996 and is buried in Şişli Armenian Cemetery.

17 de mayo de 2014

Milu Correch lleva el street art a La Mancha

La muralista argentina de 21 años Milu Correch participó el pasado año en el proyecto "Construir un lugar mejor sin destruir lo que tenemos", con el que se pretende transformar el skyline de algunos pueblos de La Mancha que han sufrido el impacto de una intervención urbanística antiestética y contraria a la esencia de su arquitectura rural. La artista ha pintado su particular visión de Dulcinea en el Pueblo de Quintanar de la Orden y en El Toboso, haciendo desbordar el museo en la calle, tal como ella define el street art.
La administradora del blog


Fuente fotografía: http://www.pinterest.com/pin/500181102336036134/

11 de agosto de 2013

The Spanish Dream

Tres jóvenes arquitectas españolas, Ana Amado, Marta Marcos y Luz Paz, han sido las ganadoras este año del tercer premio -compartido con otro proyecto- del Festival de Arquitectura Em3, que se celebró del 27 al 30 de junio en la antigua fábrica de hilaturas Fabra i Coats de Barcelona, fundada en 1903, fruto de la fusión de la sociedad Fabra i Portabella con el grupo británico J$P Coats Ltd, convirtiéndose, de esta manera, en la primera inversión extranjera en la industria catalana. Esta nave industrial ha sido reconvertida hoy en recinto para la producción y exposición de arte contemporáneo, dentro del proyecto promovido por el Institut de Cultura de l'Ajuntament de Barcelona denominado Fàbriques de Creació de Barcelona, con el que se pretende recuperar edificios en desuso para la  producción cultural.
La administradora del blog

THE SPANISH DREAM

Spanish Dream es un proyecto del colectivo Cadelasverdes, formado por tres arquitectas, que propone una reflexión crítica sobre la crisis económica y sus consecuencias.

En la actualidad asistimos a una situación que está provocando graves desequilibrios económicos en todo el mundo. En España, en particular, esta circunstancia se vio acentuada por la famosa burbuja inmobiliaria.

La idea hace referencia al American Dream como símbolo de lo que anhela todo un país, el objetivo final que hay que alcanzar en la vida: tener una vivienda en propiedad. Este deseo legitimó un modelo social basado en la producción indiscriminada y amparado por la especulación bancaria.

El sueño se hizo añicos y, como herencia, tenemos un territorio infestado por obras que quedaron sin rematar y con pocas expectativas de hacerlo, ruinas prematuras que ya forman parte de nuestro paisaje. Detrás de esta situación, se esconde una realidad personal, individual y colectiva, que forma parte del día a día y que muestra un escenario poco optimista.

Spanish Dream alude especialmente a lo emocional, recreando escenas familiares en obras sin rematar. El aspecto poco doméstico de los espacios contrasta con la normalidad de las escenas cotidianas provocando la reflexión sobre una sociedad que, arrastrada por el afán de convertirse en propietarios, olvidó el verdadero sentido del habitar.

Texto Em3

  

30 de enero de 2013

El cine experimental y feminista de Barbara Hammer




As a visual artist who primarily uses film and video in experimental, nonlinear time based work, my practice includes performance, installation and digital photography. I embrace critical and formal complexity while promoting an active and engaged audience. Thematically, my work deconstructs a cinema that often objectifies or limits women. My work makes these invisible bodies and histories visible. As a lesbian artist, I found little existing representation, so I put lesbian life on this blank screen, leaving a cultural record for future generations.

The content and meaning of my work have evolved through forty years of work. In the seventies I created an aesthetic based on connecting sight and touch. Tactile imagery would make viewers physically involved while watching film and lead to greater involvement in the world (Dyketactics). In performance I mobilized the projector and made the audience move to ‘see’ the film (Available Space). I hoped that once an audience saw and felt in a ‘new’ way, they would become active in a local, national and global politic.

In the eighties I found my earlier films with themes of lesbian representation had not been recognized as fine art. I began a series of more formal work in optically printed films on themes of fragility of light, life and film itself (Sanctus). This strategy worked and my work was included in several Whitney Biennials and MoMA Cineprobes. In the nineties I returned to identity politics, but enriched by the formal concerns I mastered in the eighties. I made essay documentaries, a genre whose subject is an idea rather than a person or event. I kept my audience active, giving them the role of historian or archeologist of my densely collaged cinema. These feature documentaries asked questions such as: who makes history and who is left out, is autobiography truth or fiction, and how can a false cultural representation be re-appropriated (Nitrate Kisses, Tender Fictions, History Lessons). My goal of motivating the audience to take action remained the same.

Presently, I am increasingly concerned with global wars and my own ageing and health issues. I ask what can an artist do during a time of war (Resisting Paradise)? Matisse’s grandson defines the slow decline of civil liberties as the avenue to resistance and my film builds in a similar way. In all my work form is not predetermined, but grows from the thematic material.

In 2006 a diagnosis of ovarian cancer changed my world. I had to survive and that I have, as I am currently three years into remission of what is now called a chronic illness. I needed to make visible this horrific disease that is so often misdiagnosed as women’s concerns are ignored by the medical profession. I returned to my experimental roots to make a personal film that travels with me through chemotherapy treatments into the great open spaces of the West. I needed to attend to my archive so that my own history would not become invisible. I checked the condition of original film elements and organized their containers. I loosely grouped papers into boxes by decades.

I need to reprint some early films that are deteriorating and make a database for each piece of material in the paper archive. My archive is rich in women’s histories, and experimental film. It needs to be organized and made accessible to others.

In my commitment to passing on my inspiration and skills to younger artists, I am in the process of making a new experimental film on mentoring and collaboration with a much younger filmmaker (Generations).

How alive and lucky I am to be a practicing artist!