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Periodista, investigadora, escritora... Ha demostrado que SÍ es posible la independencia de los medios de comunicación y ha dado voz a lxs excluídxs en los mass media. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

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26 de enero de 2014

Las mujeres, sin tierra, alimentan al mundo

Mª Ángeles Fernández
Excelente artículo de la periodista Mª Ángeles Fernández publicado en PÍKARA MAGAZINE

La soberanía alimentaria, el derecho de los pueblos a decidir el propio sistema de alimentación y producción, emerge desde el cuidado ancestral de las mujeres por las semillas. Sin acceso al crédito o a la titularidad de los terrenos, alimentan al 70 por ciento de la población del Sur, mientras las transnacionales luchan por controlar el negocio.


‘Tembi’u rape’ es el programa de la televisión guaraní que muestra los ‘caminos de la cocina’ paraguaya. Conduce a la audiencia hacia unas formas de alimentación tradicionales cada vez más olvidadas. Enclavado en el corazón de América del Sur, entre potencias como Argentina y Brasil que han controlado su economía y por ende su producción y su alimentación, a través de la soja y la ganadería, Paraguay es un claro ejemplo de cómo el modelo productivo puede transformar el paradigma económico, ideológico y social de un Estado.

“Las estadísticas muestran que apenas el 2 por ciento de la tierra está en manos de campesinos, campesinas y comunidades indígenas. El resto está controlado por empresas del agronegocio o por grandes terratenientes que se dedican a la producción ganadera y de soja, o a algún tipo de grano que se rige bajo el mismo modelo: producción a gran escala, con semilla transgénica, con introducción de tecnología mecánica y uso intensivo de agrotóxicos. Todo ello trae aparejado la deforestación masiva de grandes extensiones de terreno, deterioro del medio ambiente, del suelo, desplazamiento forzoso de las comunidades. Y las que llevan la peor parte son las mujeres”, resume, como si fuera sencillo, la presentadora de ‘Tembiù Rape’ e integrante de la Coordinadora Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (Conamuri), Perla Álvarez.

‘Teko karu sâ’ÿ’. Así se dice en guaraní, lengua oficial de Paraguay hablada mayoritariamente en las zonas rurales, ‘soberanía alimentaria’, un concepto transversal en ‘Tembi’u rape’, que reivindica el papel de las campesinas y campesinos locales en la alimentación. “El tema está politizado y las decisiones se toman en el ámbito del Estado, a pesar de que que es una cuestión cotidiana para las mujeres, que siempre han sido las encargadas de la alimentación”, añade Álvarez.

La noción de soberanía alimentaria fue introducida por La Vía Campesina, un movimiento social que enhebra las luchas sociales del campesinado de gran cantidad de países. “Nos une el rechazo a las condiciones económicas y políticas que destruyen nuestras formas de sustento, nuestras comunidades, nuestras culturas y nuestro ambiente natural. Estamos llamados a crear una economía rural basada en el respeto a nosotros mismos y a la tierra, sobre la base de la soberanía alimentaria, y de un comercio justo”, expusieron en 1996 en México, durante su segunda conferencia internacional, cuando se habló por primera vez de este concepto.

La soberanía alimentaria, explican, es el “derecho de los pueblos a los alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sostenible y ecológica”. Es el derecho a decidir el propio sistema de alimentación y producción. Es colocar a quienes producen, distribuyen y consumen alimentos en el centro de los sistemas y de las políticas alimentarias, “por encima de las exigencias de los mercados y de las empresas”. Y las mujeres son los ejes esenciales cuando se habla de alimentación y de producción de alimentos. “Históricamente han sido quienes han protegido las semillas nativas, el principio de la vida,”, explica de manera didáctica y pausada Wendy Cruz, de La Vía Campesina de Honduras.

El argumento lo comparte Naciones Unidas, en boca de la directora ejecutiva de ONU Mujeres, Phumzile Mlambo-Ngcuta: “Las mujeres, incluidas las indígenas, frecuentemente han custodiado la gestión y el uso sustentable de los recursos naturales y la preservación y conservación de los cultivos tradicionales y la biodiversidad para las generaciones actuales y futuras”.
 
Los datos de la desigualdad

Incluso los organismos multilaterales que apuestan por la seguridad alimentaria frente a la soberanía reconocen el papel de las mujeres en la alimentación, así como su discriminación y su desigualdad de oportunidades en el mundo agrario. “Si las mujeres de las zonas rurales tuvieran el mismo acceso a la tierra, a la tecnología, a los servicios financieros, a la educación y a los mercados que los hombres, la producción agrícola podría aumentar y el número de personas que padecen hambre se podría reducir entre 100 y 150 millones”, recoge el informe de la FAO ‘El estado mundial de la agricultura y la alimentación’, en su edición 2010-11. Según la misma fuente, las mujeres de todo el mundo tienen menos acceso a la tierra que los hombres: los datos de los países calificados en desarrollo indican que entre el 3 y el 20 por ciento de las personas propietarias de tierras son mujeres, mientras que en algunas zonas el porcentaje no llegan ni al uno por ciento. “La tierra y el territorio son un derecho humano del que pueden nacer las fuentes de desarrollo del pueblo. Quien no tiene tierra no tiene patria. Es el principal recurso de producción en el mundo”, apunta Wendy Cruz.

No poseen la propiedad de la tierra, pero sí son las mujeres quienes la trabajan mayoritariamente. En el Sur, la FAO reconoce que el 70 por ciento de la producción alimenticia es aportada por las mujeres. Un dato que se convierte en escalofriante si se tiene en cuenta que son más del 60 por ciento de ellas las que sufren hambre en el mundo. Sin olvidar que en algunos países la tradición dicta que coman las últimas o que durante una crisis son generalmente las primeras en sacrificar su consumo de alimentos con el fin de proteger la alimentación de sus familias.

Las mujeres tampoco tienen acceso al crédito agrícola, donde el porcentaje que las arropa no llega al 10 por ciento. Ellas cultivan y producen, mientras que las transacciones económicas están en manos masculinas. También la toma de decisiones.

La situación por países presenta matices, pero siempre con tonos de desigualdad y discriminación. “En Honduras hay dos millones de mujeres campesinas: 1,3 viven en pobreza y un 86 por ciento no tiene acceso a tierra. Están violentando el derecho de las mujeres a tener una vida digna, a seguir aportando al desarrollo y a garantizar la alimentación del pueblo”, subraya Wendy Cruz. “Cuidamos gallinas, plantas, personas… todo ese trabajo está invisibilizado y no remunerado”, añade.

‘Jaguerujey ñane retã rembi’u reko’ o lo que es lo mismo: “Recupera la cultura alimentaria de nuestro país”. La activista Perla Álvarez retrata a Paraguay, un país en el que el agronegocio y los transgénicos son el motor de la economía y donde sólo el 1,6 por ciento de los propietarios se reparten el 80 por ciento de la tierra agrícola y ganadera, según datos de Intermón Oxfam. “Las mujeres indígenas son las que llevan adelante la resistencia para mantener el territorio porque muchos de los líderes son comprados por los ganaderos o por los sojeros. Ellos alquilan la tierra pero las que llevan la peor parte son las mujeres, quienes saben qué valor y qué importancia tienen los territorios para la alimentación, pero también para la cultura, para la comunidad y para mantenerse como pueblo”. En un contexto en que la producción de alimentos está cada vez en menos manos, es objeto de especulación económica y no entiende de mandiles ni de aliños, la voz de las mujeres es imprescindible porque la soberanía alimentaria “es anticapitalista y antipatriarcal”, sostiene Leticia Urretabizkaia, coautora del libro Las mujeres baserritarras: análisis y perspectivas de futuro desde la Soberanía Alimentaria, junto con Isabel de Gonzalo. “El asunto de la alimentación muchas veces ha pretendido ser un tema de decisiones masculinas, tanto en las familias como en las organizaciones, porque quienes van a negociar con el Gobierno suelen ser los hombres”, añade por su parte Perla Álvarez.

Desde hace años, la tierra, y sus productos, son objeto de deseo de las grandes transnacionales y de los mercados financieros. “El capitalista neoliberal, siguiendo su lógica de acumulación, explotación y depredación, ha colocado la producción de alimentos en manos del mercado internacional, alejándola cada vez más de las necesidades e intereses de las personas y de prácticas sustentables de producción”, explica la técnica de Cooperación del eje de Género y Feminismo de Mundubat, Isabel de Gonzalo.

Los grupos de consumo como reto

‘Recuperamos tembi´u apoukapy kuera’. ‘Recuperamos recetas’. Perla Álvarez trata de mostrar las maneras tradicionales de la alimentación, explicar la importancia del consumo como un elemento emancipador. Somos lo que comemos. También cómo lo comemos. Lo hace en Paraguay, dónde el 25,5 por ciento de la población está malnutrida, mientras que los sectores de la agricultura y ganadería suponen el 28 por ciento del PIB.

El consumo también es un acto político íntimamente ligado a la soberanía alimentaria. En una sociedad en la que la identidad está cada vez más unida a los conceptos de ‘compra’ y de ‘gasto’ la transformación social no debe obviar esta parcela de la vida. Avanzar hacia la soberanía alimentaria es también hacerlo hacia los circuitos cortos de alimentación o grupos de consumo, “otra forma de llevar a la práctica la máxima de la economía feminista de poner la vida en el centro”, en palabras de la activista del grupo de decrecimiento Desazkundea Kristina Sáez.

El camino de los circuitos cortos de comercialización aún es largo. “Actualmente nos encontramos en la fase en que los grupos de consumo se están dando cuenta y empezando a reconocer la ausencia de la perspectiva de género”, apunta Urretabizkaia, quien trabaja en el diagnóstico para una cooperativa de producción y consumo de productos lácteos. Son muchos los colectivos que trabajan al respecto.

Nekasare es un grupo de consumo que nació en 2005 del sindicato ENHE-Bizkaia. Por aquel entonces la crisis económica era una pesadilla impensable y el porcentaje de mujeres rondaba el 70 por ciento de las personas productoras adscritas. La situación cambió totalmente con el aumento del desempleo: “Cuando la pareja se queda sin trabajo en la industria y la agricultura es la principal actividad económica se produce un absoluto desplazamiento de las mujeres”, explica Isa Álvarez, técnica de ENHE-Bizkaia y coordinadora de la red Nekasare. Hubo un cambio de roles y gran parte de las mujeres cedieron su espacio en lo público a sus parejas. Hoy, de 80 personas productoras, sólo 35 son mujeres.

Cuando la agricultura se convierte en el principal sustento económico ante la falta de otros ingresos, las mujeres son desplazadas, al menos del ámbito público. En el Norte y el Sur la invisibilización del trabajo de las mujeres en el campo es notoria, aunque sobre ellas recaiga la responsabilidad de alimentar al mundo, sin tierras, sin maquinaria y sin crédito. “Si hablamos de alimentación hablamos de la vida”, finaliza Perla Álvarez. Y de las mujeres. ‘Ha mba’e hembireko kuera’.

13 de mayo de 2013

Dueñas y Señoras

La posesión de tierras por parte de mujeres campesinas nicaragüenses, rompe con una larga situación de pobreza y dependencia económica del marido, al tiempo que se construye una nueva forma de relación familiar -radicalmente opuesta a la vigente- en la que tanto las tareas agropecuarias y de mantenimiento de la vivienda como todas las decisiones referentes a la explotación de la finca se acuerdan de forma colaborativa. 

Para una óptima gestión de la empresa familiar, las mujeres reciben formación sobre cultivos orgánicos y sostenibles, de manera que la unidad familiar disponga de alimentos durante todo el año. Los conocimientos adquiridos son transmitidos por ellas mismas a otras propietarias campesinas y a sus propi@s descendientes, tejiéndose una potente red social de autoayuda en toda la comunidad. 

La titularidad de las tierras no es compartida: la mujer es su propietaria legal al 100%, con el objetivo de asegurarle su sustento y el de sus hij@s en caso de conflictos con el compañero.

La autonomía, empoderamiento y seguridad que estas mujeres han adquirido con la posesión de sus propias tierras, proporciona a todos los miembros de la familia el bienestar que, tal y como es definido en el documental "Dueñas y Señoras", se obtiene del Buen Vivir.

Artículo escrito por la administradora del blog
  Fuente foto: Difusión Rebelde!

 

28 de abril de 2013

El acaparamiento de tierras empobrece a las mujeres africanas

Una mujer que perdió parte de sus tierras a manos de una gran empresa muestra a los investigadores de Oxfam algunos de los vegetales que cultiva en el terreno que le quedó para suplir las necesidades de su familia. (Oxfam/Marc Wegerif)

La nueva oleada de inversiones empresariales en tierras parece tener como objetivo la expansión e intensificación de un modelo de cultivo con poca visión de futuro, el cual, hasta la fecha, ha marginado las voces y los intereses de las mujeres. Al igual que ocurre con la pita, el tabaco y el té en el pasado, los actuales inversores privados en cultivos de soja, jatrofa y eucalipto parecen descartar la producción de alimentos a pequeña escala por parte de las mujeres, al considerarla sin importancia e irrelevante. No podrían estar más equivocados.

La producción de alimentos a pequeña escala y las mujeres que participan en ella son el pilar de los medios de vida rurales. Las mujeres agricultoras, como las que han perdido sus tierras según se pudo comprobar con la investigación llevada a cabo para este documento, producen más de la mitad de todos los alimentos cultivados en el mundo. Aproximadamente 1.600 millones de mujeres dependen de la agricultura para sus medios de vida, pero muchas están actualmente en riesgo por el enorme incremento de las inversiones agrícolas a gran escala por parte de empresas, que amenazan el suministro de alimentos de las personas que viven en la pobreza.

Pocos gobiernos parecen estar considerando el tipo de inversiones que pueden suplir las verdaderas necesidades de las mujeres productoras de alimentos y sus comunidades; es decir, la clase de inversiones que podrían crear una economía rural dinámica y asegurar la sostenibilidad ecológica de las prácticas de cultivo para las generaciones futuras. Si los gobiernos quieren transformar verdaderamente las economías rurales de sus países, las inversiones que incentiven y aprueben deberían permitir que los agricultores puedan buscar sus propias soluciones para el desarrollo rural.

Se están arrebatando los recursos a las mujeres
"Ahora no tengo tierra y tengo que hacer pequeños trabajos como lavar ropa para otras personas, como profesores, o trabajar en [otra] granja, para poder conseguir algo de comida. Hoy he trabajado en la granja de la empresa y me dieron harina de maíz suficiente solo para dos ollas de [atole]."
Cuando se intensifica la competencia por la tierra, las mujeres rurales suelen ser sometidas a una presión hacia su exclusión por parte de los parientes o miembros de la comunidad masculinos. En efecto, en cuanto un recurso natural adquiere valor comercial en el mercado de materias primas internacionales, el control de las decisiones sobre dicho recurso pasa rápidamente de las mujeres rurales a los hombres.

Cuando se aplican medidas compensatorias, las mujeres rurales tienen menos probabilidades de ser las destinatarias directas; de todos modos, la compensación económica solo tiene un efecto temporal y no puede reemplazar las muchas formas en que las mujeres valoran y se benefician de la tierra.

No se escucha a las mujeres

La exclusión de las mujeres rurales del acceso a la tierra no sólo ocasiona la pérdida de su control sobre la producción de alimentos, sino que también se pierden el conocimiento, las prácticas y las técnicas que, durante siglos, han salvaguardado la integridad de la tierra, las semillas y el suelo, así como el valor nutricional de los alimentos. Cuando un inversor externo consulta con la comunidad local, es más probable que les digan a las mujeres lo que sucederá en lugar de preguntarles lo que debería pasar. Incluso en algunos movimientos indígenas y asociaciones de agricultores, las mujeres raramente tienen una influencia real. Los sistemas emergentes de financiación del cambio climático y la apreciación del carbono forestal legitimizan y valoran la producción a gran escala, en detrimento de las mujeres y sus sistemas de valores.

Las mujeres luchan por sobrevivir
"Necesitamos desesperadamente alimentos. Actualmente los alimentos vienen de la ciudad y se venden en la aldea, y no al contrario, como ocurría antes. No podríamos permitirnos comprar comida porque los sueldos que nos pagan son muy bajos. No producimos nuestra propia comida como antes, porque las empresas extranjeras nos han quitado nuestra tierra bajo la política de privatización para producir granjas de combustible."
Cuando las mujeres pierden acceso a la tierra donde producen alimentos, se ven obligadas a conseguir dinero para comprar comida, al tiempo que los precios aumentan. Las mujeres que enfrentan estos múltiples retos suelen comer menos, lo que compromete su salud, y sacrifican otras necesidades para alimentar a sus familias. Lo mismo ocurre con el agua, cuando los monocultivos intensivos agotan la capa freática o el vallado de los terrenos aísla a las personas de las fuentes del agua. Las mujeres tienen que comprar entonces un recurso natural que anteriormente no les costaba nada. Las mujeres, tanto jóvenes como mayores, son llevadas a situaciones más comprometedoras, humillantes y arriesgadas, incluyendo actividades ilegales y matrimonios prematuros.

Mientras las necesidades más básicas deben adquirirse en vez de producirse, las actividades y oportunidades para generar dinero son cada vez más escasas. Las mujeres tienen dificultades para conseguir trabajo con contrato o empleo estacional y, cuando lo logran, suele ser para las tareas peor pagadas y de más baja categoría. Además, la poca o inexistente infraestructura bancaria rural significa que las mujeres no pueden ahorrar u obtener crédito a partir de ganancias, por lo que están a merced de los prestamistas en las épocas difíciles.

Informe completo [pdf]

Artículo publicado en PERIODISMO HUMANO