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Amy Goodman

Periodista, investigadora, escritora... Ha demostrado que SÍ es posible la independencia de los medios de comunicación y ha dado voz a lxs excluídxs en los mass media. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Vandana Shiva

Doctora en física, filósofa, activista por la justícia global y la soberanía alimentaria... Ha demostrado que SÍ es posible la producción sostenible y plural de alimentos. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Tawakkul Karman

Periodista, política, activista por los Derechos Humanos... Ha demostrado que SÍ se puede luchar desde el pacifismo por la Revolución política, social y de género en Yemen. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Joumana Haddad

Poeta, traductora... Ha demostrado que SÍ se puede trabajar por la secularización de la sociedad, la libertad sexual y los derechos de las mujeres en Líbano. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Leymah Gbowee

Trabajadora social, responsable del movimiento que pacificó su país en 2003... Ha demostrado que SÍ es posible la Paz en Liberia y que las mujeres son sus constructoras. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Ada Colau

Filósofa de formación y miembra visible de la PAH... Ha demostrado que SÍ es posible hacer frente a la ilegitimidad de las leyes movilizando a la sociedad pacíficamente. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Marama Davidson

Activista por los derechos del pueblo maorí... Ha demostrado que SÍ es posible identificarse con la idea universal de la descolonización del Planeta. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Teresa Forcades

Doctora en salud pública, teóloga... Ha demostrado que SÍ es posible un discurso humanista, feminista y combativo por la justícia social dentro de la Iglesia Católica. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Sheelah McLean, Nina Wilson, Sylvia McAdam y Jessica Gordon

Fundadoras del movimiento Idle No More... Han demostrado que SÍ es posible mobilizar a la sociedad en defensa de los derechos de los pueblos autóctonos en Canadá. SIN ELLAS NO SE MUEVE EL MUNDO.

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17 de abril de 2015

The radical vision of Toni Morrison

Entrevista a Toni Morrison, premio nobel de literatura en 1993, publicado en el magazine dominical del periódico New York Times, con motivo de la grabación del audiolibro de su última novela "God Help de Child", en la que ella misma ha prestado su voz. Podéis leer esta extensa entrevista al completo clicando en el enlace anterior.

At 84, she sits comfortably as one of the greatest authors in American history, even as her uncompromising dream for black literature seems farther away than ever.

Not too long ago, Toni Morrison sat in the small kitchen attached to the studio where she was recording the audiobook for her newest novel, “God Help the Child,” telling a roomful of strangers stories that I will never forget. The studio, a small, refurbished barn in Katonah, N.Y., was more than a hundred years old, but only a few rustic touches remained, like a sliding barn door and knotty pine floors. A solid kitchen table had been laid with fresh fruits, muffins and tins of jam. Beams of sunlight reflected off the blindingly white snow outside the glass window. A young woman from Random House kept mentioning her sunglasses, how it was bright enough to wear them inside. Everyone giggled at her nervous chatter, but they seemed to be mostly laughing at her brave attempt to make small talk in the presence of Toni Morrison.

The only person not bothered by the glare and the room’s awkward giddiness was Morrison herself, who sat at the head of the table, in a thin, black linen caftan, a wool beret and with a sizable diamond ring on one hand. Morrison wears her age like an Elizabethan regent or a descendant of Othello via Lorain, Ohio. Long before we met, I read that she could be impervious at times, coquettish at others. What was evident that day in Katonah was that had she so much as lifted a finger, every person in the room — the studio’s director and his engineer, her P.R. person from Knopf, her publisher and two young women from the audiobooks division of Random House — would have stopped what they were doing to ask if they could assist. Not because she required it, but because the unspoken consensus was that the person who produced the 11 novels that Morrison has written, the person those books came out of, was deserving of the fuss.

It takes a long time to record a book. Many authors use actors. But that’s not how Morrison hears her own sentences, so she does these tedious sessions herself. That day, she would go into a narrow, low-lit booth, carrying a small pillow for her back, sit down and read from her new book for hours. We followed along in the control room, listening to her barely-a-whisper voice read from a chapter called “Sweetness”: “It’s not my fault. So you can’t blame me. I didn’t do it and have no idea how it happened.”

 

 


4 de octubre de 2014

Murasaki Shikibu y la época Heian

Muraszaki ír. Tosza Micuoki festménye
“Nada se ha escrito mejor en ninguna literatura”, Marguerite Yourcenar. “Es comparable a los grandes clásicos occidentales como Cervantes o Balzac”, Octavio Paz. “No es que sea mejor o más memorable o intensa que la obra de Cervantes, pero sí es más compleja”, Jorge Luis Borges.

La Novela de Genji fue compuesta por la escritora japonesa Murasaki Shikibu a principios del siglo XI, durante la época Heian, un período histórico que se desarrolló entre los años 794 y 1185. En estos cuatro siglos, caracterizados por la ausencia de contiendas bélicas, una élite que representaba al 1 por mil de la población total de Japón vivió en un entorno social y cultural muy sofisticado, elegante y refinado, en el que las mujeres dominaron, insólitamente, el mundo literario. En palabras del escritor y profesor en estudios japoneses Ivan Morris -del que reproduciremos a continuación parte de sus investigaciones sobre esta época y sobre la obra de Murasaki, recogidas en su libro El mundo del príncipe resplandeciente- "Durante el período de unos cien años en que se desarrolla La Historia de Genji, casi todo autor digno de mención que escribió en japonés fue mujer. Semejante predominio literario abrumador de una mujer es un fenómeno muy infrecuente, si no único, en la historia cultural, y resulta doblemente sorprendente que se diera en una parte del mundo donde las mujeres han estado tradicionalmente condenadas a una posición de irremediable inferioridad". 

Seiscientos años antes de la publicación en 1605 de la primera parte de Don Quijote de la Mancha, con el título El Hingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, Shikibu escribía una obra que ha sido considerada la primera novela psicológica de la literatura mundial, es decir, la primera novela moderna,  compuesta por 54 capítulos o libros que, en la época en la que fue escrita, circulaban en ocasiones de manera independiente. La acción se desarrolla a través de casi un siglo y abarca  cuatro generaciones: "Hay unos cuatrocientos treinta personajes, sin contar los mensajeros, sirvientes y anónimos miembros de la clase trabajadora. La mayoría de estos personajes están emparentados y los primeros comentaristas dedicaban años a la tarea, digna de Sísifo, de producir cuadros genealógicos en los que casi todos los personajes de la novela estaban incluídos (...) Murasaki perteneció a una sociedad rígidamente estratificada en la que las relaciones familiares eran importantísimas, y mientras trabajaba en la novela debió de manejar sus propios cuadros que le permitían ver cómo estaban emparentados los personajes, pues ni una sola vez yerra respecto al parentesco de incluso los más humildes de su libro".

El autor de El mundo del príncipe resplandeciente apunta varios factores que facilitaron este protagonismo literario sin competencia masculina de aquellas "privilegiadas" mujeres -si las comparamos con la gran mayoría de sus contemporáneas tanto fuera como dentro del país- que vivían y servían en la corte imperial en esta época.

En primer lugar, la lengua china era considerada la lengua culta, una consideración similar a la que tenía el latín en Occidente, y su uso estaba restringido a los hombres. Las mujeres escribían en la lengua que se hablaba en Japón;  el sistema de escritura era el fonético: "el silabario autóctono se denominaba onnade  o "escritura femenina" (otokomoji, "letras masculinas", se refería a los caracteres chinos)." Todos los géneros literarios se escribían en el lenguaje japonés, el que utilizaban las mujeres.  "Cuando un distinguido hombre de letras decidió escribir un diario en escritura fonética (en lugar de hacerlo en chino, como había sido normal hasta entonces), fingió que estaba escrito por una mujer y lo inició con un comentario indirecto: Por lo general los diarios son obra de hombres, pero ahora una mujer va a tratar de escribir uno."

Otra de las causas que apunta Morris de esta relevancia femenina en la literatura japonesa durante la época Heian era la independencia económica que disfrutaban sus creadoras, como afirmara Virginia Woolf ocho siglos más tarde en Una habitación propia, al preguntarse ¿Qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas?: independencia económica y personal. Así, contrariamente a la posición de inferioridad a la que el budismo -una de las creencias religiosas que conformaban "el eclecticismo característico del pensamiento japonés"- había relegado a la mujer en el mundo espiritual al considerarla incapaz de "renacer en ninguna de las categorías superiores sin haber pasado primero por una reencarnación como hombre", legalmente sí disfrutaba de una posición de emancipación al permitirle la legislación vigente "poseer, heredar y mantener propiedades". 

La independencia femenina también se veía reforzada por la costumbre que imperaba en la época mediante la cual "la esposa de clase superior en Heian seguía viviendo en casa de sus padres durante los primeros años de su matrimonio" por lo que se libraba de "la tiranía del marido y la suegra, que llegó a ser tradicional en siglos posteriores". Además, la mujer era protegida por la familia y las leyes: "Los códigos prohibían expresamente que el marido pegara a su esposa", y también matarla, excepto si era sorprendida en "flagrante delito". La "política matrimonial" que prevalecía en esta sociedad caracterizada por la poligínia, "reforzaba la posición de la esposa principal, pero de una manera indirecta incrementaba el prestigio de las mujeres en general".

A pesar de estas ventajas sociales que disfrutaban las mujeres de la corte imperial durante la época Heian y que les facilitó el acceso a la cultura, haciendo posible su dedicación a la creación literaria y cultivar otras artes como la pintura, la música o la danza, no debemos olvidar que se trataba de un grupo privilegiado y que la realidad que vivían sus contemporáneas en el resto del país era muy diferente: "Como en la mayor parte de otras sociedades premodernas, la gran mayoría de las mujeres en tiempos de Murasaki trabajaban arduamente en los campos, estaban sometidas a duros tratos por parte de sus hombres, criaban a sus hijos cuando eran casi unas niñas y morían a edad temprana, sin haber pensado más en la independencia material o en los goces culturales que en la posibilidad de visitar la luna."

Os invitamos a leer la obra de Murasaki Shikibo la Novela de Genji y la de Ivan Morris El mundo del príncipe resplandeciente -nombre con el que también se conoce al príncipe Genji- con el cual nos sitúa en el contexto histórico de la época Heian y nos introduce en la obra de Murasaki, desvelándonos aspectos sociales y políticos que hace más comprensible la lectura de la primera novela moderna de la literatura universal a lxs lectorxs post-postmodernxs.

Artículo escrito por la administradora del blog

14 de junio de 2014

‘Los hermosos años del castigo’, de Fleur Jaeggy: densidad emocional

Fleur Jaeggy
Artículo de Ana Matellanes García, licenciada en Periodismo y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, sobre la inquietante obra de la enigmática escritora suiza Fleur Jaeggy, publicado en su blog personal Koratai

Qué importantes son las recomendaciones para descubrir buenos libros. Importantes y necesarias. La autora de Los hermosos años del castigo, por ejemplo, me llegó a través de una buena amiga, que me habló con enorme entusiasmo de una autora de la que yo no había oído hablar y cuya prosa le había fascinado.

Fleur Jaeggy (Zúrich, 1940) es, efectivamente, una autora bastante desconocida, alejada de las grandes masas y del circuito comercial, y a cuyo desconocimiento contribuye ella misma con una fama de escritora esquiva que no frecuenta los corrillos literarios. Pese a haber nacido en Zúrich, escribe en italiano, y son muy pocas las noticias que de su vida personal se tienen. A esto se le suma una producción lenta y condensada, que en cuarenta años apenas ha dado lugar a seis libros.

Los hermosos años del castigo: atmósferas y densidad emocional

Los hermosos años del castigo (I beati anni del castigo, 1989) es uno de esos libros que se leen en una especie de nebulosa, que penetran en la carne del lector como la gota lenta y constante que horada la piedra. El de Fleur Jaeggy es un libro de atmósferas, de ambientes enigmáticos y opresivos que gravitan en torno a los personajes y sus emociones. Como indica Enrique Vila-Matas, “al dejar sólo en pie lo esencial, no tiene a veces salida más natural que la inteligencia y la crueldad“.

Nos encontramos con una prosa muy personal. El trabajo de Jaeggy, vertido al castellano por la traductora Juana Bignozzi, es sutil y frío, de frases breves y cortantes. Pese a ello, la textura de la prosa es satinada, capaz de transmitir emociones ocultas justo a través de lo que no dice. Es una escritura de vacíos, de volúmenes ausentes, de profunda densidad emocional.

Así, la escritora suiza juega a crear un mundo etéreo y flotante, ofreciendo al lector una historia (o, más bien, un viaje de conciencia) que se lee a través de un velo que difumina los bordes de los personajes y modela la trama a través de la sugerencia y el silencio.

  
La vida imaginada de Fleur Jaeggy
Los hermosos años del castigo se sitúa en Bausler Institut, un internado femenino del cantón de Appenzell, uno de los más conservadores de Suiza. La escuela, levantada cerca del lago Constanza, se encuentra próxima a Herisau, el manicomio en el que el escritor Robert Walser estuvo ingresado y en donde pasó los últimos años de su vida antes de suicidarse. Una referencia que no será gratuita en la historia y que marcará el tono opresivo y melancólico de la novela.

Allí estudió la narradora-protagonista, que evoca desde el presente sus años en el internado. La construcción de la historia va, por tanto, del presente al pasado en dos direcciones que oscilan entre la mujer narradora del presente y la joven del pasado, una muchacha de quince años enclaustrada en un colegio de ambiente denso y sensual, donde el descubrimiento y el aburrimiento conviven de manera simultánea. La novela se condensa en sus vivencias en el internado y el profundo impacto que le supuso conocer a una nueva alumna, Frédérique, una hermosa y perfecta compañera de la que se sentirá inmediatamente atraída. Es, en definitiva, el recuerdo de un primer amor que, desde el presente, se observa con nostalgia y melancolía.

El fantasmagórico ambiente en el que se mueven las internas, vigiladas por el matrimonio Hofstetter, es denso y marcado por la monotonía y la soledad. Las alumnas se encuentran atrapadas en una factoría de mujeres perfectas, donde aprenden a hablar idiomas y a comportarse con corrección, tal y como se espera que lo hagan en el futuro. Las ambiciones se estrangulan y el alcanzar un buen matrimonio parece ser el único objetivo de felicidad posible que se inculca en sus mentes. No hay lugar para la inocencia en el Bauler Institut. Si acaso, algún pequeño rincón para buscar el contacto humano en medio de la frialdad que les rodea (“Nosotras, quizá, todavía éramos inocentes. Y la inocencia, tal vez, alberga cierta tosquedad, pedantería y afectación, como si estuviéramos vestidas de zuavos“). Por eso la aparición de Frédérique resulta un revulsivo para la narradora.

Para las alumnas del internado la vida es un lento transcurrir, una vida en la que el mundo se imagina: “Suena la campana, nos levantamos. Vuelve a sonar la campana, dormimos. Nos retiramos a nuestros cuartos, la vida la hemos visto pasar a través de las ventanas, de los libros, de la alternancia de las estaciones, de los paseos. Siempre es un reflejo, un reflejo que parece relegado a los balcones“.

Los hermosos años del castigo es un libro bello, de los que te tocan profundo. Le acompaña la hermosa imagen de portada de la edición de Tusquets, el Estudio de mujeres de Fernand Khnopff, que muestra dos rostros de mujer en los que, el del primer plano, se muestra definido y real, aunque ausente, mientras que el del segundo plano se presenta borroso e irreal, como si de la joven protagonista se tratase. Sugerente.

Referencias

Fleur Jaeggy, Los hermosos años del castigo (traducción de Juana Bignozzi), Barcelona, Tusquets, 2009, 118 páginas.

Fuente fotografía: http://trabalibros.com/autores/i/6925/56/fleur-jaeggy

26 de octubre de 2013

6 Escritoras japonesas que merece la pena leer. Por Ana Matellanes

Ana matellanes define su ocupación profesional de la siguiente manera: 

 "Si tuviera que resumir lo que hago en una línea, diría "Proyectos digitales, estrategia de contenidos, contenidos online, Marketing, SEO y UX."

Llevo más de diez años trabajando en comunicación, desde prensa escrita a Internet y soy especialista en contenido orientado a resultados y negocio: estrategia, planificación y creación, desde el punto de vista del medio, del cliente, y de la agencia. También he trabajado en márketing digital y UX."

En su blog KORATAI, dedicado a la literatura, la edición y el periodismo literario, ha publicado recientemente el post que repoducimos a continuación, con el cual nos recomienda la lectura de la obra de algunas de las numerosas escritoras japonesas que no han conseguido el reconocimiento del público español debido al desconocimiento de su trabajo, al contrario de los escritores masculinos japoneses que han alcanzado una gran popularidad en nuestro país.

Te invitamos a leer...

6 ESCRITORAS JAPONESAS QUE MERECE LA PENA LEER

La literatura japonesa es bien conocida entre los lectores de lengua española gracias al impulso de escritores populares como Haruki Murakami, clásicos como Bansho, Natsume Soseki, Yukio Mishima o Yasunari Kawabata, o autores de primera fila recuperados recientemente como Kobo Abe, Teru Miyamoto, Shusaku Endo o Nagai Kafu. El trabajo de editoriales como la asturiana Satori, que edita obras de grandes maestros, poetas y autores de ficción, también está ayudando enormemente a la difusión de la cultura nipona en nuestro país.

Sin embargo, en este elenco de autores son pocos los nombres de escritoras o poetas que surgen en nuestra cabeza espontáneamente. Y las hay muy buenas. A continuación recojo algunas de estas autoras; se trata de una mera selección y hay muchas que faltan en esta lista. Si te apetece aportar sugerencias, serán bienvenidas en los comentarios.

Murasaki Shikibu

Murasaki Shikibu. Si hay una escritora japonesa que merezca un lugar en la literatura universal es la dama Murasaki Shikibu (s. X),  autora de La historia de Genji (Genji Monagatari), la novela más antigua de la literatura japonesa. Esta dama del periodo Heian, también poeta, creó una de las más importantes obras de la historia literaria, caracterizada por la recreación psicológica de sus personajes y, en especial, la del príncipe Genji, hijo del emperador que busca recuperar sus derechos legítimos que le fueron arrebatados durante la infancia.

Podemos disfrutar esta obra en español gracias a las ediciones de Planeta (en sus sellos Destino o Austral) y Atalanta, que ofrece una edición basada en la versión de Royall Tyler con traducción de Jordi Fibla.
Sei Shonagon

Sei Shonagon. Contemporánea y rival de Murasaki Shikibu, Sei Shonagon (s. X) fue una poeta y dama de la corte en el periodo Heian célebre por su diario El libro de la almohada (Makura no Soshi). Se trata de una serie de reflexiones y enumeraciones sobre cosas que gustaban a la dama (plantas, insectos, temas poéticos…) y descripciones de la vida cortesana que la autora recrea con gran sensibilidad descriptiva. Frente a la épica de la autora de La historia de Genji, Sei Shonagon destila una prosa rápida, rítmica y ajustada.

La editorial Alianza tiene una asequible edición con prólogo de María Kodama.
Banana-Yoshimoto

Banana Yoshimoto. Banana Yoshimoto (1964), pseudónimo de Mahoko Yoshimoto, es una de las autoras más célebres de la literatura japonesa actual por sus novelas de cierto corte comercial, plagadas de personajes extraños en busca de la felicidad y de un lugar en el mundo. Hija de Takaaki Yoshimoto, uno de los más importantes filósofos y críticos japoneses de los años 60, es una escritora de matices que bordea no obstante el sentimentalismo e incluso la superficialidad en sus novelas y relatos.

Es autora de Sueño profundo, Amrita, Tsugumi, Recuerdos de un callejón sin salida, NP o El lago. Quizá su primera novela, Kitchen, sea una de las mejores de su producción. Todas están publicadas por Tusquets.
Yoko Ogawa (c) Masaaki Toyoura

Yoko Ogawa. Junto a Yoshimoto, es una de las autoras japonesas con mejores ventas en su país. Yoko Ogawa (1962) se centra en historias pobladas de personajes solitarios en busca de su identidad, pero en ocasiones su tono surrealista y onírico cae en la sensiblería y en un excesivo “buenismo”.

Funambulista ha editado la mayor parte de su obra, entre la que destacan La fórmula preferida del profesor, Perfume de hielo, La niña que iba en hipopótamo a la escuela, La piscina o La residencia de estudiantes. Especialmente perturbadora es la novela corta El embarazo de mi hermana, una de sus obras más conseguidas y recomendables.
Hiromi Kawakami

Hiromi Kawakami. Nacida en 1958 y perteneciente a la generación de Ogawa y Yoshimoto, Hiromi Kawakami es otra escritora que goza de gran popularidad gracias a sus novelas de lenguaje sencillo pero expresivo llenas de historias donde las emociones cobran un especial protagonismo.

Sus trabajos más destacados, El cielo es azul, la tierra blanca, Algo que brilla como el mar o El señor Nakano y las mujeres, han sido publicados por la editorial barcelonesa Acantilado.
Aki Shimazaki, autora de Tonbo

Aki Shimazaki. Prácticamente desconocida en España, Aki Shimazaki (1954) es una escritora y traductora afincada en Canadá que escribe en francés. Sus temas, como los de muchas de sus contemporáneas, son la soledad, la búsqueda de la identidad, la familia y los recuerdos. En español sólo está traducida La levedad de la libélula, publicada por la editorial barcelonesa Edicions Sd.

Otras autoras  japonesas destacadas son la escritora de novelas policíacas Natsuo Kirino (editada por Planeta), Miyuki Miyabe, también centrada en el género del misterio (está editada por Quaterni), Amy Yamada o Mitsuyo Kakuta, estas dos últimas inéditas hasta el momento en nuestro país.

4 de enero de 2013

Scholastique Mukasonga: premio Renaudot 2012

Mukasonga, Rwanda y un premio al tesón y la honestidad

 “Cuando se es optimista, cuando no se bajan los brazos, cuando se permanece de pie y sobre todo, como en mi caso, cuando se está en la posición de representar y de vivir en nombre de aquellos que han desaparecido injustamente, se produce en algún lugar, en un momento determinado, un reconocimiento, un poco de justicia”. 

Scholastique Mukasonga

Esta es la declaración de intenciones llena de una cruda sinceridad y de una tremenda dosis de esperanza realizada por Scholastique Mukasonga en una entrevista a RFI poco después de recibir el premio Renaudot. Este galardón es uno de los más prestigiosos de la escena literaria francesa y este año, hace apenas un mes, recayó en la rwandesa Mukasonga como si se tratase de una especie de recompensa por su coherencia, por su tesón y por su honestidad.

 

Notre Dame du Nil ha sido la novela que ha vehiculado este reconocimiento a una escritora que está en posición, como pocos, de narrar la tragedia de los Grandes Lagos. Observando su trayectoria literaria da la sensación de que Mukasonga ha convertido los hechos de 1994 en una especie de obsesión. Comparándola con su trayectoria vital se entiende que se trata más bien de una especie de compromiso, la necesidad de saldar una deuda, en la que sin embargo parece no tener cabida la revancha ni la venganza. Se trata seguramente de la sensación de tener la responsabilidad de contar y de buscar en la literatura algo así como una catarsis.

La propia autora asegura que su intención es “inscribirse en la reconciliación del pueblo rwandés”. Pero Mukasonga, que muestra un gusto delicioso por la palabra escrita, sabe que esta reconciliación no puede pasar ni por el silencio, ni por la mentira, de ahí su compromiso, su toma de responsabilidad en explicar la historia exponiendo todos los factores y denunciando hasta los más leves pliegues de una sociedad que en un momento dado se vio envuelta en una espiral de violencia. Sus obras, llenas de poesía a pesar de lo dramático del tema, demuestran que el genocidio rwandés no fue una casualidad; no fue, como se ha intentado “vender” en algunos momentos, un arrebato de enajenación étnica.

Notre Dame du Nil es la cuarta obra, la primera puramente novelística, de esta escritora nacida en 1956 que ha sufrido en carne propia los odios de una sociedad tan compleja como la rwandesa. Exiliada en 1992, dos años antes del genocidio, y, a pesar de ello, una de las víctimas de ese episodio, porque entre un buen número de familiares, Mukasonga también perdió a su madre en aquella locura de violencia. Sin embargo, sus libros, lejos de destilar sed de venganza se pintan de una capa de cruda realidad, bajo la que se refugia la voluntad, a pesar de todo, de aportar, de ser constructiva, de ayudar.

Las condiciones de la concesión del premio hacen el reconocimiento de Mukasonga aún más interesante. Primero porque se trata de uno de los premios más importantes de la literatura francesa que reconocen a una autora orgullosa y patentemente africana. Segundo porque las quinielas la colocaban lejos de los ganadores a pesar de que la rwandesa ha recibido por otros libros premios como el Renaissance de la Nouvelle o el de l’Académie des Sciences d’Outre-Mer, y que Notre Dame du Nil se había hecho acreedor ya del premio Ahamadou Kourouma. Y tercero porque en Francia se baten continuamente las tesis negacionistas del genocidio con las que exigen justicia en un panorama en el que influyen, sin duda, las acusaciones y los reproches a la actuación gala durante los hechos.



A pesar del reconocimiento Mukasonga no se muerde la lengua y pone sobre la mesa elementos que incomodan a los que presentan la espiral de violencia de 1994 como un arranque de barbarie y salvajismo irracional muy propio de los pueblos africanos. La escritora dibuja una sociedad rwandesa corroída por las luchas de poder, por la hipocresía, las rencillas y la humanidad más mezquina. Muestra además que el conflicto se arrastraba desde hacía años, sin ir más lejos, su última novela está ambientada en la década de los años 70, cuando empezaban a prepararse las condiciones para cocinar el odio. Y por último señala hacia el incómodo visitante. “Fueron los rwandeses quienes tenían los machetes, pero la creación de la división viene del exterior (…). Desgraciadamente todos los rwandeses, tanto verdugos como víctimas, fuimos engañados, fuimos manipulados”.

La sinceridad de Mukasonga produce escalofríos, cuando alguien es capaz de reconocer la propia responsabilidad para que la de otros no quede impune, cuando alguien es capaz de dejar a un lado los sentimientos primarios para hacer autocrítica, entonces está construyendo. Si Mukasonga no hubiese recibido el premio Renaudot, seguiría siendo una autora imprescindible. Afortunadamente, además, ha sido reconocida.

Sus cuatro libros han sido publicados en Gallimard/Continents Noirs :
- Inyenzi ou les Cafards, 2006
- La femme aux pieds nus, 2008 (premio Seligmann 2008 “contra el racismo, la injusticia y la intolerancia”).
- L’Iguifou, Nouvelles rwandaises, 2010 (premio Renaissance de la nouvelle 2011 y  premio de l’Académie des Sciences d’Outre-Mer.)
- Notre-Dame du Nil, 2012 (premio Ahmadou Kourouma 2012 y premio Renaudot 2012)

Artículo publicado en WIKIRO