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Periodista, investigadora, escritora... Ha demostrado que SÍ es posible la independencia de los medios de comunicación y ha dado voz a lxs excluídxs en los mass media. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

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2 de febrero de 2013

El trabajo de las mujeres y la crisis económica. La respuesta feminista

Kirsten Lattrich
Las tendencias y la evolución del empleo femenino no coinciden, resulta obvio, en todo el mundo. En América Latina y el Caribe existe en la actualidad una tendencia al alza de las oportunidades de empleo de mujeres y está reduciéndose el índice de trabajadores y trabajadoras pobres. No obstante, las mujeres comparten en todo el mundo índices considerablemente mayores de precariedad, informalidad y desempleo.


Según la Organización Internacional de Trabajo (OIT), más del 60 por ciento de las trabajadoras se encuentran en todo el mundo en empleos informales. Esta cifra excluye el sector de la agricultura, que aumentaría aún más el porcentaje. Al hilo de la liberalización del comercio las mujeres se han convertido en la mano de obra flexible por excelencia en los sectores intensivos y altamente competitivos en la economía global. De esta manera, muchas mujeres centroamericanas o del Sur de Asia se emplean por ejemplo en las maquilas, el eslabón inferior de las cadenas de producción globalizadas para las grandes corporaciones multinacionales. En los países del Norte, las mujeres se concentran en los servicios, con empleos altamente precarios, temporales y a tiempo parcial. Los sectores de actividad feminizados comparten a menudo un bajo prestigio social y salarios reducidos. La brecha salarial de género, que puede llegar en algunos países hasta casi el 40 por ciento, es un hecho irrefutable y un factor que influye fuertemente en la feminización de la pobreza[1]. El trabajo remunerado supone para muchas mujeres, en definitiva, una experiencia liberadora y de autonomía, pero no sin fuertes contradicciones.


En Europa, ahora

En los países europeos afectados por la crisis son las mujeres las que se están llevando la peor parte. El desempleo femenino está creciendo de manera imparable, mientras las condiciones laborales de las que sí tienen un puesto de trabajo se están precarizando cada vez más. En España, la reforma laboral está surtiendo efecto, desprotegiendo aún más a las que ya de por sí partían de posiciones más desfavorecidas. Y es que las políticas neoliberales de recortes no son neutras en términos de género. Tienen un impacto de género claramente negativo, es decir, perjudican aún más a las mujeres que a los hombres. Ello está estrechamente ligado con el hecho de que las mujeres siguen asumiendo prácticamente en exclusiva el trabajo doméstico y de cuidados.


Así lo evidencian claramente las encuestas de uso de tiempo. Las mujeres españolas invierten una media de cuatro horas y siete minutos en actividades relacionadas con la familia y el hogar, mientras que los varones no superan las dos horas diarias[2]. Especialmente preocupante es también el hecho de que las mujeres, por su doble presencia (trabajo no remunerado y empleo a la vez), dispongan de considerablemente menos tiempo libre que los varones.


Esta sobrecarga que están viviendo las mujeres, así como la realización del trabajo de cuidados, central para la vida, se invisibiliza socialmente. Se presupone el “trabajador champiñón” u “hongo de Hobbes”[3], aquel que nace todos los días sin tener que proporcionar cuidados a nadie, sin tener necesidades propias, plenamente disponible para la empresa.


Y en este contexto, al hilo de las políticas neoliberales de recortes, se ponen en tela de juicio los servicios públicos, especialmente aquellos ligados a proporcionar cuidados. El incipiente sistema de dependencia que está siendo desmantelado es ejemplar para ello. ¿Quién volverá a cuidar de las personas mayores y dependientes? No es difícil predecir que serán mujeres, por supuesto de manera no remunerada, con las consecuencias que ello tendrá para el acceso al empleo y el tiempo disponible para lo personal y el ocio, y todo esto bajo la premisa que el trabajo realizado no es socialmente visible ni valorado.


La mercantilización y privatización de la educación, sanidad y dependencia significa además que la calidad del empleo en estos sectores muy feminizados siga deteriorándose. Los recortes neoliberales, desde la reforma laboral al desmantelamiento de los servicios públicos, con la precarización de las condiciones de trabajo, el descenso de los salarios, la destrucción de los escasos servicios de cuidados y el debilitamiento de la protección social, conduce a que cada vez más mujeres se enfrenten a una “pobreza doble”: pobres en términos de recursos económicos y pobres en tiempo disponible.


Crisis de los cuidados y masculinidad hegemónica

Ya estamos acostumbradas a escuchar que la crisis que estamos viviendo no es tan sólo una crisis económica. Sin duda, nos encontramos también ante una crisis ecológica y, en muchas partes de este planeta, ante una crisis alimentaria. Sin embargo, se sigue hablando poco de la crisis de cuidados que describe la quiebra de este modelo en el que los cuidados son asumidos prácticamente en exclusiva por las mujeres mientras que el estado, las empresas y los varones brillan por su ausencia.


Una crisis tan profunda que es capaz de canalizar flujos migratorios masivos en forma de cadenas de cuidados en las que las inmigrantes de países del Sur asumen el trabajo de cuidados que han dejado de proporcionar las mujeres del Norte debido a su incorporación al mercado de trabajo[4].


Una mención especial merece en este contexto el comportamiento de los varones hacia el trabajo de los cuidados, que sigue marcado por grandes resistencias y algunos incipientes y tímidos cambios. Y es que una verdadera transformación de la distribución sexual del trabajo y de las relaciones de género es imposible sin un trabajo intenso por parte de los hombres en superar la “masculinidad hegemónica”, abriendo el camino hacia otros modelos, modelos que a ellos también les pueden resultar libradores[5]. Sin minimizar en absoluto las consecuencias que acarrean las órdenes patriarcales para las mujeres, las experiencias de poder de los varones son contradictorias y en muchos casos alienantes. Su dedicación en exclusiva al trabajo remunerado y su ausencia en las tareas del cuidado les facilita una mayor autonomía económica y social, pero les priva de una existencia plena y de una presencia en las distintas esferas y dimensiones de la vida.


Una respuesta feminista: la perspectiva “cuatro en uno”

Desempleo masivo y creciente, precarización e informalización del empleo, feminización de la pobreza, crisis de los cuidados y sobrecarga de las mujeres: el sistema está haciendo aguas por todas partes. Es un hecho irrebatible la necesidad de una transformación social y económica profunda.


A principios de la actual crisis económica y social, por el año 2008, cuando incluso la derecha europea hablaba de “refundar el capitalismo”, parecía que el momento de convulsión albergaba la posibilidad de poner sobre la mesa temas que durante mucho tiempo habían estado candentes y proponer otro modelo de sociedad, un modelo verdaderamente sostenible, en todas las dimensiones que abarca este término. Sin embargo, las fuerzas políticas y económicas del neoliberalismo tardaron poco tiempo en reponerse e implantar de manera aún más feroz su modelo, presentándolo incluso como única opción.


No cabe duda de que éste es un argumento injustificable y que ahora más que nunca es preciso plantear alternativas a la situación que estamos viviendo. El feminismo tiene mucho que aportar en este contexto, pues ofrece respuestas que vuelven a poner a las personas y la vida en el centro.


Un ejemplo es el modelo “perspectiva 4 en 1” de la feminista alemana Frigga Haug. Busca reconciliar las distintas dimensiones de la vida humana, disolver la jerarquía existente entre ellas, liberar a las mujeres de la carga que supone asumir el trabajo de cuidados en exclusiva y, de esta manera, encaminarnos a una sociedad justa en su conjunto[6].


El movimiento obrero luchó durante más de 100 años por la jornada de 8 horas, algo que al principio parecía inalcanzable. Desde entonces la realidad ha cambiado mucho con la potenciación de las fuerzas productivas del trabajo, la deslocalización del empleo y el paro masivo. Haug propone ante eso un modelo de economía del tiempo radicalmente diferente y profundamente liberador: cuatro horas para el trabajo de cuidados, cuatro horas para el trabajo remunerado, cuatro horas de trabajo político o para la comunidad y cuatro horas de actividades artísticas, deportivas, etc.


Si el trabajo de cuidados forma parte de la vida de todas las personas deja de ser un trabajo desprestigiado de segunda, el tiempo para la participación política posibilita la implicación de las personas en la configuración de la sociedad, la jornada de trabajo remunerado reducida proporciona empleo para todas y todos y el tiempo para sí misma devuelve la autonomía a las personas. De esta manera, la distribución del tiempo según los criterios de la justicia de género permitiría la transformación profunda de la sociedad.


Sin lugar a dudas y parafraseando a Ernst Bloch[7], ante la crisis del capitalismo necesitamos “utopías concretas” que nos marquen el camino. Se ha de poner en cuestión la forma de vida y trabajo de esta sociedad, una tarea que sólo se puede desarrollar de manera colectiva. Es el momento adecuado para un cuestionamiento profundo de los valores capitalistas.

Kirsten Lattrich es experta en género.
Este artículo ha sido publicado en el nº 55 de Pueblos – Revista de Información y Debate – Primer trimestre de 2013.


NOTAS:

  1. Confederación Sindical Internacional (2009): (Des)igualdad de género en el mercado laboral. Visión general de las tendencias y los progresos mundiales, Bruselas.
  2. Instituto Nacional de Estadística, INE (2011): Encuesta de empleo del tiempo 2009-2010, Madrid.
  3. Carrasco, C. et at. (2004): Trabajo con mirada de mujer. Propuesta de una encuesta de población activa no androcéntrica, CES, Madrid. Pérez Orozco, Amaia (2006): “Amenaza tormenta: la crisis de los cuidados y la reorganización del sistema económico”, en Revista de Economía Crítica, nº 5.
  4. López Gil, Silvia; Pérez Orozco, Amaia (2011): Desigualdades a flor de piel: cadenas globales de cuidados. Concreciones en el empleo de hogar y articulaciones políticas, ONU Mujeres, Madrid.
  5. Kaufman, M. (1994): “Men, feminism, and men’s contradictory experiences of power”, en: Brod, H. & ibid., Theorizing masculinities, Thousand Oaks; pág. 142-165.
  6. Haug, Frigga (2011): “Die Vier-in-einem. Perspektive als Leitfaden für die Politik”, en: Das Argument (291), Berlin.
  7. González Pazos, Jesús (2012): “Fascismo social y financiero en Europa”, Rebelión, 25/02/2012.

13 de enero de 2013

La economía feminista desnuda al capitalismo


Prima de riesgo, euríbor, rescate, paro, mercados, bonos, ‘banco malo’. Abrir la sección de economía de cualquier diario produce estupor, indiferencia y, últimamente, pesadumbre. Las fotografías no tienen espacio, los fríos y deshumanizados gráficos sirven de ilustración, y el color salmón es, en muchos casos, el único matiz que permite volar la imaginación. La sensación de escalofrío paraliza si se indaga en los contenidos: una visión neoclásica de la economía, sinónimo paupérrimo de mercado. Y de capitalismo, disfrazado bajo el narcótico de economía de mercado.


“La economía convencional ha limitado mucho el análisis económico a las actividades mercantiles, principalmente a la gran empresa. La economía feminista intenta apartar al mercado del centro del análisis para abrirlo hacia temas como la sostenibilidad de la vida y la importancia de la reproducción social”, inicia la conversación al otro lado del teléfono Yolanda Jubeto, profesora de la Facultad de Economía de la Universidad del País Vasco. “Hay que vincular lo económico con lo social, porque lo social está en el centro de lo económico”, añade. Y ahí el feminismo es pionero.


“La economía feminista ha sido una de las corrientes económicas que con más argumentos ha estado criticando el fundamentalismo de mercado. También ha cuestionado la universalidad del ‘homo economicus’ movido por el egoísmo”, toma la palabra Lina Gálvez, catedrática de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad Pablo Olavide. Una corriente económica que parte de la invisibilidad a la que ha sido sometido el trabajo del cuidado, la reproducción de las mujeres o el trabajo de los pequeños productores y productoras agrícolas y que han hecho posible el trabajo asalariado.


La discriminación y la desigualdad social de las mujeres hunden sin duda parte de sus raíces en la economía practicada de manera mayoritaria, la capitalista. Las estadísticas (entendidas de manera simplificada y universal en el PIB –Producto Interior Bruto-) reflejan poco las distribuciones del tiempo y obvian determinados trabajos y procesos fundamentales para la reproducción social y humana y para el mantenimiento de las condiciones de vida. “Ofrecen una visión desfigurada de la realidad”, concreta en uno de sus textos de Cristina Carrasco, profesora de Teoría Económica de la Universidad de Barcelona. Hablan únicamente de crisis financiera, pero obvian otras como la alimentaria o la de género, entrelazadas a la primera según la economista mexicana Alicia Girón.


¿Tiene la opresión y marginación de las mujeres en un sistema patriarcal una base económica?, preguntamos vía cuestionario a Gálvez. “Sin duda. El patriarcado es un sistema basado en las diferencias de poder entre mujeres y hombres, y por tanto en el dominio de los hombres sobre las mujeres. Gran parte de ese poder se basa en un distinto acceso a los recursos económicos como la tierra, el capital o el empleo, lo que ha limitado enormemente la autonomía y la libertad de las mujeres y las ha llevado a una situación de dependencia. A eso habría que unir el haber asignado a las mujeres casi de manera ‘natural’ los trabajos de cuidados no remunerados que han redundado en esa falta de autonomía y libertad”.



La discriminación más allá de la nómina


Los datos están ahí. Y son fáciles de comprobar. Según un informe presentado recientemente en el Estado español, las mujeres ganan un 15,3 por ciento menos que los hombres. “En ningún caso las mujeres perciben mayor remuneración que los hombres ni por condiciones personales, ni empresariales, ni geográficas, ni de competitividad”, recoge el documento titulado ‘Determinantes sobre la Brecha Salarial de Género en España’, del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad y del Consejo Superior de Cámaras de Comercio. La diferencia de salario es, obviamente, una simple estadística desnuda que no explica la exclusión que practica la economía capitalista ni siquiera la división sexual del trabajo. Es un análisis reduccionista y limitado, pero que forma parte de una estructura consolidada.


Las nóminas hablan exclusivamente del espacio extradoméstico, de lo público, pero ¿qué ocurre detrás de la cortina? Y es que, son de nuevo las estadísticas (esas que copan los titulares) las que corroboran algo de sobra conocido: por cada hombre que abandona su puesto de trabajo por razones familiares (de cuidados obviamente) lo hacen 27 mujeres. Porque los hogares no se reproducen sólo con el salario, hay detrás un trabajo invisibilizado. Y ahí toma cuerpo otra de las reivindicaciones de la economía feminista. Yolanda Jubeto lo explica claramente: “La economía feminista ha hecho mucho hincapié en analizar o en abrir esa caja negra de la familia y de la unidad doméstica, en la que no solamente aportamos fuerza de trabajo y somos consumidoras, sino en la que se crean toda una serie de relaciones sociales económicas en el sentido de que creas bienestar para la gente y contribuyes desde la base a la reproducción social de la economía”. Si sabemos el número de diputadas, ¿por qué no existe ningún indicador sobre el número de hombres que hay como amos de casa?


Para hablar de economía hay que hablar de la reproducción social ampliada de la vida. Los titulares de la prensa ‘salmón’ deben cambiar. Y también su color. Y dejar de hablar de los hogares como centros de consumo, porque también lo son de producción, una producción básica para que el capitalismo funcione y se nutra, por ejemplo, de sus ansiados recursos humanos. Y también habría que hablar de tiempos, y de sus usos… Seguramente la sección de economía de los diarios sería más entretenida y menos frívola.
Gráfico de Cristina Carrasco 

La alternativa, por tanto, pasa por repensar los conceptos, las base, ideas y las estructuras. El paradigma, en definitiva. Carrasco considera en sus escritos que hay que romper “los binarismos impuestos y las fronteras forzadas: dicotomías como la división entre lo público y lo privado, el trabajo familiar doméstico y el asalariado, la sostenibilidad del planeta y de las personas, los países del norte y del sur, y un largo etc. que impiden un análisis global no sesgado de la realidad”. Y aquí las palabras de la ciencia económica son otras: empleo, corresponsabilidad, empoderamiento, cuidados… incluso democracia genérica. “Se habla de trabajo, pero se equipara con el empleo. Sólo el trabajo que tiene una remuneración es el que se valora, mientras que el que no pasa por las relaciones mercantiles es tarea doméstica”, explica brevemente Jubeto.

La ‘feminización’ de la pobreza de la crisis

Al principio la crisis pareció dejar nacer una perspectiva positiva, ¡se habló de la necesidad de cambiar el sistema! Pero hace mucho que esa idea ha abandonado los debates mayoritarios. Ahora el empeño pasa por debilitar el sistema público, reducirlo y minimizarlo. “Los servicios públicos son fundamentales para las mujeres porque emplean a muchas y también porque dan servicios asignados tradicionalmente a éstas. Todo esto hace que la carga de trabajo de las mujeres se multiplique en una época de crisis, donde se está poniendo todo el acento en la familia, que es uno de los pilares sobre los que están recayendo la mayor parte de los recortes”, sostiene Jubeto.

De la crisis se puede salir, por una parte, sostiene Lina Gálvez, con una intensificación del trabajo de las mujeres, sobre todo del trabajo de cuidados no remunerado, “lo que limita enormemente su empleabilidad y remarca los estereotipos de género que vinculan a la mujer con el hogar”. Y por otra parte, continúa, con retrocesos en los avances de igualdad tanto en el ámbito económico como en otros ámbitos “como ya estamos viendo en España con menor representación femenina en los órganos de gobierno o la inminente reforma del derecho al aborto”. Incluso, aunque fuera prácticamente una cuestión estética, se ha cerrado la sede de ONU Mujeres en Madrid.

Los resultados no son nuevos: el ajuste estructural practicado de manera casi unánime en América Latina provocó un ciclo de empobrecimiento femenino y una feminización de la pobreza. El espejo está colocado. Y algunas ya se miran. “El trabajador es como un servidor. Se ha trasladado la economía del trabajo doméstico fuera del hogar; es decir, se han feminizado los puestos de trabajo de los varones”, ha afirmado la filósofa Celia Amorós.

A pesar de todo ello las propuestas feministas tienen cada vez más espacios y altavoces. “Se están abriendo muchos foros, plataformas, reflexiones, el 15M en muchas partes del Estado…”, reflexiona optimista Jubeto. “Existe necesidad de ir construyendo una alternativa que nos dé oxígeno, porque el sistema nos está quitando en muchos casos el oxígeno e incluso las ganas de vivir como no tengas un entorno que te alimente, te dé amor y cariño”, añade. Mientras, Lina Gálvez apunta que la economía feminista partía con ventaja por ser una de las corrientes económicas con más argumento y que más tiempo llevaba combatiendo el fundamentalismo de mercado y ahora ha logrado mayor legitimidad: “Muchos colegas comienzan a ser más permeables a nuestras propuestas”.


Las alternativas

Que las propuestas se oigan y calen es uno de los principales avances. Así lo considera Alicia Girón, economista mexicana, quien también habla, por ejemplo, de los presupuestos con enfoque de género. Pero el camino es largo.


“El buscar y tener como objetivo una sociedad más justa y equitativa es uno de los horizontes que buscamos, donde las relaciones sean mucho más horizontales y solidarias. Tenemos que ir creando de manera conjunta esa alternativa y eso exige un enfrentamiento completo con las tendencias actuales”, subraya la profesora de la UPV, quien habla de potencialidades y nuevas ideas, como el decrecimiento. Reducir el consumo, apostar por una cultura de la suficiencia y situar el cuidado de las personas en el centro del sistema sería parte de ese nuevo imaginario.


Según se expone en el libro Más allá del desarrollo, la feminista socialista alemana Frigga Haug propone distribuir el tiempo de vida entre el empleo, reproducción, cultura y participación política. Mientras que en Desiguales. Mujeres y hombres en la crisis financiera, de Lina Gálvez y Juan Torres, se habla de equilibrio de poderes, de acabar con las políticas deflacionistas, de redistribución de la renta, de gasto público, de bancos públicos, de acceso al crédito, de nuevos mercados de trabajo, de conservación de especie humana, de una economía que no sea esclava del mercado, de la no destrucción de los recursos… ¿Y si pintamos de otro color la sección de economía de los periódicos?

Artículo leído en PÍKARA MAGAZINE

30 de diciembre de 2012

El matrimonio entre mujeres: una institución predominantemente africana

En la revista número 10 de Africaneando, Babere Kerata Chacha -miembro del Departamento de Historia de la Universidad de Egerton, Nioro, Kenia-  publica un artículo titulado Traspasando las fronteras de la locura de género y colonial: el matrimonio entre mujeres, la ley consuetudinaria y el cambio en Tanzania, 1890-1990. En él argumenta la importancia y evolución que ha tenido esta práctica en la Tanzania pre y postcolonial, con la que muchas mujeres han podido enfrentar sus condicionantes jurídicos  y biológicos de una manera muy imaginativa y peculiar. 

Con ello, se ha pretendido resolver diversos problemas: la imposibilidad de heredar, determinada por su condición de mujeres,  y, por lo tanto, de poder seguir manteniendo su modo de subsistencia en el caso de enviudar o permanecer soltera, y lo que la autora o autor llama desequilibrios biológicos, ya que estos acuerdos -o contratos- y relaciones se dan entre mujeres estériles, tanto por edad como por incapacidad reproductiva, y también entre aquellas que no han podido dar a luz a un hijo varón, beneficiario de la herencia familiar.  

Como en otras muchas culturas, las mujeres, una vez que se han casado, abandonan su casa para formar parte de la familia del marido, por lo que tener un hijo varón asegura, no sólo la conservación de las propiedades dentro del entorno familiar, sino también el cuidado de la madre en la vejez, ya que es la esposa del hijo la que se traslada a vivir al hogar del marido.

Un artículo muy interesente que puedes leer en el link anterior a partir de la página 65


Escrito por la adminsitradora del blog