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Amy Goodman

Periodista, investigadora, escritora... Ha demostrado que SÍ es posible la independencia de los medios de comunicación y ha dado voz a lxs excluídxs en los mass media. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Vandana Shiva

Doctora en física, filósofa, activista por la justícia global y la soberanía alimentaria... Ha demostrado que SÍ es posible la producción sostenible y plural de alimentos. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Tawakkul Karman

Periodista, política, activista por los Derechos Humanos... Ha demostrado que SÍ se puede luchar desde el pacifismo por la Revolución política, social y de género en Yemen. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Joumana Haddad

Poeta, traductora... Ha demostrado que SÍ se puede trabajar por la secularización de la sociedad, la libertad sexual y los derechos de las mujeres en Líbano. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Leymah Gbowee

Trabajadora social, responsable del movimiento que pacificó su país en 2003... Ha demostrado que SÍ es posible la Paz en Liberia y que las mujeres son sus constructoras. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Ada Colau

Filósofa de formación y miembra visible de la PAH... Ha demostrado que SÍ es posible hacer frente a la ilegitimidad de las leyes movilizando a la sociedad pacíficamente. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Marama Davidson

Activista por los derechos del pueblo maorí... Ha demostrado que SÍ es posible identificarse con la idea universal de la descolonización del Planeta. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Teresa Forcades

Doctora en salud pública, teóloga... Ha demostrado que SÍ es posible un discurso humanista, feminista y combativo por la justícia social dentro de la Iglesia Católica. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Sheelah McLean, Nina Wilson, Sylvia McAdam y Jessica Gordon

Fundadoras del movimiento Idle No More... Han demostrado que SÍ es posible mobilizar a la sociedad en defensa de los derechos de los pueblos autóctonos en Canadá. SIN ELLAS NO SE MUEVE EL MUNDO.

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1 de mayo de 2016

La industria oculta de los óvulos

Artículo de Beatriz Gimeno publicado en Píkara Magazine

El control de la reproducción ha sido siempre un espacio de lucha política. Bajo el eufemismo de “donación”, se sostiene un mercado en el que los cuerpos de las mujeres precarias son sometidos a tratamientos e intervenciones agresivas. Entonces, ¿cómo es que el feminismo español no incluye este tema en su agenda?


El otro día una periodista francesa me llamó para hacerme una entrevista sobre la donación de óvulos. No dejó de mostrarse asombrada por que España sea uno de los países en los que, habiendo un mayor tráfico de compraventa de óvulos (al mismo tiempo que un país con un fuerte movimiento feminista) sea uno de aquellos en los que menos se habla de esta cuestión. Es cierto.
El auge y la utilización de las tecnologías de reproducción asistida y la compraventa (donación) de óvulos sí son temas feministas. Sólo las mujeres se embarazan y paren mediante estas tecnologías y sólo las mujeres tienen óvulos. Ya sabemos que la tecnología, toda la tecnología, tiene un enorme interés para las ciencias sociales en sí misma en tanto que es, además de una técnica específica, una práctica social y discursiva de representación. Por supuesto que las tecnologías, la técnica, el conocimiento, la misma ciencia, todo ello está mediado por relaciones de poder, y si hacemos referencia a cuestiones reproductivas, estarán mediadas por relaciones de género, obviamente; que es lo mismo también que decir “poder masculino”. Ni por un momento debemos olvidar que el control de la reproducción ha sido siempre un espacio de lucha política, y lo sigue siendo.
La reproducción asistida que ocurre en la sanidad pública cubre una ínfima parte de la demanda existente, y en todo caso, habría mucho que escribir acerca de cómo se genera esa demanda, de cómo se crean nuevas categorías de mujeres estériles y enfermas (antes infértiles) necesarias para mantener de manera creciente la demanda, de cómo se relaciona esta demanda con categorías de consumo, con modas culturales, etc. Y no olvidemos que estamos hablando de una enorme industria mundial, una industria cuyo interés es el lucro y cuya materia prima son los biomateriales humanos (esperma, óvulos, embriones).
Las técnicas de reproducción asistida tienen un enorme impacto social que puede afectar a las relaciones de género, de parentesco, a las concepciones tradicionales de lo que es la maternidad y paternidad, pero que afecta también a la salud de las mujeres. Recordemos que la industria que utiliza como materia prima los óvulos no se dedica sólo a la reproducción asistida, sino que además de esta, está la investigación en clonación terapéutica y células troncales. En esta industria de biomateriales, la razón tecnocientífica capitalista ha generado una lógica utilitarista que requiere de óvulos de manera masiva. El problema es que los óvulos son un recurso limitado y de difícil acceso y para conseguirlos la industria ha puesto en marcha toda una batería de discursos médicos, jurídicos o científicos, además de una maquinaria publicitaria, en la que el papel de aquellos y la explotación de los cuerpos de las mujeres se invisibiliza y banaliza socialmente.
Hay muchas maneras de hacerlo. Por ejemplo, en todo este proceso, se suele hablar, en general, de “embriones”, como si estos surgieran de la nada, invisibilizando que son necesarios miles de óvulos para conseguir esos embriones. No se dice dónde ni cómo se van a conseguir esos óvulos, ni el precio que hay que pagar por ellos.
Otra manera de invisibilizar la cuestión es llamar “donación” a lo que en realidad es una compra. Como en el caso de los vientres de alquiler, la excusa que se da al hecho de que haya dinero de por medio y que aun así se llame “donación”, es la de que es necesaria una “compensación”. Lo que oculta dicha compensación es que, sin ella, no habría donaciones suficientes para cubrir la demanda. No hace falta “compensar” la donación de sangre, ni la de esperma y tampoco pagamos por la donación de órganos.
Aunque tampoco hay aquí espacio para profundizar en el papel de los mercados, lo cierto es que siempre que se abre un mercado en una situación de desigualdad estructural, las personas más pobres se ven obligadas a vender lo que sea demandado al precio que los más ricos fijan y quedan, a su vez, excluidos de los supuestos beneficios de ese mercado. Los pobres que venden un riñón no pueden acceder a comprarse uno en el caso de necesitarlo, etc. La inmensa mayoría de las mujeres que donan sus óvulos lo hacen por motivos económicos. En la actualidad, por ejemplo, es muy corriente encontrar publicidad para estas donaciones en las universidades. Sabemos que esta ha sido la manera en la que muchas estudiantes han podido pagarse las actuales matrículas universitarias. Y también sabemos que hay una auténtica industria de óvulos procedentes de los países más pobres de Europa: Rumanía y Polonia principalmente.
Pero en el caso de los óvulos y bajo el eufemismo de “donación”, subyace crudamente la desigualdad de género. Una muestra de esta desigualdad es el tratamiento que se da a esta “donación” en la publicidad y en la información social y técnica, como equivalente a la donación de esperma. Se ha construido así un imaginario en el que supone lo mismo donar óvulos que esperma, lo cual es una desinformación interesada que vulnera los derechos de las mujeres, sin que hasta ahora la ley, ni el feminismo, hayan mostrado mucho interés en esto.
Para empezar, el esperma no necesita de ningún tratamiento para ser donado. Los óvulos sí, y muy agresivo. La donante tendrá que someterse a multitud de pruebas invasivas y dolorosas, la mayoría sin anestesia. Las mujeres, además, producimos un solo óvulo al mes, una producción claramente insuficiente para la industria. Para sortear esta bajísima productividad natural, se somete a las mujeres a una hiperstimulación ovárica, de manera que en lugar de un óvulo produzcamos de diez a veinte. Esto supone un tratamiento hormonal muy agresivo que mediante inyecciones diarias y constantes visitas al médico para pruebas de todo tipo, que convierte el cuerpo de la “donante” en una bomba de hormonas, con consecuencias psicológicas y físicas muy profundas.

19 de abril de 2015

El feminismo contra las políticas neoliberales, por Rosa Cobo

Artículo de Rosa Cobo, profesora titular de Sociología del Género de la Universidad de A Coruña, publicado en eldiario.es. Una reflexión sobre el ataque del capitalismo globalizado, y la intensificación de sus políticas neoliberales, a los derechos de las mujeres conquistados en los tres últimos siglos.

El feminismo es un movimiento social interclasista, pues todas las mujeres, de todas las clases sociales, de diferentes culturas o razas y con distintas orientaciones o identidades sexuales pueden ser abusadas sexualmente, agredidas, explotadas en el hogar y en el mercado laboral y discriminadas en aquellos ámbitos en los que hay recursos y poder. Las estructuras simbólicas y materiales sobre las que está edificada la desigualdad afectan en mayor o menos medida a todas y cada una de las mujeres y ninguna de ellas puede sustraerse a algunos de los rostros de esa desigualdad. 

En sus tres siglos de historia, el feminismo ha sabido identificar los nudos de la opresión y ha luchado políticamente para deshacerlos. En el siglo XVIII, el feminismo se articuló como una interpelación moral a los privilegios masculinos y en ese contexto las mujeres reclamaron la consideración de sujetos racionales como base para conseguir otros derechos que ya tenían los varones. En el siglo XIX, el feminismo exigirá el estatuto de sujeto político para las mujeres y se articulará políticamente en torno al derecho al voto. En el siglo XX, las feministas pondrán de manifiesto el dominio masculino en el marco doméstico y familiar y el feminismo subrayará el carácter político de aquello que había sido definido por el liberalismo y el socialismo como privado.

El feminismo del siglo XXI, en medio de intensos cambios sociales, se interroga acerca de las vindicaciones sobre las que articular la lucha bajo una poderosa reacción patriarcal y neoliberal. En efecto, como hemos podido ver en España recientemente con el derecho al aborto, ninguno de los derechos que hemos conquistado está plenamente consolidado. La reacción patriarcal pesa como una losa sobre las vidas de las mujeres debido a los intentos de restablecer los antiguos códigos patriarcales. 

La idea que quiero desarrollar es que en este comienzo de siglo, el capitalismo neoliberal se ha convertido en el dispositivo de mayor opresión para las mujeres. Todos los datos ponen de manifiesto que las políticas de austeridad son devastadoras para ellas. La idea, asentada entre la izquierda, de que las políticas económicas neoliberales afectan negativamente a las clases trabajadoras y medias es cierta, pero es una idea insuficiente. Hay una parte en esta afirmación que no se suele contar y es que las políticas de austeridad empobrecen y subordinan más a las mujeres que a los varones. 

La economía feminista subraya que uno de los efectos más rotundos de los programas de ajuste estructural es el crecimiento del trabajo gratuito de las mujeres en el hogar, resultado directo de los recortes de las políticas sociales por parte del estado. En efecto, aquellas funciones de las que el estado abdica, vuelven a recaer invariablemente en la familia y una vez más son asumidas por las mujeres. Si bien los trabajos reproductivos y de cuidados han sido asignados históricamente a las mujeres, las políticas de austeridad aumentan el trabajo en el hogar, pues algunas tareas que estaban ‘externalizadas’, ahora vuelven a la familia. 

Por otra parte, la entrada de considerables contingentes de mujeres al mercado global de trabajo en unas condiciones de sobreexplotación difíciles de imaginar es un requisito necesario para la supervivencia del nuevo capitalismo neoliberal. La alta participación de mujeres en las maquilas o zonas francas vinculadas al vestido y al montaje electrónico pone de manifiesto que hay sectores económicos ocupados mayoritariamente por mujeres. Como también puede apreciarse que las maquilas más descualificadas son las más feminizadas.

Los nuevos sistemas de producción flexible requieren un nuevo perfil de trabajador. Deben ser personas flexibles, capaces de adaptarse a cambios rápidos, a los que se puede despedir fácilmente y que estén dispuestos a trabajar en horas irregulares. Este segmento del mercado laboral se está convirtiendo en mano de obra heterogénea, flexible, temporal y con salarios de pobreza. Estos grupos de trabajadores, que Manuel Castells denomina ‘genéricos’, son mayoritariamente mujeres. El perfil del trabajador sin derechos y sobreexplotado tiene rostro de mujer. Este hecho es el que ha hecho que el feminismo se haya comprometido y movilizado políticamente junto a la izquierda en la lucha contra el neoliberalismo.

Sin embargo, hay que precisar que el objetivo político feminista no debe ser la crítica a la austeridad en sí misma: debe ir más allá e identificar la política patriarcal del neoliberalismo. El feminismo del siglo XXI ha entendido que el capitalismo neoliberal, en estrecha alianza con los diversos patriarcados, está privando de derechos conquistados a las mujeres, está articulando nuevos espacios de subordinación, incrementando la explotación y feminizando la pobreza. El resultado es un creciente e instrumental aumento de la violencia contra las mujeres con el objetivo de que acepten su nuevo rol en las nuevas sociedades capitalistas y patriarcales. Cualquier estrategia feminista debe articularse en torno al trabajo y al empleo debido a su carácter fuertemente opresivo para las mujeres. Y, además, esta estrategia desembocará en la construcción de diferentes espacios de encuentro entre las feministas y las mujeres que no se encuentran dentro del movimiento feminista. Las políticas neoliberales y patriarcales deben convertirse en uno de los objetivos de la lucha feminista porque se han convertido en la causa fundamental de la feminización de la pobreza.

Fuente fotografïa: http://dcs.uas.edu.mx/index.php?sec=3&op=2&tipo=i&id_noticia=3789

7 de junio de 2014

“Es tiempo de pactos políticos entre mujeres, no de disputas intrafeministas”

Entrevista de la periodista Emilia Laura Arias Domínguez a la profesora titular de Sociología del Género Rosa Cobo, publicada en la revista Píkara Magazine

En su último libro, ‘Hacia una nueva política sexual’, Rosa Cobo explica algunos procesos que alimentan la actual reacción patriarcal contra las mujeres. Para ella, “el nuevo capitalismo neoliberal, las servidumbres provocadas por la reinvención de algunas tradiciones “culturales” y la violencia sexual son los pilares fundamentales sobre los que se asienta este intenso rearme ideológico masculino”. 
Profesora de Sociología del Género de la Universidad de A Coruña, Cobo considera que la conquista de derechos y las luchas de muchas mujeres y la influencia de las ideologías de la igualdad de género y de los derechos humanos han puesto en situación de alerta a los patriarcados contemporáneos. “Estos sistemas de dominio han reaccionado con violencia, desde los feminicidios hasta el tráfico de mujeres y niñas para la prostitución”.



Para Cobo, el movimiento feminista debe reflexionar sobre su nuevo papel, identificar nuevas estructuras de poder patriarcal que se están creando y producir estrategias para conceptualizar y desactivar esos nuevos núcleos de dominio masculino. Según su visión, es necesario aparcar momentáneamente las disputas intrafeministas y concentrarse en la creación de solidaridades, vínculos y pactos políticos entre mujeres para neutralizar a esos “nuevos bárbaros del patriarcado” y conquistar espacios de libertad, autonomía e igualdad para las mujeres.

Rosa Cobo fundó y fue la primera directora del Seminario Interdisciplinar de Estudios Feministas. Además, ha dirigido también el Máster sobre Género y Políticas de Igualdad de la Universidad de A Coruña y ha sido miembra del Equipo Asesor de la Unidad de Mujeres y Ciencia (UMYC), del Ministerio de Educación y Ciencia y en 2008 fue asesora del Ministerio de Igualdad.


Hablas de estrategias frente al patriarcado, ¿A cuáles te refieres?


En los años setenta del siglo XX, con la explosión del feminismo radical, se cambió por completo el imaginario de las mujeres. Ese momento marcó el comienzo de conquistas de derechos y de politización del espacio que hasta entonces se había considerado privado. Las mujeres nos colocamos a la ofensiva, reivindicamos derechos y politizamos nuestra opresión. Ese momento histórico, en el que por segunda vez en la historia el feminismo se convirtió en un movimiento de masas, fue el principio de un periodo de avances para las mujeres en muchas partes del mundo. Sin embargo, desde hace casi dos décadas estamos asistiendo a un retroceso que nos ha colocado en una posición de defender y no perder lo que conquistamos en ese periodo. Ante esta reacción patriarcal se necesitan estrategias feministas que deben pasar por establecer pactos entre mujeres. Y también por que el feminismo tome conciencia de que juntas podemos parar esto que está comprometiendo los derechos de varias generaciones.


Apuestas por el desarrollo de alianzas entre mujeres. ¿Puedes poner un ejemplo?


La historia demuestra que cuando hacemos pactos sobre la base de determinadas afinidades políticas, obtenemos mejores resultados. Cuando los grupos oprimidos están disgregados y separados, la dominación sobre ellos se ejerce con más facilidad. Tenemos delante el desafío de establecer alianzas políticas entre las feministas y a la vez seguir con nuestros discursos y nuestras prácticas específicas. Proteger la singularidad de los diversos feminismos y crear las condiciones para hacer pactos políticos es posible y necesario en estos momentos. El caso del aborto es el más claro que tenemos en estos momentos. Todas las feministas estamos comprometidas contra el recorte de este derecho civil y hemos sido capaces de articularnos en torno a este objetivo estratégico. Y los resultados en términos de movilización social están siendo muy buenos. Hemos sabido estar a la altura de las circunstancias. Las feministas tenemos una responsabilidad histórica con las mujeres y por ello no sólo tenemos que mirar hacia dentro, hacia las discusiones intrafeministas, sino que tenemos que mirar hacia afuera y poner encima de la mesa propuestas, alternativas y luchas que les resulten beneficiosas a mujeres que no están en el feminismo.


Los desencuentros en temas como la prostitución explican la fragmentación del feminismo. A las abolicionistas las otras corrientes del feminismo las acusan de victimizar a las trabajadoras del sexo.


Mi punto de vista es que la prostitución es un efecto de la estructura patriarcal de la sociedad y, por ello, no es una forma deseable de vida. Si los varones no tuviesen el dominio sobre las mujeres, las personas que ejercen la prostitución no serían casi en exclusiva, como lo son ahora, mujeres. Pero también la prostitución en esta época marcada por la globalización neoliberal es una gran industria que proporciona grandes beneficios a quienes mercantilizan los cuerpos de las mujeres. Sobre los cuerpos de las mujeres prostituidas se cruzan dos dominios: el patriarcal y el de clase. Como feminista, soy muy crítica con esta práctica social que es la prostitución, pero me siento muy solidaria con las mujeres que tienen que ejercerla.


Es fundamental separar las prácticas sociales de las personas que están inscritas en esas prácticas. Se puede ser crítica con la prostitución como práctica social y muy solidaria con las mujeres que la ejercen. Se puede ser solidaria con los trabajadores y trabajadoras y muy crítica con el capitalismo. Se puede ser crítica con las religiones que se tornan fundamentalistas y muy solidaria con las mujeres que son creyentes. Si analizamos como idénticas la prostitución y las prostitutas, el capitalismo y la clase obrera y las religiones fundamentalistas y las mujeres creyentes, entonces no podríamos hacer pensamiento crítico.


¿Pensar que no llevan una forma deseable de vida no es juzgarlas, no implica cierto paternalismo?


Criticar una práctica social no es juzgar a las personas que están en el marco de esa práctica. La crítica al trabajo infantil no implica juzgar a los niños y niñas que realizan trabajos para las multinacionales. La crítica a las maquilas nunca podría ser juzgar negativamente a las mujeres y hombres que trabajan en esas zonas francas. No es una forma deseable de vida la prostitución, pero tampoco lo es trabajar 12 horas diarias en una maquila. La cuestión de fondo es el escaso margen de maniobra que tienen muchos seres humanos para poder vivir en sociedades presididas por estructuras patriarcales y neoliberales. De hecho, las dos grandes metáforas que dan cuenta de la globalización neoliberal son la prostitución y la maquila. Ambas prácticas ejemplifican la alianza entre patriarcado y capitalismo neoliberal.


Las feministas islámicas también han expresado sentirse cuestionadas por teóricas reconocidas del feminismo español. ¿Cuál es tu postura?


No es fácil que crezca el feminismo en religiones de la salvación que en este momento son tan fuertemente fundamentalistas como el islam o el cristianismo. O por lo menos no es fácil vincular el feminismo a religiones que apuestan por el mantenimiento de los roles de género y de las estructuras patriarcales de la sociedad, como tampoco es fácil el vínculo entre los movimientos LGTB y estas religiones que son tan fuertemente homófobas. Ahora bien, creo posible que germine el feminismo en las bases críticas de estas religiones, como sucede, por ejemplo, con Católicas por el Derecho a Decidir. El laicismo favorece el pensamiento crítico y las religiones fundamentalistas tienen como objetivo imponer su moral, que siempre apuesta por el poder masculino y la familia patriarcal. Cualquier resquicio que abra posibilidades de luchas de las mujeres por sus derechos debe aprovecharse.


¿Incluye por tanto al feminismo islámico y a las trabajadoras sexuales en ese pacto entre mujeres?


Los pactos que hagamos los tenemos que hacer sobre objetivos políticos concretos, no sobre grupos o colectivos. Si pactamos, como lo estamos haciendo ahora, contra el anteproyecto de ley del aborto de Ruíz Gallardón, cuántas más seamos, mejor.


¿Qué piensas de Femen?


El día que vi a las Femen subidas a la barandilla del Congreso con el lema ‘El aborto es sagrado’ pintado en su cuerpo, me sentí reivindicada frente a esta derecha ultramontana que tenemos. Fue una alegría política inmensa. Las acciones políticas que están haciendo las mujeres de Femen se inscriben en la tradición de las luchas feministas. Y la utilización del cuerpo como una herramienta política crítica también forma parte de la tradición de las luchas feministas.


¿Debemos seguir peleando en el ámbito institucional ahora que el PP está en todas partes?


Para la derecha las políticas públicas de igualdad son innecesarias porque cuestan dinero y los recursos que tiene que distribuir el gobierno prefiere dárselo a las rentas del capital. Estas políticas de igualdad son políticas de redistribución y han estado en la agenda de los gobiernos socialdemócratas. Cuando son diseñadas por feministas y tienen suficientes recursos benefician a las mujeres y en tanto que derechos sociales, amplían la democracia. La cuestión es que en estos momentos no me parece lo más importante a nivel estratégico seguir luchando por las políticas públicas. Creo que nuestra lucha ahora debe concentrarse en la sociedad civil, en las calle, con movilizaciones sociales. Es el único lenguaje que entiende la derecha y quizá lo único que puede parar esa misoginia institucional que habita en el corazón del PP. El movimiento feminista quizá perdió demasiada energía en las políticas públicas y desatendió el papel del feminismo como movimiento social. Y el movimiento es el origen y la base sobre la que se sustenta la conquista de derechos. Por otra parte, los movimientos sociales politizan la sociedad y contribuyen decisivamente a crear una cultura política crítica. Y, desde luego, necesitamos una cultura política feminista sólidamente anclada en nuestra sociedad.


¿Entonces hay que priorizar la lucha en las calles?


El sistema de dominio patriarcal, que expropia los recursos y derechos de las mujeres, debe ser combatido desde todas las instancias sociales sin exclusión. Frente a la dominación, todos los espacios son potencialmente lugares de lucha y de resistencia. Sin embargo, creo que ésta es la hora de la sociedad civil. Es la hora de las movilizaciones sociales, de la politización de la sociedad, de la reconstrucción del feminismo como un sujeto político colectivo fuerte y de la creación de una cultura política feminista que tenga la fuerza suficiente para entrar en el imaginario colectivo. Y en esta dirección, creo que las feministas tenemos que volver a poner en el centro de la agenda política feminista la cuestión de la coeducación. La educación es una fuente inagotable de ensanchamiento de la subjetividad, de ahí que la coeducación en las aulas sea un poderoso instrumento contra la subordinación de las mujeres.


¿El feminismo debe cuestionar también el capitalismo?


A lo largo de los tres siglos de historia del feminismo, como movimiento social y como tradición intelectual, se puede rastrear la existencia de una corriente de feminismo liberal. Y eso está bien porque las mujeres feministas debemos estar presentes en todos los espacios y en todas las teorías. Sin embargo, un pensamiento y una práctica feminista que arraigue en la sociedad, es decir, que tenga la capacidad de dar respuestas a los problemas sociales de las mujeres, solo puede ser de izquierdas. El feminismo no puede cerrar los ojos ante las políticas económicas neoliberales, ni ante la feminización de la pobreza, ni ante las maquilas, porque el capitalismo neoliberal es hoy una de las principales fuentes de opresión para las mujeres. Si el feminismo no hiciera una crítica política del capitalismo se quedaría fuera de la historia. Creo que la lucha contra la desigualdad económica debe estar ahora mismo en el centro de la agenda política feminista. Las políticas económicas neoliberales son, en este momento, el principal obstáculo para la emancipación de las mujeres. El feminismo debe identificar analíticamente y combatir políticamente la política sexual del neoliberalismo, que empobrece a la mayoría de las mujeres del mundo y se aprovecha de las opresiones específicas marcadas por la raza, la cultura, etc. para precarizar sus condiciones de vida y bajar sus salarios.


Si digo Gallardón, ¿qué se te viene a la cabeza? ¿Qué hacemos con él?


Hace algún tiempo denominé a Ruíz Gallardón ‘el hombre que no amaba a las mujeres’ y sigo pensando que está bien definido con el título del libro del escritor sueco, pero creo que hay que completar esa definición: es uno de los nuevos bárbaros del patriarcado. Es insólito recortar un derecho civil en un contexto como el europeo, en el que los derechos sexuales y reproductivos parecían estar sólidamente anclados. La acción de este bárbaro del patriarcado es un aviso para navegantes: en cualquier momento, incluso en los espacios políticos más avanzados, las mujeres podemos ser expropiadas de nuestros derechos, siempre hay payasos como Ruíz Gallardón que se prestan a esa operación misógina. El subtexto de este anteproyecto de ley es la negación de la autonomía y libertad de las mujeres y, al mismo tiempo, nos envía el mensaje de que nuestros cuerpos no nos pertenecen.


¿Qué hacer? Lo que estamos haciendo: aparcar nuestras diferencias y concentrarnos en paralizar este anteproyecto. Y hacer de la calle el escenario político prioritario de las luchas feministas, sin desdeñar, desde luego, otros espacios que también nos son útiles. El aborto se puede convertir en un elemento clave en el rearme ideológico del feminismo.
 


4 de mayo de 2014

Mujeres brasileñas: del icono mediático a la realidad

Vídeo producido por la revista Pueblos y la organización Paz con Dignidad, con el apoyo de la Agencia Vasca de Cooperación al Desarrollo. 

Un análisis sobre la cosificación de las mujeres brasileñas en los mass media, especialmente en televisión, medio que es  utilizado por el 80% de la población -en un país de más de 200 millones de habitantes- como única fuente de información. La publicidad ha construido un estereotipo de mujer blanca, esbelta y heterosexual que no se corresponde con la pluralidad que existe en un país donde sólo un 47% de mujeres se consideran de raza blanca. Este estereotipo femenino supone una prematura erotización de las niñas que lo consideran modelo estético y de comportamiento para la consecución del éxito social. La mujer es presentada como trofeo y supeditada a los deseos del público masculino sin el que, parece ser, el género femenino no tendría razón de ser. 

En nuestro post Pelo bueno, pelo malo, publicado el 1 de diciembre de 2013, reproducíamos el documental de Miguel Parra Jiménez sobre las imposiciones estéticas que sufrían las mujeres de raza negra en la República Dominicana -país en el que la mayoría de spots publicitarios presentan el mismo estereotipo de mujer que en Brasil- y para las cuales sus oportunidades de trabajo dependían en gran medida del aspecto de su cabello. Aunque el documental sobre las mujeres brasileñas habla de un modelo europeizante -con el que estamos de acuerdo- creemos que la imposición de este arquetipo femenino responde a la enorme influencia del stablishment estadounidense -el poder financiero, económico, político y mediático- en las sociedades latinoamericanas, que ha difundido de manera extraordinaria o, mejor dicho, impuesto, los valores patriarcales, neoliberales y sexistas de su sociedad.

 La administradora del blog

23 de abril de 2014

Los espigadores y la espigadora

Artículo de Sonia Herrera y Suso López publicado en la Revista Pueblos 


Agnès Varda recogió en "Los espigadores y la espigadora" ("Les glaneurs et la glaneuse", 2000) la labor de decenas de personas que dedicaban su vida a recolectar entre la basura de las ciudades francesas. Han pasado 14 años desde que la directora gala rodara este documental y los testimonios e imágenes que conforman su relato se han convertido en estampas frecuentes en las calles y barrios de buena parte de las ciudades del Estado español. Son un fiel retrato de la globalización de la pobreza. El trabajo de Agnès Varda evidencia la capacidad del cine documental como herramienta de denuncia, en este caso de la exclusión social.


Agnès Varda (Bruselas, 1928) es una directora de cine conocida como una de las precursoras de la nouvelle vague. Desde que a principios de los años 50 firmara su primer trabajo, La Pointe-Courte, hasta nuestros días, su nombre como realizadora se encuentra detrás de más de medio centenar de títulos que combinan el cortometraje con el largometraje y la realidad con la ficción, pero siempre con un denominador común: la denuncia social. Ahora, con 84 años, abre, según señalaba en una entrevista al diario El País, una “tercera vida profesional” que dedica a la edición de vídeos y al trabajo de recuperación y restauración de películas propias y de las elaboradas por su marido, el también director Jacques Demy, integrante como ella de la nouvelle vague y fallecido en 1990.
 
El compromiso feminista de Agnès Varda está presente tanto en su obra como en su vida. “Yo soy feminista, lo fui y siempre lo seré”, reconocía en esa misma entrevista en el verano de 2012. Su oposición al patriarcado y su apuesta personal por la transformación social ya era evidente en 1977[1]: “Siempre me ha parecido que lo que tenían los hombres no era demasiado interesante, la guerra los muertos, los heridos (yo he vivido la guerra), la agresividad en el trabajo, en ganar dinero, el mandar… Nunca me ha interesado”. “Si las mujeres tenemos suficiente fuerza, y la tenemos, para cambiar las cosas”, añadía, “no es para ocupar la plaza de los hombres sistemáticamente; ser mujer es, entre otras cosas rechazar este circo que los hombres han montado como sociedad”.

En el año 2000 ve la luz Los espigadores y la espigadora, un trabajo en el que Varda parte de la experiencia de las antiguas espigadoras que repasaban los campos franceses con el objetivo de recoger los granos que quedaban tras la recolección de la cosecha para acercarse a la figura de los nuevos espigadores y espigadoras: los que rebuscan entre la basura o en los propios campos para encontrar todo aquello que otros desechan, ya sean alimentos, juguetes, relojes o televisores. Entre los nuevos espigadores y espigadoras hay quien lo hace por necesidad y para poder comer y quien busca con estas acciones luchar contra el consumismo feroz.

Tal como afirma Jean Breschand[2], “la realidad es inseparable de las meditaciones a través de las cuales la aprehendemos. Por eso puede decirse que las películas no revelan tanto la realidad como una forma de mirarla, de comprenderla”. Y en el caso de Agnès Varda, esta forma de mirar nos invita a pasear desde el cuadro de Las Espigadoras de Jean-François Millet al contexto socioeconómico y político europeo de principios del siglo XXI tanto en el mundo rural como en el urbano, sin abandonar en ningún momento la crítica sobre la realidad mostrada.

A través de este viaje, del relato metareflexivo en el que nos sumerge, Agnès Varda retrata la cotidianidad y revisa el modo en el que se nos transmite la pobreza (con más lagunas y estereotipos que realidades) y ésta se inserta en nuestro imaginario, describiendo de forma muy personal el contexto que rodea a la exclusión social y situando a la mujer en el centro de la historia a pesar de que ésta no hable solamente de mujeres. Así, tal como expresa Aida Vallejo[3], la directora pone el énfasis de la narrativa en “la mujer que mira, la mujer que narra, la mujer que vemos y la mujer que muestra”.

Varda, a través de su propia presencia participante ante la cámara (como si de un proyecto etnográfico se tratara) y de una cuidada puesta en escena, visibiliza una realidad a la que a menudo cerramos los ojos, situando el compromiso y la denuncia en el centro del relato. De ese modo la directora da testimonio y nos ayuda a comprender la condición humana en la precariedad, en esa precariedad donde nos coloca un modelo económico y político cruel que arrincona los derechos sociales y enaltece la especulación, la corrupción, la producción exacerbada, el malbaratamiento de alimentos o el fraude fiscal, entre otras prácticas “poco” éticas, humanas y sostenibles. Según explica Vallejo: “En Los espigadores y la espigadora Agnès Varda ofrece esa perspectiva que subvierte la construcción de una mirada exclusivamente masculina, tanto en la construcción del sujeto que guía la acción como del objeto que aspira a conseguir. En primer lugar, su relato está narrado por una mujer. Ella misma encarna a la heroína de la historia, lo cual lleva a activar los procesos de identificación del espectador/a y a compartir sus deseos y sus metas”.

Los espigadores y la espigadora desenmascara a la vez dos grandes ilusiones que han eclipsado el espíritu crítico de la sociedad durante mucho tiempo: el cine como medio alienante y de puro entretenimiento y el Estado del bienestar, que realmente en muchos países occidentales se tradujo en Estado de consumo y “darwinismo social”. Así, el documental de Varda se convierte en una herramienta ética de visibilización, de lectura crítica y de denuncia. ¿Pero qué tiene que ver la realidad francesa del año 2000 que retrata Agnès Varda con la situación que se vive actualmente en el Estado español? ¿Podemos encontrar espigadores y espigadoras en nuestras calles?

Las cifras de la crisis

Una de las consecuencias más evidentes de la crisis económica que afecta al mundo capitalista desde 2008 es la globalización de la pobreza y la exclusión social. Sea cual sea el país del que hablemos hay una serie de dinámicas comunes que tienden a perpetuarse. Óscar Mateos, en su artículo “La hegemonía cultural (a propósito de Margaret Thatcher)”, recoge dos aspectos muy ligados a la problemática que aborda Agnès Varda en Los espigadores y la espigadora y que son el objeto de análisis de este artículo: “aumento espectacular y cronificación de la pobreza y de la exclusión social e incremento de las desigualdades sociales (disparando la brecha entre las rentas más altas y las más bajas)”.

Las cifras que presentan diferentes informes y estudios avalan lo delicado de la situación y demuestran cómo las políticas de austeridad letal (esas que llegan siempre, como señala Josep Ramoneda[4], “después de periodos en que, desde los mismos lugares en que ahora se apela al rigor y a la virtud, se ha estado invitando al consumo sin límites”) nos dirigen hacia un escenario en el que la vulnerabilidad ciudadana crece, el empobrecimiento de la población se dispara y la pérdida de derechos básicos de la ciudadanía es cada vez más evidente. El VIII Informe del Observatorio de la Realidad Social de Cáritas describe el momento que estamos viviendo como “la consolidación de una nueva estructura social donde crece la espiral de la escasez y el espacio de la vulnerabilidad”.
 
El análisis cuantitativo de la situación en el conjunto del Estado español refuerza esta idea. Según datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) y de la Encuesta de Población Activa (EPA), ambas del Instituto Nacional de Estadística (INE), la tasa de pobreza en el Estado español pasó del 19,7 por ciento de los hogares en 2007 al 21,1 por ciento en 2012, lo que equivale a un crecimiento del número de personas pobres que va desde los 8,9 millones de 2007 a los 10,5 millones de 2011.

El desempleo en España se situó en octubre de 2013 en el 26,7 por ciento, según datos de Eurostat (12,1 por ciento es el dato medio de la zona euro). La tasa de paro juvenil fue del 57,4 por ciento, lo que significa que 972.000 jóvenes de entre 16 y 29 años se encuentran sin empleo. Estos datos se agravan al comprobar que el paro de larga duración, personas que llevan más de dos años en situación de desempleo, se agrava y afecta en mayor medida a las personas mayores de 50 años y a la juventud.

El informe de Cáritas también hace hincapié en el elevado número de personas que se encuentran en situación de pobreza severa. Los datos de 2012 duplican a los registrados en 2007. En estos cinco años la cifra pasó del 3,5 por ciento de la población al 6,4 actual, lo que en números absolutos significa alrededor de tres millones de personas.

A pesar de que no existen datos cuantitativos que determinen el número de personas que cada noche buscan comida entre los restos de la basura en el Estado español, sí es una imagen de la que los medios de comunicación, tanto estatales como internacionales, se han hecho eco de manera frecuente en los últimos tiempos. Así, en diciembre de 2010 el diario La Vanguardia titulaba “La crisis eleva el número de personas que buscan comida en los contenedores”. En la misma línea, el diario Público, en agosto de 2012, motraba el testimonio de varias personas que esperaban al cierre de los supermercados para recoger alimentos en un reportaje titulado “Tengo que buscar en la basura para llegar a fin de mes”. También el New York Times se hacía eco de esta situación en un reportaje sobre el problema del hambre en España bajo el título “Spain Recoils as Its Hungry Forage Trash Bins for a Next Meal”, publicado en septiembre de 2012.

Esta situación contrasta con la cantidad de comida que cada año acaba en la basura. Según datos del Ministerio de Agricultura y Alimentación son más de 7,7 millones de toneladas de comida las que cada año se tiran en los contenedores españoles. En el conjunto de Europa, según recoge un informe de la Comisión Europea, las pérdidas o desperdicios de alimentos alcanzan los 89 millones de toneladas al año. Es decir, entre un 30 y un 50 por ciento de alimentos sanos y comestibles se convierten en residuos. Mientras esto sucede, los bancos de alimentos no dan abasto y cada vez son más las personas que en nuestra sociedad, como en el documental de Varda, se ven obligadas a espigar y rebuscar entre lo que otros desechan para poder comer.

Ellas, las espigadoras: mujeres y exclusión social

Al igual que Varda o incluso Millet, en este artículo también se ha buscado poner el acento en esas mujeres mostradas, en las “espigadoras” o, como escribió Pedro Guerra en una de las letras de su álbum Hijas de Eva, en ellas, “las más pobres entre los pobres”. Porque, ¿cómo ha afectado la crisis a la acentuación de la feminización de la pobreza en España?

Lo explicaba excepcionalmente Kirsten Lattrich en su artículo[5] “El trabajo de las mujeres y la crisis económica. La respuesta feminista”: “En los países europeos afectados por la crisis son las mujeres las que se están llevando la peor parte. El desempleo femenino está creciendo de manera imparable, mientras las condiciones laborales de las que sí tienen un puesto de trabajo se están precarizando cada vez más. En España, la reforma laboral está surtiendo efecto, desprotegiendo aún más a las que ya de por sí partían de posiciones más desfavorecidas. Y es que las políticas neoliberales de recortes no son neutras en términos de género”.

Según el informe de Cáritas citado anteriormente, “las mujeres siguen siendo el rostro más visible de las situaciones de pobreza y exclusión”. Así se desprende de los datos del Eurostat, que sitúan la tasa de pobreza de los hogares monomarentales (el 90 por ciento de los hogares formados por un adulto y menores a su cargo están sostenidos por mujeres) en el Estado español en 38,9 puntos en el año 2011.
En la misma línea, el segundo informe elaborado por la federación de Entidades Catalanas de Acción Social (ECAS), Desigualtats i pobresa en un entorn de crisi, sitúa la tasa de riesgo de pobreza de las mujeres en Cataluña en el 20,3 por ciento (18 por ciento en el caso de los varones), tasa que se eleva hasta el 28,6 en el caso de las menores de 16 años. Los datos para el cómputo del Estado español no son más halagüeños, ya que la tasa de riesgo de pobreza femenina se coloca en el 22,4 por ciento (21,1 para los varones). En cambio, en el conjunto de la Zona Euro la cifra desciende hasta los 17,6 puntos. Por otro lado, las mujeres de más de 65 años son el sector de población con más privaciones materiales, seguidas por el resto de mujeres de otros grupos de edad.

Si bien sabemos que el aumento global de estos datos se debe a la fuerte crisis económica que nos afecta desde 2008, ¿a qué se deben específicamente las diferencias entre las tasas de pobreza femenina y la masculina? ¿Por qué la pobreza afecta de forma diferente a hombres y mujeres? ¿Qué factores relacionados con el género inciden en la probabilidad de ser pobre?

La respuesta no está exenta de complejidad, ya que no existe una sola causa. La feminización de la pobreza está relacionada con una amalgama de factores y discriminaciones de género que tienen que ver, por ejemplo, con la invisibilidad del trabajo doméstico no remunerado, la discriminación laboral y salarial de las mujeres, la división sexual del trabajo, la dificultad de acceso a los recursos materiales y sociales (capacitación, educación, trabajo remunerado, etc.) y la desigualdad en el acceso a los mismos respecto a los varones, su exclusión de la toma de decisiones políticas y económicas… Y la lista continúa. La falta de autonomía económica o la violencia machista son dos factores más que afectan al riesgo de sufrir pobreza. Tanto la carencia de ingresos propios como el aislamiento y la dificultad para acceder al mercado de trabajo que experimentan muchas mujeres víctimas de violencia de género repercuten directamente sobre la probabilidad de ser pobre.

Nuevos significados, posibilidades de transformación

Sin lugar a dudas, Agnès Varda es una de las directoras que mejor ha sabido recolectar y espigar con su cámara todas aquellas realidades que para la mayoría pasan inadvertidas, dirigiendo la mirada hacia contextos ante los que habitualmente se sigue mirando hacia otro lado y construyendo nuevos significados desde la propia subjetividad.

Pero ella, que ha incluido la denuncia y la crítica en la mayor parte de sus trabajos, sabe mejor que nadie que el cine documental no es una mera recolección de imágenes y circunstancias, sino que puede colaborar activamente en la búsqueda de posibilidades de transformación y en la visibilización de la injusticia social en todas sus variantes, dando voz a aquellos (y especialmente a aquellas) que sistemáticamente han sido apartados del relato y de la historia. Han pasado más de diez años desde que se rodó Los espigadores y la espigadora y su vigencia, a pesar del tiempo transcurrido y de las diferencias existentes (o más bien, las similitudes latentes) entre Francia y España, resulta abrumadora e incluso angustiante.

La crisis, la vulnerabilidad, las mal llamadas “políticas de austeridad” y la precarización nos están golpeando con fuerza. A las mujeres con especial rigor. Sin embargo, a menudo, nadie pone el foco en ellas ni se demandan datos segregados ni se discute la responsabilidad de los medios en el mantenimiento del statu quo. Hace poco la periodista y escritora Olga Rodríguez[6] se preguntaba lo siguiente en un artículo: “Y entonces…, ¿para qué nos habíamos hecho periodistas?”. Nosotros, a la luz del trabajo de Agnès Varda como ejemplo de buena práctica cinematográfica, nos preguntamos: Y entonces…, ¿para qué se hicieron cineastas?
¿Puede el cine documental ser pura neutralidad y asepsia ante la pobreza, la discriminación y la injustica? ¿O podemos (y debemos) exigirle una responsabilidad respecto a la realidad que refleja? Dar respuesta a esa pregunta quizás sea harina de otro costal, pero tal y como afirmaba Nichols[7], la reflexividad “no tiene por qué ser puramente formal; también puede ser acusadamente política”.

Sonia Herrera Sánchez (sonia.herrera.s@gmail.com) es comunicadora audiovisual y especialista en educomunicación, periodismo y conflictos armados y género. Suso López (susolpz@gmail.com) es comunicador audiovisual y especialista en gestión de la comunicación política.
Publicado en el nº 60 de Pueblos – Revista de Información y Debate, primer trimestre de 2014.

NOTAS:
    1. Entrevista de Esther Ferrer a Agnes Varda en El País, 23 de abril de 1977: “Agnes Varda y la fuerza vital femenina”. Disponible en www.elpais.com.
    2. Breschand, Jean (2004): El documental: la otra cara del cine, Paidós.
    3. Vallejo Vallejo, Aida (2010): “Género, autorrepresentación y Cine documental. Les glaneurs et la glaneuse de Agnès Varda”, en Quaderns de Cine, nº10.
    4. Ramoneda, Josep (2013): “Breve historia de la austeridad. Una reforma política podría revivir la idea de futuro y dar impulso psicológico a la sociedad”, en El País, 24 de abril de 2013. Disponible en www.elpais.com.
    5. Lattrich, Kirsten (2013): “El trabajo de las mujeres y la crisis económica. La respuesta feminista”, en Pueblos – Revista de Información y Debate, nº55.
    6. Rodríguez, Olga (2013): “Y entonces…, ¿para qué nos habíamos hecho periodistas?”, en www.eldiario.es (12/11/2013)
    7. Nichols, Bill (1997): La representación de la realidad: cuestiones y conceptos sobre el documental, Paidós.

12 de diciembre de 2013

La violencia contra las mujeres como arma estratégica del poder en la guerra social

Artículo publicado en PERIODISMO HUMANO traducido por Fátima Fafatale

La violencia contra las mujeres a menudo ha sido utilizada como un arma de guerra, con la intención de castigarlas, humillarlas y deshumanizarlas, pero sobre todo, con la intención de reprimir y destruir por todos los medios posibles el grupo al que pertenecen.

En los conflictos armados, esta violencia ha sido durante mucho tiempo asimilada a un signo de dominación más que a una herramienta de destrucción.

Sabemos también que en tiempos de paz, las violencias contra las mujeres pasan sobre todo por ser actos individuales de hombres violentos, y no por armas de destrucción “estratégicas”.

Y bien, ¿Qué diríais si en la situación de crisis exacerbada que sacude Grecia, la violencia contra las mujeres se estuviera convirtiendo en un arma en manos del poder?

En efecto, en los últimos tiempos, los casos de tal violencia se multiplican en Grecia. Es el ejemplo de cuatro manifestaciones emblemáticas:

La primera y ¿más reciente? ha tenido lugar a principios de noviembre de 2013 ante las cámaras, prácticamente en directo, cuando las fuerzas especiales de la policía griega (MAT), quisieron impedir a dos diputadas entrar en el edificio de la Radiotelevisión Pública (ERT), que acababa de ser ocupado por la policía, y las acorralaron contra el portón de entrada de hierro forjado. Las dos diputadas de la oposición parlamentaria, Zoe Konstandopoulou, de Syriza, y Rachel Makris, del partido ‘Griegos Independientes’, fueron muy maltratadas. Especialmente Zoe Konstandopoulou, que fue conscientemente asfixiada y estuvo a punto de morir, ha demandado a sus agresores por intento de asesinato. Y todo esto, porque las dos diputadas querían simplemente ejercer su derecho constitucional de entrar en la Radiotelevisión Pública para impedir el montaje policial (destrucción de material, etc.) que tenía como objetivo ¿ir contra? la lucha de los trabajadores.


La continuación de este suceso es muy elocuente y viene a confirmar nuestra tesis. Al día siguiente, el gran periódico pro-gubernamental ‘TA NEA’, lanzaba una violenta campaña ultra-sexista contra las dos diputadas, publicando una viñeta en portada que presentaba a las dos diputadas… haciendo striptease bailando en una barra ante un público de clientes masculinos habituales de este tipo de locales (ver viñeta). En la leyenda del “dibujo” se podía leer este supuesto intercambio entre dos clientes: “A la derecha está Raquel y a la izquierda Zoe. ¿Y es que ellas hacen también otra cosa? He oído que también emprenden acciones legales. Pero mejor vamos a preguntar al chico”…

La segunda ha dado lugar a un auténtico linchamiento público, acrecentado por las cadenas de televisión, de mujeres seropositivas, algunas de ellas prostitutas. En plena campaña electoral, dos ministros socialdemócratas, tristemente célebres por su papel en la represión salvaje de las manifestaciones contra la Troika y el desmantelamiento del sistema de Sanidad, animaron a la población a denunciar para detener a las que, según los ministros, “constituyen una bomba de relojería sanitaria”, “contaminan a la sociedad con enfermedades contagiosas” y matan de sida a “los padres de familia griegos”.

La tercera manifestación de esta violencia ha tenido como víctimas a las decenas y decenas de mujeres -¡incluso abuelas!- de los alrededores de Skouries, en el norte de Grecia, que se oponen a la sociedad canadiense Eldorado y su proyecto de extracción de oro de la región. Desde hace meses, las fuerzas especiales de la policía, por órdenes directas de su ministro, hacen de las mujeres de los pueblos de los alrededores el blanco prioritario de una represión feroz y en masa que ya ha desembocado en el encarcelamiento de algunas de ellas y en la acusación por… crímenes de aún más (ver las fotos). No es casualidad que esta campaña de represión sin precedentes enmarcada en la imposición del estado de excepción en una región habitada por pacífica/os campesina/os se pretende -a decir de sus responsables- que sea ejemplar con la intención de prevenir la multiplicación de estos actos de “desobediencia civil”. Y evidentemente, no es casualidad que esta “represión ejemplar” se ejerza prioritariamente contra las mujeres de esta población local a la que ha hecho destruir cueste lo que cueste.


Y la cuarta manifestación, el episodio tristemente célebre del diputado del partido neonazi Kassidiaris, que golpeó “en directo” a dos diputadas de izquierda durante una emisión transmitida durante la campaña electoral de la pasada primavera. Este acto de violencia, en lugar de suscitar la indignación y la reprobación, suscitó por el contrario una gran ola de simpatía popular y contribuyó al éxito electoral de Amanecer Dorado.

¿Qué está pasando?

Pensamos que se trata de un nuevo mal que empieza a aparecer. Esta violencia nos lleva a pensar en las violencias exacerbadas contra las mujeres en las guerras étnicas. La violación de mujeres por parte de hombres del bando contrario muy a menudo debe analizarse no como el efecto de un deseo masculino “incontrolable”, sino como parte de una estrategia de conflicto, de combate, en la que las mujeres representan biológica y simbólicamente la integridad de la etnia o de la nación a combatir. Y que hay que destruir. En nuestro caso, es evidente que no estamos en presencia de  una violencia nacionalista con motivo de una limpieza étnica. Estamos en presencia de un conflicto de una naturaleza diferente, de otra guerra, de una guerra social, ¡de una lucha de clases!

En suma, humillar a las dos diputadas identificándolas con bailarinas de stripteaseno significa solamente que dedicarse a la política es ante todo un derecho de los hombres y no de las mujeres. Significa, más vulgarmente, que el papel que ¿se le deja? a la mujer es ante todo estar siempre disponible para ser ¿follada?, poseída y gobernada por los machos.

Igualmente, lapidar a las mujeres seropositivas, criminalizarlas, satanizar su sexualidad, presentarla como una “amenaza” para la ley y el orden que debe reinar en nuestras sociedades, esta amenaza se parece a la que siempre han representado las “clases” que estos señores llaman desde hace casi dos siglos “peligrosas”. Mismo lenguaje, misma  demonización y misma represión…

Así pues, hacer de la misoginia, el odio contra las mujeres, la violencia contra las mujeres y sus derechos un arma de guerra no debería extrañar en la medida en que todas las políticas de quienes mandan en estos tiempos de la Troika triunfante apuntan también a hacernos volver a los peores momentos del capitalismo más salvaje y bárbaro del siglo XIX. Exactamente a una época durante la cual las mujeres no tenían prácticamente ningún derecho…

El hecho de que asistamos a la puesta en marcha de un auténtico ataque frontal, de una verdadera guerra de dimensiones históricas contra la inmensa mayoría de la/os ciudadana/os  (asalariada/os, pobres, parada/os, pensionistas, jóvenes, “diferentes”, inmigrantes, minorías…) debería explicar esta transformación de la violencia contra las mujeres en una verdadera arma que poder y pudientes utilizan en masa y cada vez más frecuentemente. Como en los casos de violaciones en masa que sirven a los limpiadores étnicos para hundir la moral del pueblo víctima y someterle definitivamente, la violencia contra las mujeres ejercida por poder y pudientes en tiempos de guerra social tiene en la actualidad exactamente los mismos objetivos: hundir la moral, romper el tejido social para someter no solamente a las mujeres -que son evidentemente el primer objetivo- sino a todas las víctimas, hombres incluidos, de sus políticas inhumanas y neoliberales.

28 de abril de 2013

El acaparamiento de tierras empobrece a las mujeres africanas

Una mujer que perdió parte de sus tierras a manos de una gran empresa muestra a los investigadores de Oxfam algunos de los vegetales que cultiva en el terreno que le quedó para suplir las necesidades de su familia. (Oxfam/Marc Wegerif)

La nueva oleada de inversiones empresariales en tierras parece tener como objetivo la expansión e intensificación de un modelo de cultivo con poca visión de futuro, el cual, hasta la fecha, ha marginado las voces y los intereses de las mujeres. Al igual que ocurre con la pita, el tabaco y el té en el pasado, los actuales inversores privados en cultivos de soja, jatrofa y eucalipto parecen descartar la producción de alimentos a pequeña escala por parte de las mujeres, al considerarla sin importancia e irrelevante. No podrían estar más equivocados.

La producción de alimentos a pequeña escala y las mujeres que participan en ella son el pilar de los medios de vida rurales. Las mujeres agricultoras, como las que han perdido sus tierras según se pudo comprobar con la investigación llevada a cabo para este documento, producen más de la mitad de todos los alimentos cultivados en el mundo. Aproximadamente 1.600 millones de mujeres dependen de la agricultura para sus medios de vida, pero muchas están actualmente en riesgo por el enorme incremento de las inversiones agrícolas a gran escala por parte de empresas, que amenazan el suministro de alimentos de las personas que viven en la pobreza.

Pocos gobiernos parecen estar considerando el tipo de inversiones que pueden suplir las verdaderas necesidades de las mujeres productoras de alimentos y sus comunidades; es decir, la clase de inversiones que podrían crear una economía rural dinámica y asegurar la sostenibilidad ecológica de las prácticas de cultivo para las generaciones futuras. Si los gobiernos quieren transformar verdaderamente las economías rurales de sus países, las inversiones que incentiven y aprueben deberían permitir que los agricultores puedan buscar sus propias soluciones para el desarrollo rural.

Se están arrebatando los recursos a las mujeres
"Ahora no tengo tierra y tengo que hacer pequeños trabajos como lavar ropa para otras personas, como profesores, o trabajar en [otra] granja, para poder conseguir algo de comida. Hoy he trabajado en la granja de la empresa y me dieron harina de maíz suficiente solo para dos ollas de [atole]."
Cuando se intensifica la competencia por la tierra, las mujeres rurales suelen ser sometidas a una presión hacia su exclusión por parte de los parientes o miembros de la comunidad masculinos. En efecto, en cuanto un recurso natural adquiere valor comercial en el mercado de materias primas internacionales, el control de las decisiones sobre dicho recurso pasa rápidamente de las mujeres rurales a los hombres.

Cuando se aplican medidas compensatorias, las mujeres rurales tienen menos probabilidades de ser las destinatarias directas; de todos modos, la compensación económica solo tiene un efecto temporal y no puede reemplazar las muchas formas en que las mujeres valoran y se benefician de la tierra.

No se escucha a las mujeres

La exclusión de las mujeres rurales del acceso a la tierra no sólo ocasiona la pérdida de su control sobre la producción de alimentos, sino que también se pierden el conocimiento, las prácticas y las técnicas que, durante siglos, han salvaguardado la integridad de la tierra, las semillas y el suelo, así como el valor nutricional de los alimentos. Cuando un inversor externo consulta con la comunidad local, es más probable que les digan a las mujeres lo que sucederá en lugar de preguntarles lo que debería pasar. Incluso en algunos movimientos indígenas y asociaciones de agricultores, las mujeres raramente tienen una influencia real. Los sistemas emergentes de financiación del cambio climático y la apreciación del carbono forestal legitimizan y valoran la producción a gran escala, en detrimento de las mujeres y sus sistemas de valores.

Las mujeres luchan por sobrevivir
"Necesitamos desesperadamente alimentos. Actualmente los alimentos vienen de la ciudad y se venden en la aldea, y no al contrario, como ocurría antes. No podríamos permitirnos comprar comida porque los sueldos que nos pagan son muy bajos. No producimos nuestra propia comida como antes, porque las empresas extranjeras nos han quitado nuestra tierra bajo la política de privatización para producir granjas de combustible."
Cuando las mujeres pierden acceso a la tierra donde producen alimentos, se ven obligadas a conseguir dinero para comprar comida, al tiempo que los precios aumentan. Las mujeres que enfrentan estos múltiples retos suelen comer menos, lo que compromete su salud, y sacrifican otras necesidades para alimentar a sus familias. Lo mismo ocurre con el agua, cuando los monocultivos intensivos agotan la capa freática o el vallado de los terrenos aísla a las personas de las fuentes del agua. Las mujeres tienen que comprar entonces un recurso natural que anteriormente no les costaba nada. Las mujeres, tanto jóvenes como mayores, son llevadas a situaciones más comprometedoras, humillantes y arriesgadas, incluyendo actividades ilegales y matrimonios prematuros.

Mientras las necesidades más básicas deben adquirirse en vez de producirse, las actividades y oportunidades para generar dinero son cada vez más escasas. Las mujeres tienen dificultades para conseguir trabajo con contrato o empleo estacional y, cuando lo logran, suele ser para las tareas peor pagadas y de más baja categoría. Además, la poca o inexistente infraestructura bancaria rural significa que las mujeres no pueden ahorrar u obtener crédito a partir de ganancias, por lo que están a merced de los prestamistas en las épocas difíciles.

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Artículo publicado en PERIODISMO HUMANO