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Amy Goodman

Periodista, investigadora, escritora... Ha demostrado que SÍ es posible la independencia de los medios de comunicación y ha dado voz a lxs excluídxs en los mass media. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Vandana Shiva

Doctora en física, filósofa, activista por la justícia global y la soberanía alimentaria... Ha demostrado que SÍ es posible la producción sostenible y plural de alimentos. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Tawakkul Karman

Periodista, política, activista por los Derechos Humanos... Ha demostrado que SÍ se puede luchar desde el pacifismo por la Revolución política, social y de género en Yemen. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Joumana Haddad

Poeta, traductora... Ha demostrado que SÍ se puede trabajar por la secularización de la sociedad, la libertad sexual y los derechos de las mujeres en Líbano. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Leymah Gbowee

Trabajadora social, responsable del movimiento que pacificó su país en 2003... Ha demostrado que SÍ es posible la Paz en Liberia y que las mujeres son sus constructoras. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Ada Colau

Filósofa de formación y miembra visible de la PAH... Ha demostrado que SÍ es posible hacer frente a la ilegitimidad de las leyes movilizando a la sociedad pacíficamente. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

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Activista por los derechos del pueblo maorí... Ha demostrado que SÍ es posible identificarse con la idea universal de la descolonización del Planeta. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Teresa Forcades

Doctora en salud pública, teóloga... Ha demostrado que SÍ es posible un discurso humanista, feminista y combativo por la justícia social dentro de la Iglesia Católica. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Sheelah McLean, Nina Wilson, Sylvia McAdam y Jessica Gordon

Fundadoras del movimiento Idle No More... Han demostrado que SÍ es posible mobilizar a la sociedad en defensa de los derechos de los pueblos autóctonos en Canadá. SIN ELLAS NO SE MUEVE EL MUNDO.

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16 de noviembre de 2016

No es tan así: estereotipos de género

Sol Minoldo, doctora en Ciencias Sociales e investigadora especializada en políticas públicas, nos habla en parqueFm (red de posdcats argentina) sobre los estereotipos de género  y la construcción social de lo femenino y lo masculino, así como de sus repercusiones  en todos los ámbitos de la vida: político, social y económico.





16 de enero de 2014

Queerizar los planteamientos tradicionales de género y sexualidad

Ilustración Señora Milton

Excelente análisis de Beatriz Gimeno sobre género, prácticas sexuales y feminismo, publicado en la revista PÍKARA MAGAZINE

No te lo pierdas...

Hace un par de semanas se publicaron en España dos estudios sobre la violencia de género en adolescentes y jóvenes cuyos resultados venían a demostrar que los adolescentes, ellos y ellas, son cada vez más machistas y no menos. Todo el mundo puso el grito en el cielo y recordó la falta de políticas de igualdad. Pero aquí convendría recordar que hace dos años Amnistía Internacional publicó un informe en el que denunciaba que en los países nórdicos, con décadas de políticas y formación igualitarias,  se sigue produciendo mucha violencia machista; tanta o más que aquí.  La realidad es que en Suecia el machismo es tan peligroso y violento como aquí. Así pues, tenemos que asumir que décadas de un cuasi feminismo de estado no parecen haber cambiado sustancialmente eso que Connell llama “el orden de género”.


El problema es que el orden de género es un mecanismo de una complejidad que parece inabarcable. Como dijo una vez Celia Amorós con una metáfora muy afortunada, el patriarcado es como la cabeza de Medusa, con serpientes en lugar de cabellos; cortas una y crece otra aún más fuerte. Las feministas tenemos a veces la sensación de que mientras estamos combatiendo una serpiente (por ejemplo, la de la desigualdad legal) hay otra que está engordando (la del lenguaje, por ejemplo); mientras nos volvemos a la del lenguaje nos crece la dictadura de la imagen corporal y cuando le damos un golpe a ésta parece engordarse la de la violencia machista; cuando legislamos contra la violencia machista entonces ésta se enmascara tras la violencia simbólica de las representaciones…y así vamos acumulando agotamiento y frustración.


Las expertas en economía feminista hablan de la realidad económica patriarcal como un iceberg del que sobresale la parte del empleo remunerado y del que queda oculta toda la parte del trabajo doméstico y de cuidado. De la misma manera, podemos decir que la construcción de las relaciones entre mujeres y hombres es otro iceberg con una parte visible -las relaciones determinadas por el comportamiento diferencial de género, incluida la sexualidad y los afectos- y otra parte invisible, relacionada con la manera en que se construye esa sexualidad y ese comportamiento: la construcción de la subjetividad, lo simbólico; las complicadas conexiones que atan este universo simbólico inconsciente a la identidad y a las construcciones de género, y éstas a los cuerpos. Cualquier cambio que busquemos provocar en las relaciones entre los sexos, será apoyado por las leyes y los cambios sociales en la parte de arriba del iceberg, pero necesitará también un cambio en la parte sumergida: un cambio en la sexualidad, en esa enorme construcción simbólica que se instala en las emociones, en las fantasías, en los cuerpos, en los deseos y placeres. Sin tener en cuenta esta parte invisible del iceberg, no podemos modificar  en lo sustancial las relaciones de género.


En las encuestas parciales realizadas en institutos, a las que he tenido acceso, se preguntaba a lxs chicxs por el sexo, y sus opiniones son demoledoras. Lo que estas encuestas indican es que, mientras muchas cuestiones relativas al comportamiento superficial de género están cambiando o, al menos, se muestran inestables, en lo relativo a las cuestiones sexuales la igualdad está retrocediendo claramente y se está conformando como un núcleo duro de diferenciación sexual. Tengo la impresión, además, que es en este aspecto, en el terreno del sexo, dónde en este momento se está refugiando una subjetividad patriarcal “dura” que se encuentra acosada en muchos ámbitos; este es el terreno en donde los chicos se sienten “chicos de verdad” y donde crece el uso de la pornografía más machista y de la prostitución. Es posible que sea en el terreno sexual donde los chicos y los hombres de los países occidentales, marcados por las conquistas feministas en lo social busquen ahora extraer eso que Donna Haraway ha llamado “plusvalía de género”. Si la plusvalía de género se extrae ahora del sexo… entonces el feminismo tiene que volver a preguntarse: “¿Qué papel ocupa la sexualidad en la opresión de las mujeres?”. En este sentido comparto la opinión de Ruby Rich cuando afirma que “es imposible dar demasiada importancia a la sexualidad como problema para las mujeres”.


“Está el feminismo y está el follar”, es una frase que leí hace un tiempo en un artículo de la feminista Lynn Segal. En él criticaba que el feminismo mainstream se ha olvidado “del follar”, de con quién, cómo, por qué; de cuestionar los profundos significados simbólicos asociados al follar. Segal se hace la siguiente pregunta: ¿Cómo puede un movimiento que tuvo su fuerza inicial y su inspiración en el radicalismo sexual de los 60, tener hoy tan poco que decir acerca de la sexualidad?  Desgraciadamente así es; la  corriente principal del feminismo no tiene hoy una agenda cuestionadora del heterocentrismo o el coitocentrismo, ni ofrece alternativa alguna a las representaciones sexuales ominipresentes, casi únicas, que se nos ofrecen en la televisión, el cine, la publicidad, en la cultura hegemónica en definitiva. Hemos construido un discurso público de igualdad al mismo tiempo que seguimos atadas a imágenes o prácticas sexuales de desigualdad. Intentamos educar contra el amor romántico y la dependencia, pero no hacemos nada para aprender o desaprender de la construcción generizada del deseo y de las prácticas sexuales.


El feminismo heterocentrado parece haber renunciado a tener una agenda sexual que pueda poner en cuestión ese enorme edificio tanto de la sexualidad material, las prácticas, como de lo simbólico: deseos, fantasías, emociones…, lo inexpresado. Al feminismo mayoritario le cuesta enfrentarse a la madeja de las contradicciones que conviven en el sexo; las mil y una experiencias dolorosas y placenteras, de creación de conocimiento, de fuente de poder y despoder.  Aunque seguimos afirmando enfáticamente que lo privado es político, la  sexualidad sigue siendo tratada como un asunto privado, cuando sabemos –gracias al feminismo, precisamente- que no hay un asunto más público; que la sexualidad nos rodea, nos moldea, nos forma, nos da entidad, nos asusta, nos empodera, está en el centro de nuestra personalidad, es un mercado global, crea conocimiento, injusticias, desigualdades y también placeres y felicidad.


Para el feminismo mainstream sigue siendo difícil tratar el sexo públicamente de manera crítica y por eso le resulta  muy complicado cuestionar el heterosexismo y el coitocentrismo, porque hacerlo podría poner en peligro el lugar privilegiado que ocupa respecto de otros feminismos. Y sin embargo sin cuestionar la división sexual del sexo, es decir, sin analizar críticamente los discursos dominantes sobre la heterosexualidad y las prácticas sexuales en las que claramente se distribuye de manera desigual las posiciones de sujeto y objeto, de hombres y mujeres, va a ser muy complicado conseguir la igualdad sexual.


La heterosexualidad no puede ser libre hasta que seamos capaces de dejar de pensar en términos de opuestos que se atraen, dijo Mariana Valverde; y así es.  La manera en que la sexualidad heterosexual se funde con los estereotipos de la masculinidad y de la feminidad hasta convertirse realmente en la base de la subjetividad masculina y femenina, deberían hacer pensar que sin un trabajo en ese sentido las serpientes seguirán creciendo en la cabeza de la Medusa.  La pregunta es:  ¿Cómo se cambian deseos, prácticas, placeres? Sabemos que el género adquiere su significado a través de la imagen básica de la heterosexualidad: la heterosexualización del deseo requiere e instituye la producción de oposiciones asimétricas entre lo femenino y lo masculino. El resultado es que las identidades de género están necesitadas y son dependientes de la producción de la “sexualidad” como estable, binaria y opuesta.


Y también sabemos que en el centro de todo se encuentra el coito; que el significado de masculinidad y feminidad está atado al simbolismo cultural del acto sexual reproductivo, y que de ahí surgen los significados culturales de masculinidad y feminidad. Muchas teóricas feministas han llamado la atención sobre el relativo despoder que se produce para las mujeres en los encuentros sexuales con los hombres. No se trata de que las mujeres heterosexuales se conviertan en lesbianas, no se trata de negar el placer que pueda proporcionar cualquier práctica libremente escogida y compartida, incluido el coito, pero negar que éste lleva asociado imágenes simbólicas de poder, cuando toda la cultura desde el lenguaje a las construcciones subjetivas personales, desde las guerras a las violaciones, desde los gestos amenazadores a los chistes machistas, demuestran que esta práctica se ha utilizado y se sigue utilizando como arma de dominio, es negar una evidencia. Porque éramos conscientes de esto es por lo que el feminismo de la segunda ola intentó pensar las relaciones sexuales fuera del coito heterosexual, como forma de combatir el heterosexismo.


Hoy, por el contrario, en la sexualidad que aprenden los y las adolescentes, no hay más que penetraciones orales, anales o bucales que los chicos hacen a las chicas.  El sexo para los y las adolescentes se reduce a un falo omnipresente que penetra cualquier orificio femenino y esta escena se representa como lo único que ella desea. El pene es obviamente en todas las representaciones culturales y en las prácticas de la inmensa mayoría de lxs adolescentes un símbolo de potencia y poder, literalmente el agente de control sobre la mujer. Quizá no sea correcto hablar tanto de una sexualidad masculina como más bien de una ortodoxia masculina de la sexualidad  cuyo centro sería el coito.


Enfrentarse a todo esto es complicado porque hay pocas cosas en el mundo, especialmente hoy, que reciban tanto refuerzo por parte de todos los poderes como las normas sexuales hegemónicas;  pocas cosas hay que se pretendan hacer pasar por naturales con tanta fuerza como la heterosexualidad. A los cuerpos se les dan o se les niegan significados mediante instituciones y discursos que dan valor a eso que es visto como “masculino” y “heterosexual” y que degradan “femenino” y “homosexual”. En la cultura occidental, al menos, vivimos en mundos de subjetividad donde las dinámicas de género, atadas a los imperativos de la heterosexualidad (o a nuestra resistencia a ellos) prevén las bases de nuestro sentido del yo, constituyen la certeza de lo que somos.


Y frente a todo esto el feminismo mayoritario ha creado mucha teoría de la construcción del género e incluso del deseo en abstracto, pero se echa en falta una teoría del deseo en relación con el cuerpo, del cuerpo deseante y del cuerpo como objeto de deseo. Y aquí nos encontramos con uno de los problemas fundamentales, y es que lo que hace crecer el deseo raramente tiene que ver con los deseos de una consciencia feminista. Necesitamos una teoría feminista  heterosexual que se enfrente al sexo BDSM, que hable de lo extrañas, peligrosas y perversas que son las fantasías sexuales; de cómo manejarse con deseos “no feministas” sin culpabilizarse por ello pero sin renunciar tampoco al placer.


¿Tiene el deseo algo que ver con el género? ¿Y las prácticas sexuales? ¿Hasta qué punto los deseos nos sitúan en una posición social u otra, hasta qué punto las prácticas sexuales pueden cambiar o marcar una posición social? ¿Cómo les explicamos a los chicos que abandonarse, entregarse, perder el control, pueden ser actitudes sexuales masculinas? ¿Alguien ha visto un chico femme?  ¿Alguien ha visto a una chica hetero que sea butch? ¿Qué hacemos con las chicas que tienen fantasías de sumisión o violación, de sexo en grupo, de penetración femenina? ¿Y con los chicos que creen que esas fantasías de poder asociado al sexo son el paradigma de las relaciones con las chicas?


Hace falta una agenda sexual feminista no vinculada exclusivamente con el movimiento queer o LGTB, que sí la tiene. Es entendible que las teorías de dislocación del sexo y la norma heterosexual provengan mayoritariamente de personas LGTB porque estas personas ya estamos en una posición descentrada que nos permite una mirada diferente, que nos permite experimentar con mayor libertad; por el lugar que ocupamos estamos mejor preparadas para introducirnos en debates acerca de la naturaleza del deseo y las políticas del placer. Pero las feministas heterosexuales tienen que insistir, como en los 60 y 70, en criticar las opresivas oposiciones que atan identidad de género a sexualidad, vía heterosexualidad. Todas las feministas podían, y estratégicamente debían, participar en los intentos de subvertir los significados de “heterosexualidad”, entendiendo que no se trata de abolir dicha práctica sino sus significados de desigualdad.


¿Puede ser queer el feministmo heterosexual? Puede y debe. Ciertamente que no es esperable un levantamiento de los seres humanos contra sus propias identidades de género, pero el feminismo heterosexual debería volver a ser crítico con el binarismo sexual de género porque el deseo heterosexual, cualquiera sea su forma, tiene la capacidad de ser tan queer o amenazante para el orden de género como sus alternativas. La heterosexualidad tiene que tener también una agenda sexual radical, descentrada y perversa para “el orden de género”. Para ello debe retomar la crítica al heterosexismo con fuerza, hablar mucho más acerca de la  diversidad y fluidez del deseo heterosexual y de las experiencias corporales; hablar de deseo, de todos los deseos, de cómo gestionarlos, de cómo aceptarlos, de cómo gozarlos, de cómo enfrentarse a los deseos más perversos, independientemente del género y siempre en el respeto al otro, a la otra.


Se trata de queerizar los planteamientos tradicionales de género y sexualidad, se trata de poner las prácticas sexuales en el centro de algunos de los discursos. Se trata de asumir que hay muchas heterosexualidades y que las experiencias ý posiciones sexuales son más fluidas de lo que cualquier representación puede capturar al hacer normas.  Se trata de cortar una serpiente que aun está casi intocada en la cabeza de la Medusa.

9 de junio de 2013

A penis? Thanks, but no thanks!

Joumana Haddad es poetisa, escritora y traductora. Esta activista feminista por los derechos de las mujeres, la secularización de la sociedad y la defensa de la libertad sexual, es muy controvertida en su país, Líbano, por razones obvias. En el artículo que reproducimos a continuación expone sus puntos de vista sobre la utilización de un lenguaje marcadamente sexista que alude, constantemente, a ciertos atributos masculinos y a  comportamientos definidos como varoniles para calificar determinadas acciones protagonizadas por mujeres y así "elevarlas" a la categoría de masculinas, si con ello se pretende valorarlas positivamente, o para descalificarlas, si lo que se busca es cuestionarlas y/o depreciarlas por no responder al estereotipo que se ha construido de femeninidad

La autora denuncia la aceptación social de la masculinidad como arquetipo y la necesidad de construir la feminidad al margen de un determinado modelo de lo masculino que, en mi opinión, no sabe construirse sin devaluar lo femenino.

La administradora del blog



A penis? Thanks, but no thanks!


Why do people say “grow some balls”? Balls are weak and sensitive. If you wanna be tough, grow a vagina. Those things can take a pounding” – Betty White


“You got some balls, woman!” An expression that I have heard often – too often – in my life, and which has been addressed to me every time I did something defined as “courageous,” or said something considered “bold.”

“You think like a man,” a male colleague once declared to convey to me his admiration.
“You are such a dude,” a lover once told me in a complete state of shock because I wanted him to leave the room right after sex.
Even my girlfriends confirm “You have a guy’s brain and behavior” every time we discuss relationships and the way I envision them.
In most cases, these statements were meant as a compliment. But I never took them that way. I resented them each and every time.
Why? Because they were expected to be flattering. Because telling a woman she behaves like a man (whatever that means) is supposed to be the ultimate praise. Because underlying the apparent esteem and appreciation is the sexist conviction that men are the gutsy ones, the initiative-takers, the challengers, the tough and powerful and audacious and independent, and that if a woman displayed any of the latter characteristics it meant she had gained the “privilege” of being evaluated as a man and described with the vocabulary of manhood. Even women – at least many of them – indulge in these definitions and see themselves as being soft, over sentimental and prone to attachment. In short: weaker.
*
Allow me to be more explicit: I definitely am what you would call a strong woman, but I don’t have any penis envy. And as much as I owe to feminism, one of the things I could never handle or accept about some old-guard feminists (which is the reason I belong to third-wave feminism) is a certain rejection of femininity, considering it a sign of weakness, whereas I feel completely powerful in my identity and its characteristics without the need to adopt “masculine” standards and clichés in order to prove that I am strong (that’s a patriarchal trap as well, and a surrender to plain superficial dualities).
Is there anything more magnificent than a woman insisting on winning her battles while remaining a woman? Personally, I don’t think there is.
In fact, the worst thing that can happen to a woman in the midst of her struggle for her rights, in order to gain respect and to prove her ability to undertake any job and find a place for herself in society – particularly in third-world societies – is for her to forget that she is a woman, to lose the woman inside her.
I say this because some Arab (and non-Arab) women believe that the battle for equality demands giving up their femininity. But I don’t need to behave like a man to be a strong woman (and who decided what behaving “like a man” should mean, anyway?). I don’t need to be against men to be pro-women.
Furthermore, isn’t the de-feminization of women an act of surrender par excellence to men’s blackmail and their shallow view of the female entity as a sum of thighs, tits, asses, lips, and so on and so forth?
*
I recently read about an experimental preschool in Sweden called Egalia that practices “gender neutral” education. For example, its staff avoids using words like him or her, and addresses the kids as “friends” rather than girls and boys. Now, as much as I am against gender stereotypes and societal standards that expect girls to be girlie and nice and boys to be manly and rough, I can only be skeptical about such an education’s ability to engineer real equality between the sexes. The aim of the school is noble, but the means are not convincing. Our gender is an intrinsic part of our identity: Is it not confusing for a young child to blur gender boundaries? Equality should be about everyone being treated fairly and equally, not about forcing everyone to be the same. Equality should be about embracing diversity and respecting each person’s differences, not about ignoring them. I resent being told that the only way I can be “equal” is by denying my gender. Denying someone their gender is inherently sexist, and the words “male” and “female” imply a difference, but not that one is less than the other.
Yet you might ask: What does it mean for a woman to be a woman? It does not mean, of course, the banality of wearing skirts, putting on makeup and growing long hair. It means for her to be, and to want to be, herself, and not anyone else’s self. And especially not the man’s self. Being herself fearlessly, without panic or wariness or taboo or shame or any other internal or social obstacles, whether visible or not. It means that she sustains all this without worrying whether a man will approve of her and her success, or judge her failure. It means that she takes, instead of waiting to be given. For a woman is her own sole expert, and her own guide to herself. She is the only reference on her body and her spirit and her essence. She must refuse to be evaluated – and to evaluate herself – by being compared to men, thus making manhood the absolute reference. In my modest view of the world, both human identities go together, hand in hand, accomplices and equal, challenging, motivating and supporting each other, yet staying amazingly different.
*
I believe in a woman’s right to be for strong, intelligent and independent femininity, yet against aggressive slogans.
I believe in a woman’s right to have non-belligerent relations with men, without these relations being interpreted as submissive.
I believe in a woman’s right to be a man’s equal without being tempted by a discourse of hegemony over him, nor one of similarity with him.
I believe in a woman’s right to enjoy a bouquet of roses even if she drives tractors and changes engine oil.
Also, and especially, I believe in a woman’s right not to blindly follow the crowd and to believe in her choices, in her small battles, in the importance of cultivating her own private garden.
Ladies, it is time for us to celebrate the strength and particularities of our womanhood. A womanhood unafraid of its truth. Unafraid of its power. Unafraid of its greed. Unafraid of its fierceness. Unafraid of its curiosity. Unafraid of its honesty. Unafraid of its madness. Unafraid of its talents. Unafraid of its beauty. Unafraid of its language. Unafraid of its extremes. A womanhood, in short, unafraid of its femininity.
*
As for you, gentlemen, trust me: I do not have penis envy. And I surely don’t want – nor need – a pair of balls. I am perfectly happy – and proud – to have a vagina.
However, I admit that a tiny part of me is looking forward to the day when we would be complimenting men if we say to them: “What a vagina you have there, dude!”
… For the day when such a statement would stop being an insult is the day when we would really start being equal.

Artículo publicado en su blog J.SPOT

11 de marzo de 2013

El tratamiento mediático del asesinato de Reeva Steenkamp

Jina Moore
Jina moore, periodista independiente, especialista en temas relacionados con el continente africano y los derechos humanos -particularmente los que afectan a la seguridad de la mujer- cuestiona el tratamiento que la publicación norteamericana Time Magazine ha dado al asesinato de Reeva Steenkamp a manos de su novio, el atleta sudafricano Oscar Pistorius. 

La periodista pone de manifiesto la clara intencionalidad del escritor Alex Perry, autor del artículopara presentar el caso como un problema relacionado con la violencia imperante en el país sudafricano, debido a sus particularidades sociales, económicas  y políticas,  y no como un caso  de violencia de género. Para ello, omite,  de manera intencionada, datos relacionados con  la persona y la personalidad de la víctima, su posible situación de vulnerabilidad como consecuencia de haber podido vivir situaciones de violencia con anterioridad a su asesinato y los testimonios de familiares y amigos, al tiempo que hace hincapié en el atleta y no en el asesino.

Tal y como Marta Mediano García escribía el 22 de febrero de 2013 en Píkara Magazine “El drama es el fin de su carrera, (de  Pistorius), no que se imponga sobre las víctimas de violencia machista el recuerdo de que nunca fueron lo suficientemente importantes, importantes para vivir y para ser resarcidas”

La administradora del blog

 'South African Violence' Only Explains the Pistorius Case If He's Not Guilty


There's a please-click-thru-six-screens cover story just published by TIME about the shooting, by track athlete Oscar Pistorius, of his girlfriend, Reeva Steenkamp. Pistorius, if you don't know, is a darling. Handsome. Charming ("but with a fiery temper," says The Australian ). And fast, even as a double-amputee -- so fast that in London last year, he became the first Paralympic athlete to compete against able-bodied contenders in an Olympic Games. In a country that "articulates its dreams through sports," Pistorius is, in writer Alex Perry's words, the "latest incarnation of South African hope." 

Perry says that you can't understand the Pistorius shooting -- Pistorius denies murder -- if you don't understand Cape Town. And class. And wealth disparity. And race. And sports. And -- of course -- Apartheid. 

All of these things combine in Perry's story to explain a privileged white man's fear of an imagined assailant which, according to his defense, led him to shoot his privileged white girlfriend. The only thing that doesn't seem to merit inquiry in this American banner publication -- ironically, published within 24 hours of the reauthorization of the Violence Against Women Act -- is domestic violence.

Race, class and politics work differently in different countries. I've no doubt that the intersection of those three with fear is something different than most Americans, who are TIME's intended readership, might understand. I also know, as (even!) Afrikaner friends have put it to me, that these are favorite diversionary topics of Americans: How much easier to talk about other countries' racial violence -- and, now, other countries' domestic violence -- than to talk about our own long history of violence against blacks (or women). To be sure, some of those conversations are necessary and genuine; and just as surely, others are a salve. 

But here's something else a lot of Americans understand: When a man kills his partner, anywhere in the world, there's cause for concern. Not just about race, class and politics, but about domestic violence. And not just in foreign countries we categorize as especially violent: In the U.S., domestic violence accounts for more than 20 percent of all violence committed against women. 

Pistorius' defense is that he shot her accidentally, thinking she was an intruder. The legal truth is playing out in court. But the defense sounds to many of us, myself included, an awful lot like the abuser's version of, "He didn't hit me, I fell down the stairs." 

The South African Police don't consider domestic violence a discrete crime. If you're beaten by your boyfriend in your kitchen, it gets written up as assault, no different than if you were punched by a stranger at a bar. But in a recent study in Gauteng -- South Africa's wealthiest, most densely populated and most cosmopolitan province -- more than 50 percent of women reported experiencing some form of domestic abuse - and more than 75 percent of men admitted to abusing women. That makes it difficult to say what the rates of domestic violence might be in South Africa, but it's impossible to deny, or even to downplay, domestic violence there any longer. 

The Pistorius shooting, and the violent rape and murder of 17-year-old Anene Booysen , have fueled the demand for accountability, including a national commission on gender-based violence. 

And yet there's only one mention of domestic violence in Perry's piece, and it's at the top, where Perry notes that the murdered woman tweeted on the day of her death: "I woke up in a happy safe home this morning. Not everyone did. Speak out against the rape of individuals." 

Perry leads with "the painful irony of a woman killed by gunshots having tweeted about violence against women" but he doesn't seem to consider it more than a good opener. Where are the interviews with people who knew Steenkamp? Where are the statements about whether her friends or family believed she felt afraid of him, or knew if he'd violated her before? Where is the requisite "he didn't/did have any prior charges filed against him for abusing women" sentence? Where is the flat-out copycatting of The Australian's nod to his violent temper? Where are so many things that would be there if the journalist thought for just a moment that this might not be about white Americans' favorite South Africa memes -- who doesn't love to talk soccer in Mandela country -- but that it might be about violence committed by a man against his partner? 

Then there's this: Equating a tweet about her alleged feelings of safety from rape in her own home, clearly produced to advocate against societal silence against that crime, with the idea that she was safe from any abuse in the home, physical or verbal, is pitifully myopic. Rape is one form of assault, often against women. But saying you feel safe from rape doesn't mean you feel safe in the presence of your partner. There are a lot of other things that could come next: "I woke up in a happy safe home this morning. But I am afraid to go outside." Or: "I woke up in a safe happy home this morning. Until I remembered what happened last week." Or: "I woke up in a happy safe home this morning. Until he reached for me." 

Those are not the kind of things you'd tweet if you were a public figure trying to push a pro-voice, anti-rape agenda. But apparently platitudes on a personal digital billboard are enough to conclude everything was hunky dory at the homestead -- or close enough, at least, that one need never return to the question of domestic violence. 

While I'm womansplaining, let's make this clear: The tweet not only doesn't tell us anything about Steenkamp's experience with domestic violence. It also doesn't tell us about her experience with rape. The majority of rapes are committed against women by intimates, and as Nancy Schwartzman explains so wonderfully succinctly in the trailer for her documentary The Line, society doesn't make it easy for women to understand what they've experienced as rape. You were drinking? Your skirt was short? You're just too damn pretty every day? You might've been asking for it. Nothing about a publicly intended anti-rape tweet allows us to assume, as Perry did, that Steenkamp felt safe from rape -- let alone, as Perry did, all forms of violence against women. 

Like any of us, I've no idea what happened in their house when Steenkamp was shot, because I wasn't there. Personally, I haven't been following the day-to-day legal proceedings closely. But any journalist who can spill six screens' worth of ink on the Big Themes of post-truth-and-reconciliation South Africa can fit a quote or two from the victim's friend -- and, what the hell, a domestic violence specialist -- into the story. Our profession's hard up, but it's not that bad. 

Unless you prefer not to tarnish your virulent, handsome sports stars. And why should you, when you can get away with merely weighing them down with the usual South Africa stereotypes?

1 de enero de 2013

La instrumentalización de la participación de las mujeres en las Revoluciones Árabes

Joumana Haddad, periodista, escritora, poetisa y activista en defensa de los derechos de las mujeres, expone en esta entrevista, concedida al colectivo de periodistas CONTRAST, sus puntos de vista sobre el papel de la mujer en las recientes Revoluciones Árabes. Una participación muy activa y relevante que ha ocupado, en muchas ocasiones, un lugar protagonista en los medios de comunicación de todo el mundo, debido a su decidida exposición pública reivindicativa  en unas sociedades con un asfixiante componente patriarcal y sexista. Sin embargo, este protagonismo no se ha correspondido con los logros conseguidos tras la instauración de los nuevos gobiernos. En algunos casos ha significado, incluso, retrocesos en derechos políticos y sociales.  

La mujer, como actriz social en este escenario político, ha sido, ante todo, instrumentalizada por ambos bandos: los más conservadores -y detentores del poder- para prohibir  su participación, y así dividir a los rebeldes, apelando a valores tradicionales, religiosos y sociales, fuertemente enraizados en el imaginario colectivo de tradición cultural musulmana, que impiden a las mujeres exponerse públicamente, con el agravante de hacerlo al lado de varones que no pertenecen a su estricto entorno familiar;  y, por otro lado, por los interesados en derrocar un sistema basado en la tiranía y/o hacerse con el mando, para así sumar fuerzas y, posteriormente, ignorarlas en el reparto y organización del poder.   

La administradora del blog

Entrevista a Joumana Haddad:



30 de diciembre de 2012

El matrimonio entre mujeres: una institución predominantemente africana

En la revista número 10 de Africaneando, Babere Kerata Chacha -miembro del Departamento de Historia de la Universidad de Egerton, Nioro, Kenia-  publica un artículo titulado Traspasando las fronteras de la locura de género y colonial: el matrimonio entre mujeres, la ley consuetudinaria y el cambio en Tanzania, 1890-1990. En él argumenta la importancia y evolución que ha tenido esta práctica en la Tanzania pre y postcolonial, con la que muchas mujeres han podido enfrentar sus condicionantes jurídicos  y biológicos de una manera muy imaginativa y peculiar. 

Con ello, se ha pretendido resolver diversos problemas: la imposibilidad de heredar, determinada por su condición de mujeres,  y, por lo tanto, de poder seguir manteniendo su modo de subsistencia en el caso de enviudar o permanecer soltera, y lo que la autora o autor llama desequilibrios biológicos, ya que estos acuerdos -o contratos- y relaciones se dan entre mujeres estériles, tanto por edad como por incapacidad reproductiva, y también entre aquellas que no han podido dar a luz a un hijo varón, beneficiario de la herencia familiar.  

Como en otras muchas culturas, las mujeres, una vez que se han casado, abandonan su casa para formar parte de la familia del marido, por lo que tener un hijo varón asegura, no sólo la conservación de las propiedades dentro del entorno familiar, sino también el cuidado de la madre en la vejez, ya que es la esposa del hijo la que se traslada a vivir al hogar del marido.

Un artículo muy interesente que puedes leer en el link anterior a partir de la página 65


Escrito por la adminsitradora del blog

29 de diciembre de 2012

YEMEN: UNA REVOLUCIÓ CULTURAL DE GÈNERE DINS DE LA REVOLUCIÓ NACIONAL

Tawakkul Karman,Premi Nobel de la Pau 2011
Ewa Strzelecka, investigadora de la Universitat de Granada i consultora internacional en gènere i desenvolupament, i membre fundador del grup d'investigació AfricaInEs, ha viscut durant 2 anys a la ciutat yemení de Sana'a, on ha treballat com a investigadora especialitzada en moviments de dones. La interessantísima comunicació transcrita en aquest post va ser presentada el 9 de febrer de 2012 al Euro-Mediterranean University Institute (EMUI) de la Universidad Complutense de Madrid. En ella, la investigadora exposa la seva anàlisi sobre la participació de les dones en la revolució de Yemen, els seus èxits i canvis socials i les seves derrotes i decepcions.

Un important document que posa en relleu la greu situació de les dones el país de les quals, en el darrer índex de desigualtat de gènere, (IDH-IDG 2011), que mesura la pèrdua d'èxits en 3 dimensions del desenvolupament humà: salut reproductiva, apoderament i mercat laboral, a causa de la desigualtat entre homes i dones, ocupa la darrera posició. És a dir, de 146 països, ocupa el número 146.

Movimientos de mujeres en Yemen en el contexto de las Primaveras Árabes

Yemen es uno de los países más empobrecidos del mundo. Casi la mitad de la población yemení vive con 2 dólares o menos al día y un tercio sufre de hambre crónica. Yemen ocupa la posición 154 sobre los 187 países evaluados en el último Índice del Desarrollo Humano del PNUD (IDH 2011), con un valor de 0,462*.

Es también uno de los países más desiguales en términos de género y del empoderamiento de las mujeres. En el último Índice de Desigualdad de Género (IDH-IDG 2011), Yemen se clasifica en la última posición, es decir la 146 sobre 146 países evaluados, obteniendo un valor de 0,769**. Además de los altos índices de pobreza y de desigualdad de género, Yemen destaca por sus niveles elevados de corrupción, analfabetismo, desempleo, riesgos terroristas y conflictos armados, y por tener una creciente población mayoritariamente joven, sin oportunidades ni recursos para lograr un nivel de vida digno, creativo y valorable en términos del desarrollo humano. Esta situación ha contribuido a un descontento social, que inspirándose en los alzamientos populares de Túnez, estalló en enero de 2011 en protestas y manifestaciones callejeras para reivindicar reformas político-sociales y poner fin a los 33 años de presidencia de Ali Abdullah Saleh. Dicha sublevación popular se prolongó en tiempo, convirtiéndose en una verdadera revolución.

Es una revolución que todavía está en proceso, ya que hasta ahora se han logrado a implementar solamente algunas demandas de la sociedad civil. Entre los cambios más importantes destaca la dimisión del presidente Ali Abdullah Saleh y la transformación pacífica del poder político según el acuerdo del compromiso entre los partidos de la oposición y el parido del antiguo régimen. No obstante, todavía hay demandas importantes de la revolución que no se han conseguido, con lo cual las protestas continúan en las calles. La gente pide, ente otras cosas, la implementación de la justicia y la prosecución del antiguo régimen por los crímenes cometidos durante la revolución. El acuerdo de transición respaldado por el Consejo de Cooperación del Golfo, que fue firmado por el presidente Alí Abdulah Saleh el día 23 de noviembre de 2011, estipulaba su dimisión y el traspaso pacífico del poder a cambio de la inmunidad para el y para sus colaboradores. De acuerdo con esta estipulación, el 21 de enero de 2012 el parlamento yemení votó a favor de una ley que garantizaba la inmunidad total para Alí Abdulah Saleh y la inmunidad parcial para los casos de sus colaboradores políticos. Fue una ley muy criticada tanto por las organizaciones de los derechos humanos como por las Naciones Unidas, ya que se contradice con la ley internacional que estipula que la amnistía no puede concederse en los casos de crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra o la violación grave de los derechos humanos. Todo esto se ha dado en Yemen. Miles de personas han sido asesinadas, disparadas o torturadas a manos de las fuerzas armadas del antiguo régimen durante la revolución. La tragedia humana y el dolor, así como la insatisfacción por los cambios implementados hasta ahora y la marginalización de algunos grupos políticos (el movimiento del Sur, los Hutís y los jóvenes) del actual diálogo nacional, hace pensar en las etapas siguientes de la revolución, y en una posible radicalización de algunos sectores políticos.

Lo que me interesa destacar en esta presentación son las fases de la revolución que ya se han completado. La revolución como una manifestación espectacular de los cambios sociales. La revolución que supone un cambio radical, una ruptura con el pasado, una transformación en las estructuras y en el modo del funcionamiento de una sociedad, así como los cambios en la vida cotidiana, en la mentalidad y en el posicionamientos de los miembros de esta sociedad. La revolución que refleja también el protagonismo y la movilización masiva de diversos sectores de la sociedad, así como su capacidad de transformarse a sí misma de una manera radical y en un tiempo excepcionalmente corto.

En este contexto, me interesa estudiar hasta qué punto los cambios político-sociales que tuvieron lugar durante la revolución, han afectado también a las transformaciones de los roles y las relaciones de género tradicionales. ¿Qué papel han jugado las mujeres en la revolución yemení y qué significado ha tenido para ellas esta revolución, y para el movimiento de mujeres en Yemen en general?

Voy a argumentar que las mujeres han jugado un papel determinante en la revolución yemení. Y que la revolución ha tenido un impacto importante en su empodermiento, tanto a nivel individual como el colectivo. Durante la revolución se han observado algunos cambios sociales a nivel de la mentalidad de la gente, manifestándose en sus respuestas a las preguntas emergentes que se lanzaba en los debates públicos. Por ejemplo: si la sociedad yemení está preparada y dispuesta a elegir y ser gobernada por una mujer – presidenta. También se han observado cambios en algunas actitudes de la sociedad durante la revolución. Por ejemplo, se han trasgredido algunas tradiciones vinculadas a las normas de género tradicionales, y éstas han sido aceptadas sin ningún reproche. Antes de la revolución, por ejemplo, era impensable ver a una mujer soltera y joven de una conocida "buena familia” en el exterior participando en alguna actividad compartida con los hombres después de la oración del magrib (después de la puesta del sol). Más aún, era completamente inimaginable que las mujeres en Yemen pudiesen acampar en las calles y las plazas públicas para manifestarse y expresar su compromiso político con la revolución. Eso era inimaginable, porque se trataba de pasar la noche en una tienda de campaña situada a una distancia minima de la zona donde se alojaban los hombres, que muchas veces no eran ni siquiera sus familiares.

Desde el principio de la revolución, las mujeres en Yemen no sólo han acampado y han participado de manera activa en todo el proceso de las protestas y las marchas callejeras, sino que también se han convertido en las verdaderas protagonistas y en la cara visible de la revolución yemení. Basándome en los datos de mi investigación, y concretamente en los testimonios de algunas activistas y jóvenes, puedo afirmar que las mujeres han jugado un rol fundamental en la convocación de la revolución yemení. Más aún, la participación de las mujeres se ha visto como un símbolo de la fuerza y del cambio radical que se reivindicaba en la revolución. Desde el principio de las protestas, la revolución ha tenido una cara visible y fue la cara de una mujer - Tawakkul Karman, conocida en Yemen como la madre de la revolución.

El 7 de octubre de 2011, esta periodista y activista por los derechos humanos, fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz, «por su batalla no violenta a favor de la seguridad de las mujeres y de su pleno derecho en la plena participación de la obra de construcción de la paz». Con este nombramiento se destacó no sólo a la primera mujer árabe y la única persona de nacionalidad yemení con un premio Nobel, sino que también se dio simbólicamente el reconocimiento internacional al liderazgo de las mujeres en las primaveras árabes. Tawakul es el ejemplo de la generación joven de mujeres y activistas en Yemen, que rompen con los modelos de género tradicionales y que lideran la plena integración de las mujeres en la vida pública y política del país. Es importante destacar que el liderazgo político de Tawakul Karman y su lucha por los derechos humanos resulta desafiante también hacia la ideología islamista y conservadora de su partido político, el Islah, que siempre se ha mostrado ambivalente en cuanto a la participación femenina en la política, siendo bastante restrictivo respecto a la nominación de las mujeres como candidatas en las elecciones.

Por estas cuestiones político-culturales, las mujeres van a proseguir una doble lucha a lo largo de todo el proceso de la revolución. El cambio que pidan será interpretado como una revolución cultural de género dentro de la revolución nacional yemení. Por un lado, las mujeres han luchado por los objetivos comunes a todos los grupos presentes en la revolución, es decir, por el cambio del régimen. Y por otro lado, se han visto obligadas a salir a las calles para denunciar su discriminación y lanzar algunas demandas vinculadas a su propia agenda de mujeres, una agenda política construida durante la revolución en sus propios espacios de encuentro. Las mujeres, por lo tanto, han participado en las marchas anti-régimen junto con los hombres o en los movimientos paralelos en las calles de las grandes ciudades de Yemen. Pero también han convocado sus propias marchas de protesta, denunciando su discriminación y desigualdad.

Uno de los acontecimientos más conocidos tuvo lugar el 15 de abril de 2011, cuando el Presidente Ali Abudulah Saleh pronunció un discurso en el que sugería que la mezcla de los sexos en la Plaza del Cambio estaba prohibida por el Islam. La breve propaganda mediática, que acompañó a este discurso, sugería que las activistas femeninas que participaban en la revolución, eran las mujeres malas, perdidas, las escandalosas y de una reputación cuestionable. Los hombres que permitían su participación en el movimiento revolucionario, actuaban en contra de las normas del Islam. El polémico discurso, contextualizado políticamente y culturalmente, ha sido interpretado como una estrategia del presidente para dividir a sus oponentes, apelando a su sensibilidad religiosa y de género. El Islam y las mujeres, como en tantas otras ocasiones, han sido utilizadas de nuevo como un arma político del poder. El intento de deslegitimar y desacreditar a las mujeres revolucionarias, demuestra también el temor del régimen por el alcance de su participación, su liderazgo y su importancia en la revolución. Su influencia y su visibilidad se ha convertido en un peligro real para el régimen y el antiguo sistema patriarcal. La respuesta de las mujeres al discurso del presidente ha sido inmediata, multitudinaria y de una importancia sin precedentes (incluso el asunto ocupó las portadas de todos los periódicos nacionales). Las mujeres salieron a las calles no sólo para denunciar el uso político del Islam y su deshonra por el presidente, sino también para reivindicar sus derechos de plena ciudadanía. La protesta de las mujeres ha sido tan abrumadora, que el mismo presidente tuvo que desdecirse, y asegurar públicamente que las mujeres en Yemen tienen pleno derecho a participar en la vida política en igual condiciones que los hombres.

Desde el principio de las revueltas, las mujeres han tomado el liderazgo y han participado activamente en todo el proceso de la revolución, en las movilizaciones, negociaciones, formulación de demandas, captación de fondos y otras modalidades de soporte para las protestas y las sentadas. Aunque es cierto que su presencia en las calles nunca ha alcanzado el numero masivo de los hombres, hay que tener en cuenta y sumar a todo ello sus manifestaciones de lucha y protesta desde sus lugares de enunciación propios. Desde sus espacios femeninos y de menos exposición pública, desde sus casas y lugares de trabajo, desde sus ordenadores y blogs, y desde los espacios de encuentro femeninos, las mujeres han apoyado la revolución de manera constante y significativa en su rol de lideresas, trabajadoras profesionales y como activistas políticas. Además, su participación desde su rol reproductivo, como madres, esposas, hermanas o amas de casa, ha sido fundamental. Las mujeres diariamente han suministrado el combustible de la revolución, es decir la comida y la bebida para las personas que vivían en las “ciudades de las tiendas de campaña” o los que marchaban en las calles. Además, con la cada vez más inadecuada provisión del Estado en materia de servicios básicos como agua, electricidad o combustible, las mujeres han sido no solamente las que más han sufrido, sino quienes han asumido la responsabilidad de distribución de los escasos recursos para asegurar la supervivencia de los hogares. Han sido las mujeres quienes, como extensión de su rol doméstico, han asumido la responsabilidad para la formación y la organización de los grupos de protesta a nivel local en contra de esta situación de pobreza y privación de los recursos básicos, y han luchado para organizar a sus vecindarios. También fueron las mujeres las que se han manifestado a favor de una revolución pacifica, y han pedido en tantas ocasiones que no se utilizase las armas. Las mujeres siguen denunciado la violencia y la injusticia de la ley de inmunidad para el régimen, porque también son ellas las que más sufren a causa del asesinato y la incapacitación por el régimen de sus esposos, padres y hermanos, los que en la mayoría de los casos eran los únicos sostenedores económicos de la familia.

Las mujeres también han sido víctimas mortales de la violencia y los conflictos armados durante la revolución. A pesar de que apuntar con armas hacia las mujeres en Yemen está en contra de los códigos tribales y las costumbres locales. El 16 de octubre de 2011, unos días después de que se conoció la noticia sobre Tawakul Karman como ganadora del Premio Nobel de la Paz, la primera mujer fue asesinada a propósito con un disparo en la cabeza a manos de un francotirador durante una marcha de protesta en Taíz. La victima, Aziza Othman Kaleb se ha convertido en la primera mujer –mártir de la revolución. A partir de entonces, hay más mujeres que mueren ya no como victimas casuales de la población civil, sino que son asesinadas con premeditación y de un modo selectivo, por ser consideradas un verdadero peligro para el régimen y el sistema de dominación masculina. No es algo nuevo, ya que el patriarcado siempre ha utilizado la violencia como arma contra las mujeres. La importancia de las mujeres- victimas morales de la revolución ha sido de tal consideración dentro de la cultura yemení, que el 18 de Noviembre 2011, los grupos opositores al régimen convocaron y nombraron este viernes, el día del rezo musulmán, como el Viernes de las Mujeres Mártires de la Revolución ("Friday of Female Martyrs of the Revolution”) para honrar a las mujeres revolucionarias.

Concluyendo, la participación de las mujeres en la revolución yemení, dentro del contexto de las Primaveras Árabes, forma parte de la trayectoria histórica de los movimientos de mujeres contemporáneos en Yemen. Con una agenda de acción propia, sus expectativas emancipatorias se han incrustado siempre en las dinámicas sociales e históricas específicas. Dentro de estos procesos las mujeres han sido capaces de formular sus propias estrategias de resistencia y cambio, incluyendo las reivindicaciones de sus derechos específicos y renegociando los nuevos roles sociales y libertades particulares. Las narrativas históricas de sus itinerarios emancipatorios reflejan los discursos y los códigos de género que han condicionado sus vidas y sus opciones, así como han determinado sus respuestas colectivas para negociar los cambios y alcanzar mayores cuotas de derechos y de autonomía. Las mujeres en Yemen siempre han luchado por sus derechos y por el reconocimiento de su estatuto desde sus lugares de enunciación, desde sus vivencias de género y aprendizajes cotidianos, y desde sus espacios de poder, formulando las estrategias que plantean formas de relacionar lo «tradicional» y lo «moderno», desafiando la consideración antitética de ambos términos.

La experiencia de las mujeres como lideresas en la revolución ha sido totalmente transformadora para el colectivo femenino. El Premio Nobel de la Paz de Tawakul Karman, sin duda, ha permitido reafirmarlas en este rol, reconociendo su importancia en los procesos de cambio y en la formación de un Estado democrático. Alguien que ha pasado por una experiencia de empoderamiento de este tipo no quiere volver atrás. Las mujeres piden el cambio, y eso es algo que ha reforzado al movimiento de mujeres en Yemen.

Hasta ahora el movimiento de mujeres se ha visto bastante fragmentado, lleno de conflictos, pero también se ha observado su capacidad de unión, a pesar de las diferencias, para incidir en un cambio político y estructural en términos de las transformaciones de género. La participación de las mujeres en la revolución yemení ha sido el ejemplo de que hay grupos femeninos y feministas dispuestas a unirse en torno a los mismos objetivos, manteniendo la diversidad del movimiento, que está formado por mujeres activistas, independientes y de partidos políticos, de edades y procedencias sociales diferentes, con niveles económicos y de educación distintos, de ocupaciones variadas, etc. La representación renovada de las mujeres abre asimismo un nuevo capítulo en la historia de los movimientos de mujeres en Yemen.

Aunque el movimiento de las mujeres ha salido fortalecido de la revolución, y que ha obligado a las mujeres a establecer un diálogo interno para reevaluar y repensar sus recursos y sus estrategias de resistencia y de lucha, y diseñar su propia agenda política para el periodo de la transición y en la era post-Saleh. A pesar de todo esto, los cambios reales no son fáciles de implementar.

El acuerdo de transición del poder, firmado por el presidente Alí Abdulah Saleh el día 23 de noviembre de 2011, ha recogido la obligación de asegurar una representación femenina en el nuevo gobierno y en todas las instituciones mencionadas en el documento. En las versiones anteriores del borrador se sugería un mínimo del 20% de cuota para las mujeres en el nuevo gobierno. No obstante, en la versión oficial esta garantía se redujo a unas palabras ambivalentes que sugieren sólo una “representación apropiada” de las mujeres en el gobierno. Las analistas sospechan que fue el Islah el que empujó para que la especificación del 20% de la representación femenina desapareciera del documento final. La expresión de la “representación apropiada” permite muchas divagaciones. Pues ¿quién va a decidir lo qué es lo apropiado para las mujeres: ¿los hombres del Islah o las activistas feministas de Yemen? Sus visiones sobre la participación política de las mujeres representan dos extremos ideológicos.

Como en tantas otras ocasiones a lo largo de la experiencia histórica, las mujeres han sido bienvenidas en la revolución de una manera excepcional, y su liderazgo ha sido recibido sin ninguna objeción mayor por parte de sus compañeros masculinos. Se necesitaban a las mujeres para la causa de la revolución. No obstante, una vez lograda la victoria, cuando pasamos a las etapas post-revolucionarias, donde la política implica el reparto del poder, todo cambia. Los puestos de poder son limitados y eso implica una lucha por el reparto del poder y el control sobre los recursos.

A pesar de que las mujeres de ambos lados, de la revolución y las que han apoyado al antiguo régimen, han participado activamente en los debates sobre el pasado, el presente y el futuro de Yemen, y han tomado parte activa en las acciones políticas. Han sido tratadas como expertas y lideresas durante la revolución. Han sido bienvenidas para expresar sus opiniones y sus programas del cambio político-social públicamente, en frente de las cámaras o en frente de la muchedumbre masculina. Cuando tocó el reparto del poder, su representación no ha aumentado de manera significativa. Al formar el gobierno de unidad nacional mediante el decreto nº 184, de 7 de diciembre de 2011, tan sólo tres mujeres han sido incluidas en el nuevo gabinete, de un total de 35 miembros; a saber: Houria Ahmed Mashhour - Ministra de Derechos Humanos, Amat al-Razzaq Hummad - Ministra de Asuntos Sociales y Trabajo, y Jawhara Hamoud Thabet - Ministra de Estado para Asuntos del Gabinete.

Las mujeres han sido decepcionadas, porque está claro que la situación de exclusión y de discriminación de las mujeres no va a cambiar sin la representación adecuada de las mujeres, comprometidas con el tema de género, en las estructuras de poder. No obstante, el movimiento de mujeres no ha sido pasivo. Las mujeres se están movilizando para presionar y demandar una representación del 30% en el poder y en todas las comisiones de trabajo durante los dos años del periodo de la transición política, estipulado en el acuerdo del 23 de noviembre. El 28 de enero de 2012, casi 100 mujeres, representantes de diversos sectores políticos y de la sociedad civil, se han convocado en Sana´a para preparar una estrategia política y definir las prioridades de consenso de los grupos femeninos, para poder avanzar en su lucha feminista por la implementación de los derechos de las mujeres en Yemen. El 8 de marzo 2012 se ha convocado la , con el fin de poder avanzar en este campo. El movimiento de mujeres en Yemen después de la revolución se ve como un movimiento más consolidado y consciente de su protagonismo, lo cual es necesario para liderar el cambio social, y se tiene presente su reto para influir e incidir en el desarrollo humano sostenible, en la equidad de género y en la democracia participativa y paritaria en Yemen.

* El Índice del Desarrollo Humano del PNUD mide tres dimensiones del desarrollo: salud educación y estándar de vida; a través de la combinación de cuatro indicadores: esperanza de vida, años de escolarización previstos y promedios, así como ingresos nacionales brutos per cápita.

** El Índice de Desigualdad de Género del PNUD mide la pérdida de logros en tres dimensiones del desarrollo humano: salud reproductiva, empoderamiento y mercado laboral, debido a la desigualdad entre hombres y mujeres.

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