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Amy Goodman

Periodista, investigadora, escritora... Ha demostrado que SÍ es posible la independencia de los medios de comunicación y ha dado voz a lxs excluídxs en los mass media. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Vandana Shiva

Doctora en física, filósofa, activista por la justícia global y la soberanía alimentaria... Ha demostrado que SÍ es posible la producción sostenible y plural de alimentos. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Tawakkul Karman

Periodista, política, activista por los Derechos Humanos... Ha demostrado que SÍ se puede luchar desde el pacifismo por la Revolución política, social y de género en Yemen. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Joumana Haddad

Poeta, traductora... Ha demostrado que SÍ se puede trabajar por la secularización de la sociedad, la libertad sexual y los derechos de las mujeres en Líbano. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Leymah Gbowee

Trabajadora social, responsable del movimiento que pacificó su país en 2003... Ha demostrado que SÍ es posible la Paz en Liberia y que las mujeres son sus constructoras. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Ada Colau

Filósofa de formación y miembra visible de la PAH... Ha demostrado que SÍ es posible hacer frente a la ilegitimidad de las leyes movilizando a la sociedad pacíficamente. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Marama Davidson

Activista por los derechos del pueblo maorí... Ha demostrado que SÍ es posible identificarse con la idea universal de la descolonización del Planeta. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Teresa Forcades

Doctora en salud pública, teóloga... Ha demostrado que SÍ es posible un discurso humanista, feminista y combativo por la justícia social dentro de la Iglesia Católica. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Sheelah McLean, Nina Wilson, Sylvia McAdam y Jessica Gordon

Fundadoras del movimiento Idle No More... Han demostrado que SÍ es posible mobilizar a la sociedad en defensa de los derechos de los pueblos autóctonos en Canadá. SIN ELLAS NO SE MUEVE EL MUNDO.

26 de enero de 2014

Las mujeres, sin tierra, alimentan al mundo

Mª Ángeles Fernández
Excelente artículo de la periodista Mª Ángeles Fernández publicado en PÍKARA MAGAZINE

La soberanía alimentaria, el derecho de los pueblos a decidir el propio sistema de alimentación y producción, emerge desde el cuidado ancestral de las mujeres por las semillas. Sin acceso al crédito o a la titularidad de los terrenos, alimentan al 70 por ciento de la población del Sur, mientras las transnacionales luchan por controlar el negocio.


‘Tembi’u rape’ es el programa de la televisión guaraní que muestra los ‘caminos de la cocina’ paraguaya. Conduce a la audiencia hacia unas formas de alimentación tradicionales cada vez más olvidadas. Enclavado en el corazón de América del Sur, entre potencias como Argentina y Brasil que han controlado su economía y por ende su producción y su alimentación, a través de la soja y la ganadería, Paraguay es un claro ejemplo de cómo el modelo productivo puede transformar el paradigma económico, ideológico y social de un Estado.

“Las estadísticas muestran que apenas el 2 por ciento de la tierra está en manos de campesinos, campesinas y comunidades indígenas. El resto está controlado por empresas del agronegocio o por grandes terratenientes que se dedican a la producción ganadera y de soja, o a algún tipo de grano que se rige bajo el mismo modelo: producción a gran escala, con semilla transgénica, con introducción de tecnología mecánica y uso intensivo de agrotóxicos. Todo ello trae aparejado la deforestación masiva de grandes extensiones de terreno, deterioro del medio ambiente, del suelo, desplazamiento forzoso de las comunidades. Y las que llevan la peor parte son las mujeres”, resume, como si fuera sencillo, la presentadora de ‘Tembiù Rape’ e integrante de la Coordinadora Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (Conamuri), Perla Álvarez.

‘Teko karu sâ’ÿ’. Así se dice en guaraní, lengua oficial de Paraguay hablada mayoritariamente en las zonas rurales, ‘soberanía alimentaria’, un concepto transversal en ‘Tembi’u rape’, que reivindica el papel de las campesinas y campesinos locales en la alimentación. “El tema está politizado y las decisiones se toman en el ámbito del Estado, a pesar de que que es una cuestión cotidiana para las mujeres, que siempre han sido las encargadas de la alimentación”, añade Álvarez.

La noción de soberanía alimentaria fue introducida por La Vía Campesina, un movimiento social que enhebra las luchas sociales del campesinado de gran cantidad de países. “Nos une el rechazo a las condiciones económicas y políticas que destruyen nuestras formas de sustento, nuestras comunidades, nuestras culturas y nuestro ambiente natural. Estamos llamados a crear una economía rural basada en el respeto a nosotros mismos y a la tierra, sobre la base de la soberanía alimentaria, y de un comercio justo”, expusieron en 1996 en México, durante su segunda conferencia internacional, cuando se habló por primera vez de este concepto.

La soberanía alimentaria, explican, es el “derecho de los pueblos a los alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sostenible y ecológica”. Es el derecho a decidir el propio sistema de alimentación y producción. Es colocar a quienes producen, distribuyen y consumen alimentos en el centro de los sistemas y de las políticas alimentarias, “por encima de las exigencias de los mercados y de las empresas”. Y las mujeres son los ejes esenciales cuando se habla de alimentación y de producción de alimentos. “Históricamente han sido quienes han protegido las semillas nativas, el principio de la vida,”, explica de manera didáctica y pausada Wendy Cruz, de La Vía Campesina de Honduras.

El argumento lo comparte Naciones Unidas, en boca de la directora ejecutiva de ONU Mujeres, Phumzile Mlambo-Ngcuta: “Las mujeres, incluidas las indígenas, frecuentemente han custodiado la gestión y el uso sustentable de los recursos naturales y la preservación y conservación de los cultivos tradicionales y la biodiversidad para las generaciones actuales y futuras”.
 
Los datos de la desigualdad

Incluso los organismos multilaterales que apuestan por la seguridad alimentaria frente a la soberanía reconocen el papel de las mujeres en la alimentación, así como su discriminación y su desigualdad de oportunidades en el mundo agrario. “Si las mujeres de las zonas rurales tuvieran el mismo acceso a la tierra, a la tecnología, a los servicios financieros, a la educación y a los mercados que los hombres, la producción agrícola podría aumentar y el número de personas que padecen hambre se podría reducir entre 100 y 150 millones”, recoge el informe de la FAO ‘El estado mundial de la agricultura y la alimentación’, en su edición 2010-11. Según la misma fuente, las mujeres de todo el mundo tienen menos acceso a la tierra que los hombres: los datos de los países calificados en desarrollo indican que entre el 3 y el 20 por ciento de las personas propietarias de tierras son mujeres, mientras que en algunas zonas el porcentaje no llegan ni al uno por ciento. “La tierra y el territorio son un derecho humano del que pueden nacer las fuentes de desarrollo del pueblo. Quien no tiene tierra no tiene patria. Es el principal recurso de producción en el mundo”, apunta Wendy Cruz.

No poseen la propiedad de la tierra, pero sí son las mujeres quienes la trabajan mayoritariamente. En el Sur, la FAO reconoce que el 70 por ciento de la producción alimenticia es aportada por las mujeres. Un dato que se convierte en escalofriante si se tiene en cuenta que son más del 60 por ciento de ellas las que sufren hambre en el mundo. Sin olvidar que en algunos países la tradición dicta que coman las últimas o que durante una crisis son generalmente las primeras en sacrificar su consumo de alimentos con el fin de proteger la alimentación de sus familias.

Las mujeres tampoco tienen acceso al crédito agrícola, donde el porcentaje que las arropa no llega al 10 por ciento. Ellas cultivan y producen, mientras que las transacciones económicas están en manos masculinas. También la toma de decisiones.

La situación por países presenta matices, pero siempre con tonos de desigualdad y discriminación. “En Honduras hay dos millones de mujeres campesinas: 1,3 viven en pobreza y un 86 por ciento no tiene acceso a tierra. Están violentando el derecho de las mujeres a tener una vida digna, a seguir aportando al desarrollo y a garantizar la alimentación del pueblo”, subraya Wendy Cruz. “Cuidamos gallinas, plantas, personas… todo ese trabajo está invisibilizado y no remunerado”, añade.

‘Jaguerujey ñane retã rembi’u reko’ o lo que es lo mismo: “Recupera la cultura alimentaria de nuestro país”. La activista Perla Álvarez retrata a Paraguay, un país en el que el agronegocio y los transgénicos son el motor de la economía y donde sólo el 1,6 por ciento de los propietarios se reparten el 80 por ciento de la tierra agrícola y ganadera, según datos de Intermón Oxfam. “Las mujeres indígenas son las que llevan adelante la resistencia para mantener el territorio porque muchos de los líderes son comprados por los ganaderos o por los sojeros. Ellos alquilan la tierra pero las que llevan la peor parte son las mujeres, quienes saben qué valor y qué importancia tienen los territorios para la alimentación, pero también para la cultura, para la comunidad y para mantenerse como pueblo”. En un contexto en que la producción de alimentos está cada vez en menos manos, es objeto de especulación económica y no entiende de mandiles ni de aliños, la voz de las mujeres es imprescindible porque la soberanía alimentaria “es anticapitalista y antipatriarcal”, sostiene Leticia Urretabizkaia, coautora del libro Las mujeres baserritarras: análisis y perspectivas de futuro desde la Soberanía Alimentaria, junto con Isabel de Gonzalo. “El asunto de la alimentación muchas veces ha pretendido ser un tema de decisiones masculinas, tanto en las familias como en las organizaciones, porque quienes van a negociar con el Gobierno suelen ser los hombres”, añade por su parte Perla Álvarez.

Desde hace años, la tierra, y sus productos, son objeto de deseo de las grandes transnacionales y de los mercados financieros. “El capitalista neoliberal, siguiendo su lógica de acumulación, explotación y depredación, ha colocado la producción de alimentos en manos del mercado internacional, alejándola cada vez más de las necesidades e intereses de las personas y de prácticas sustentables de producción”, explica la técnica de Cooperación del eje de Género y Feminismo de Mundubat, Isabel de Gonzalo.

Los grupos de consumo como reto

‘Recuperamos tembi´u apoukapy kuera’. ‘Recuperamos recetas’. Perla Álvarez trata de mostrar las maneras tradicionales de la alimentación, explicar la importancia del consumo como un elemento emancipador. Somos lo que comemos. También cómo lo comemos. Lo hace en Paraguay, dónde el 25,5 por ciento de la población está malnutrida, mientras que los sectores de la agricultura y ganadería suponen el 28 por ciento del PIB.

El consumo también es un acto político íntimamente ligado a la soberanía alimentaria. En una sociedad en la que la identidad está cada vez más unida a los conceptos de ‘compra’ y de ‘gasto’ la transformación social no debe obviar esta parcela de la vida. Avanzar hacia la soberanía alimentaria es también hacerlo hacia los circuitos cortos de alimentación o grupos de consumo, “otra forma de llevar a la práctica la máxima de la economía feminista de poner la vida en el centro”, en palabras de la activista del grupo de decrecimiento Desazkundea Kristina Sáez.

El camino de los circuitos cortos de comercialización aún es largo. “Actualmente nos encontramos en la fase en que los grupos de consumo se están dando cuenta y empezando a reconocer la ausencia de la perspectiva de género”, apunta Urretabizkaia, quien trabaja en el diagnóstico para una cooperativa de producción y consumo de productos lácteos. Son muchos los colectivos que trabajan al respecto.

Nekasare es un grupo de consumo que nació en 2005 del sindicato ENHE-Bizkaia. Por aquel entonces la crisis económica era una pesadilla impensable y el porcentaje de mujeres rondaba el 70 por ciento de las personas productoras adscritas. La situación cambió totalmente con el aumento del desempleo: “Cuando la pareja se queda sin trabajo en la industria y la agricultura es la principal actividad económica se produce un absoluto desplazamiento de las mujeres”, explica Isa Álvarez, técnica de ENHE-Bizkaia y coordinadora de la red Nekasare. Hubo un cambio de roles y gran parte de las mujeres cedieron su espacio en lo público a sus parejas. Hoy, de 80 personas productoras, sólo 35 son mujeres.

Cuando la agricultura se convierte en el principal sustento económico ante la falta de otros ingresos, las mujeres son desplazadas, al menos del ámbito público. En el Norte y el Sur la invisibilización del trabajo de las mujeres en el campo es notoria, aunque sobre ellas recaiga la responsabilidad de alimentar al mundo, sin tierras, sin maquinaria y sin crédito. “Si hablamos de alimentación hablamos de la vida”, finaliza Perla Álvarez. Y de las mujeres. ‘Ha mba’e hembireko kuera’.

16 de enero de 2014

Queerizar los planteamientos tradicionales de género y sexualidad

Ilustración Señora Milton

Excelente análisis de Beatriz Gimeno sobre género, prácticas sexuales y feminismo, publicado en la revista PÍKARA MAGAZINE

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Hace un par de semanas se publicaron en España dos estudios sobre la violencia de género en adolescentes y jóvenes cuyos resultados venían a demostrar que los adolescentes, ellos y ellas, son cada vez más machistas y no menos. Todo el mundo puso el grito en el cielo y recordó la falta de políticas de igualdad. Pero aquí convendría recordar que hace dos años Amnistía Internacional publicó un informe en el que denunciaba que en los países nórdicos, con décadas de políticas y formación igualitarias,  se sigue produciendo mucha violencia machista; tanta o más que aquí.  La realidad es que en Suecia el machismo es tan peligroso y violento como aquí. Así pues, tenemos que asumir que décadas de un cuasi feminismo de estado no parecen haber cambiado sustancialmente eso que Connell llama “el orden de género”.


El problema es que el orden de género es un mecanismo de una complejidad que parece inabarcable. Como dijo una vez Celia Amorós con una metáfora muy afortunada, el patriarcado es como la cabeza de Medusa, con serpientes en lugar de cabellos; cortas una y crece otra aún más fuerte. Las feministas tenemos a veces la sensación de que mientras estamos combatiendo una serpiente (por ejemplo, la de la desigualdad legal) hay otra que está engordando (la del lenguaje, por ejemplo); mientras nos volvemos a la del lenguaje nos crece la dictadura de la imagen corporal y cuando le damos un golpe a ésta parece engordarse la de la violencia machista; cuando legislamos contra la violencia machista entonces ésta se enmascara tras la violencia simbólica de las representaciones…y así vamos acumulando agotamiento y frustración.


Las expertas en economía feminista hablan de la realidad económica patriarcal como un iceberg del que sobresale la parte del empleo remunerado y del que queda oculta toda la parte del trabajo doméstico y de cuidado. De la misma manera, podemos decir que la construcción de las relaciones entre mujeres y hombres es otro iceberg con una parte visible -las relaciones determinadas por el comportamiento diferencial de género, incluida la sexualidad y los afectos- y otra parte invisible, relacionada con la manera en que se construye esa sexualidad y ese comportamiento: la construcción de la subjetividad, lo simbólico; las complicadas conexiones que atan este universo simbólico inconsciente a la identidad y a las construcciones de género, y éstas a los cuerpos. Cualquier cambio que busquemos provocar en las relaciones entre los sexos, será apoyado por las leyes y los cambios sociales en la parte de arriba del iceberg, pero necesitará también un cambio en la parte sumergida: un cambio en la sexualidad, en esa enorme construcción simbólica que se instala en las emociones, en las fantasías, en los cuerpos, en los deseos y placeres. Sin tener en cuenta esta parte invisible del iceberg, no podemos modificar  en lo sustancial las relaciones de género.


En las encuestas parciales realizadas en institutos, a las que he tenido acceso, se preguntaba a lxs chicxs por el sexo, y sus opiniones son demoledoras. Lo que estas encuestas indican es que, mientras muchas cuestiones relativas al comportamiento superficial de género están cambiando o, al menos, se muestran inestables, en lo relativo a las cuestiones sexuales la igualdad está retrocediendo claramente y se está conformando como un núcleo duro de diferenciación sexual. Tengo la impresión, además, que es en este aspecto, en el terreno del sexo, dónde en este momento se está refugiando una subjetividad patriarcal “dura” que se encuentra acosada en muchos ámbitos; este es el terreno en donde los chicos se sienten “chicos de verdad” y donde crece el uso de la pornografía más machista y de la prostitución. Es posible que sea en el terreno sexual donde los chicos y los hombres de los países occidentales, marcados por las conquistas feministas en lo social busquen ahora extraer eso que Donna Haraway ha llamado “plusvalía de género”. Si la plusvalía de género se extrae ahora del sexo… entonces el feminismo tiene que volver a preguntarse: “¿Qué papel ocupa la sexualidad en la opresión de las mujeres?”. En este sentido comparto la opinión de Ruby Rich cuando afirma que “es imposible dar demasiada importancia a la sexualidad como problema para las mujeres”.


“Está el feminismo y está el follar”, es una frase que leí hace un tiempo en un artículo de la feminista Lynn Segal. En él criticaba que el feminismo mainstream se ha olvidado “del follar”, de con quién, cómo, por qué; de cuestionar los profundos significados simbólicos asociados al follar. Segal se hace la siguiente pregunta: ¿Cómo puede un movimiento que tuvo su fuerza inicial y su inspiración en el radicalismo sexual de los 60, tener hoy tan poco que decir acerca de la sexualidad?  Desgraciadamente así es; la  corriente principal del feminismo no tiene hoy una agenda cuestionadora del heterocentrismo o el coitocentrismo, ni ofrece alternativa alguna a las representaciones sexuales ominipresentes, casi únicas, que se nos ofrecen en la televisión, el cine, la publicidad, en la cultura hegemónica en definitiva. Hemos construido un discurso público de igualdad al mismo tiempo que seguimos atadas a imágenes o prácticas sexuales de desigualdad. Intentamos educar contra el amor romántico y la dependencia, pero no hacemos nada para aprender o desaprender de la construcción generizada del deseo y de las prácticas sexuales.


El feminismo heterocentrado parece haber renunciado a tener una agenda sexual que pueda poner en cuestión ese enorme edificio tanto de la sexualidad material, las prácticas, como de lo simbólico: deseos, fantasías, emociones…, lo inexpresado. Al feminismo mayoritario le cuesta enfrentarse a la madeja de las contradicciones que conviven en el sexo; las mil y una experiencias dolorosas y placenteras, de creación de conocimiento, de fuente de poder y despoder.  Aunque seguimos afirmando enfáticamente que lo privado es político, la  sexualidad sigue siendo tratada como un asunto privado, cuando sabemos –gracias al feminismo, precisamente- que no hay un asunto más público; que la sexualidad nos rodea, nos moldea, nos forma, nos da entidad, nos asusta, nos empodera, está en el centro de nuestra personalidad, es un mercado global, crea conocimiento, injusticias, desigualdades y también placeres y felicidad.


Para el feminismo mainstream sigue siendo difícil tratar el sexo públicamente de manera crítica y por eso le resulta  muy complicado cuestionar el heterosexismo y el coitocentrismo, porque hacerlo podría poner en peligro el lugar privilegiado que ocupa respecto de otros feminismos. Y sin embargo sin cuestionar la división sexual del sexo, es decir, sin analizar críticamente los discursos dominantes sobre la heterosexualidad y las prácticas sexuales en las que claramente se distribuye de manera desigual las posiciones de sujeto y objeto, de hombres y mujeres, va a ser muy complicado conseguir la igualdad sexual.


La heterosexualidad no puede ser libre hasta que seamos capaces de dejar de pensar en términos de opuestos que se atraen, dijo Mariana Valverde; y así es.  La manera en que la sexualidad heterosexual se funde con los estereotipos de la masculinidad y de la feminidad hasta convertirse realmente en la base de la subjetividad masculina y femenina, deberían hacer pensar que sin un trabajo en ese sentido las serpientes seguirán creciendo en la cabeza de la Medusa.  La pregunta es:  ¿Cómo se cambian deseos, prácticas, placeres? Sabemos que el género adquiere su significado a través de la imagen básica de la heterosexualidad: la heterosexualización del deseo requiere e instituye la producción de oposiciones asimétricas entre lo femenino y lo masculino. El resultado es que las identidades de género están necesitadas y son dependientes de la producción de la “sexualidad” como estable, binaria y opuesta.


Y también sabemos que en el centro de todo se encuentra el coito; que el significado de masculinidad y feminidad está atado al simbolismo cultural del acto sexual reproductivo, y que de ahí surgen los significados culturales de masculinidad y feminidad. Muchas teóricas feministas han llamado la atención sobre el relativo despoder que se produce para las mujeres en los encuentros sexuales con los hombres. No se trata de que las mujeres heterosexuales se conviertan en lesbianas, no se trata de negar el placer que pueda proporcionar cualquier práctica libremente escogida y compartida, incluido el coito, pero negar que éste lleva asociado imágenes simbólicas de poder, cuando toda la cultura desde el lenguaje a las construcciones subjetivas personales, desde las guerras a las violaciones, desde los gestos amenazadores a los chistes machistas, demuestran que esta práctica se ha utilizado y se sigue utilizando como arma de dominio, es negar una evidencia. Porque éramos conscientes de esto es por lo que el feminismo de la segunda ola intentó pensar las relaciones sexuales fuera del coito heterosexual, como forma de combatir el heterosexismo.


Hoy, por el contrario, en la sexualidad que aprenden los y las adolescentes, no hay más que penetraciones orales, anales o bucales que los chicos hacen a las chicas.  El sexo para los y las adolescentes se reduce a un falo omnipresente que penetra cualquier orificio femenino y esta escena se representa como lo único que ella desea. El pene es obviamente en todas las representaciones culturales y en las prácticas de la inmensa mayoría de lxs adolescentes un símbolo de potencia y poder, literalmente el agente de control sobre la mujer. Quizá no sea correcto hablar tanto de una sexualidad masculina como más bien de una ortodoxia masculina de la sexualidad  cuyo centro sería el coito.


Enfrentarse a todo esto es complicado porque hay pocas cosas en el mundo, especialmente hoy, que reciban tanto refuerzo por parte de todos los poderes como las normas sexuales hegemónicas;  pocas cosas hay que se pretendan hacer pasar por naturales con tanta fuerza como la heterosexualidad. A los cuerpos se les dan o se les niegan significados mediante instituciones y discursos que dan valor a eso que es visto como “masculino” y “heterosexual” y que degradan “femenino” y “homosexual”. En la cultura occidental, al menos, vivimos en mundos de subjetividad donde las dinámicas de género, atadas a los imperativos de la heterosexualidad (o a nuestra resistencia a ellos) prevén las bases de nuestro sentido del yo, constituyen la certeza de lo que somos.


Y frente a todo esto el feminismo mayoritario ha creado mucha teoría de la construcción del género e incluso del deseo en abstracto, pero se echa en falta una teoría del deseo en relación con el cuerpo, del cuerpo deseante y del cuerpo como objeto de deseo. Y aquí nos encontramos con uno de los problemas fundamentales, y es que lo que hace crecer el deseo raramente tiene que ver con los deseos de una consciencia feminista. Necesitamos una teoría feminista  heterosexual que se enfrente al sexo BDSM, que hable de lo extrañas, peligrosas y perversas que son las fantasías sexuales; de cómo manejarse con deseos “no feministas” sin culpabilizarse por ello pero sin renunciar tampoco al placer.


¿Tiene el deseo algo que ver con el género? ¿Y las prácticas sexuales? ¿Hasta qué punto los deseos nos sitúan en una posición social u otra, hasta qué punto las prácticas sexuales pueden cambiar o marcar una posición social? ¿Cómo les explicamos a los chicos que abandonarse, entregarse, perder el control, pueden ser actitudes sexuales masculinas? ¿Alguien ha visto un chico femme?  ¿Alguien ha visto a una chica hetero que sea butch? ¿Qué hacemos con las chicas que tienen fantasías de sumisión o violación, de sexo en grupo, de penetración femenina? ¿Y con los chicos que creen que esas fantasías de poder asociado al sexo son el paradigma de las relaciones con las chicas?


Hace falta una agenda sexual feminista no vinculada exclusivamente con el movimiento queer o LGTB, que sí la tiene. Es entendible que las teorías de dislocación del sexo y la norma heterosexual provengan mayoritariamente de personas LGTB porque estas personas ya estamos en una posición descentrada que nos permite una mirada diferente, que nos permite experimentar con mayor libertad; por el lugar que ocupamos estamos mejor preparadas para introducirnos en debates acerca de la naturaleza del deseo y las políticas del placer. Pero las feministas heterosexuales tienen que insistir, como en los 60 y 70, en criticar las opresivas oposiciones que atan identidad de género a sexualidad, vía heterosexualidad. Todas las feministas podían, y estratégicamente debían, participar en los intentos de subvertir los significados de “heterosexualidad”, entendiendo que no se trata de abolir dicha práctica sino sus significados de desigualdad.


¿Puede ser queer el feministmo heterosexual? Puede y debe. Ciertamente que no es esperable un levantamiento de los seres humanos contra sus propias identidades de género, pero el feminismo heterosexual debería volver a ser crítico con el binarismo sexual de género porque el deseo heterosexual, cualquiera sea su forma, tiene la capacidad de ser tan queer o amenazante para el orden de género como sus alternativas. La heterosexualidad tiene que tener también una agenda sexual radical, descentrada y perversa para “el orden de género”. Para ello debe retomar la crítica al heterosexismo con fuerza, hablar mucho más acerca de la  diversidad y fluidez del deseo heterosexual y de las experiencias corporales; hablar de deseo, de todos los deseos, de cómo gestionarlos, de cómo aceptarlos, de cómo gozarlos, de cómo enfrentarse a los deseos más perversos, independientemente del género y siempre en el respeto al otro, a la otra.


Se trata de queerizar los planteamientos tradicionales de género y sexualidad, se trata de poner las prácticas sexuales en el centro de algunos de los discursos. Se trata de asumir que hay muchas heterosexualidades y que las experiencias ý posiciones sexuales son más fluidas de lo que cualquier representación puede capturar al hacer normas.  Se trata de cortar una serpiente que aun está casi intocada en la cabeza de la Medusa.

1 de enero de 2014

Juguetes para futuras ingenieras...

Aquestes festes de Nadal, moment en què sempre aprofitem per fer una crítica a les velles i reiterades propostes sexistes que trobem en els missatges publicitaris, i en alguns tractaments informatius, trencarem un altre tòpic i celebrarem l’aparició de dues peces audiovisuals que passen per sobre de tot això i fan ben evident que el descrèdit del sexisme és també ampli, saludable i creatiu.

Text publicat a l'Observatori de les Dones en els Mitjans de Comunicació. Pots veure l'altra peça a la qual fa referéncia clikant al link de la web.


12 de diciembre de 2013

La violencia contra las mujeres como arma estratégica del poder en la guerra social

Artículo publicado en PERIODISMO HUMANO traducido por Fátima Fafatale

La violencia contra las mujeres a menudo ha sido utilizada como un arma de guerra, con la intención de castigarlas, humillarlas y deshumanizarlas, pero sobre todo, con la intención de reprimir y destruir por todos los medios posibles el grupo al que pertenecen.

En los conflictos armados, esta violencia ha sido durante mucho tiempo asimilada a un signo de dominación más que a una herramienta de destrucción.

Sabemos también que en tiempos de paz, las violencias contra las mujeres pasan sobre todo por ser actos individuales de hombres violentos, y no por armas de destrucción “estratégicas”.

Y bien, ¿Qué diríais si en la situación de crisis exacerbada que sacude Grecia, la violencia contra las mujeres se estuviera convirtiendo en un arma en manos del poder?

En efecto, en los últimos tiempos, los casos de tal violencia se multiplican en Grecia. Es el ejemplo de cuatro manifestaciones emblemáticas:

La primera y ¿más reciente? ha tenido lugar a principios de noviembre de 2013 ante las cámaras, prácticamente en directo, cuando las fuerzas especiales de la policía griega (MAT), quisieron impedir a dos diputadas entrar en el edificio de la Radiotelevisión Pública (ERT), que acababa de ser ocupado por la policía, y las acorralaron contra el portón de entrada de hierro forjado. Las dos diputadas de la oposición parlamentaria, Zoe Konstandopoulou, de Syriza, y Rachel Makris, del partido ‘Griegos Independientes’, fueron muy maltratadas. Especialmente Zoe Konstandopoulou, que fue conscientemente asfixiada y estuvo a punto de morir, ha demandado a sus agresores por intento de asesinato. Y todo esto, porque las dos diputadas querían simplemente ejercer su derecho constitucional de entrar en la Radiotelevisión Pública para impedir el montaje policial (destrucción de material, etc.) que tenía como objetivo ¿ir contra? la lucha de los trabajadores.


La continuación de este suceso es muy elocuente y viene a confirmar nuestra tesis. Al día siguiente, el gran periódico pro-gubernamental ‘TA NEA’, lanzaba una violenta campaña ultra-sexista contra las dos diputadas, publicando una viñeta en portada que presentaba a las dos diputadas… haciendo striptease bailando en una barra ante un público de clientes masculinos habituales de este tipo de locales (ver viñeta). En la leyenda del “dibujo” se podía leer este supuesto intercambio entre dos clientes: “A la derecha está Raquel y a la izquierda Zoe. ¿Y es que ellas hacen también otra cosa? He oído que también emprenden acciones legales. Pero mejor vamos a preguntar al chico”…

La segunda ha dado lugar a un auténtico linchamiento público, acrecentado por las cadenas de televisión, de mujeres seropositivas, algunas de ellas prostitutas. En plena campaña electoral, dos ministros socialdemócratas, tristemente célebres por su papel en la represión salvaje de las manifestaciones contra la Troika y el desmantelamiento del sistema de Sanidad, animaron a la población a denunciar para detener a las que, según los ministros, “constituyen una bomba de relojería sanitaria”, “contaminan a la sociedad con enfermedades contagiosas” y matan de sida a “los padres de familia griegos”.

La tercera manifestación de esta violencia ha tenido como víctimas a las decenas y decenas de mujeres -¡incluso abuelas!- de los alrededores de Skouries, en el norte de Grecia, que se oponen a la sociedad canadiense Eldorado y su proyecto de extracción de oro de la región. Desde hace meses, las fuerzas especiales de la policía, por órdenes directas de su ministro, hacen de las mujeres de los pueblos de los alrededores el blanco prioritario de una represión feroz y en masa que ya ha desembocado en el encarcelamiento de algunas de ellas y en la acusación por… crímenes de aún más (ver las fotos). No es casualidad que esta campaña de represión sin precedentes enmarcada en la imposición del estado de excepción en una región habitada por pacífica/os campesina/os se pretende -a decir de sus responsables- que sea ejemplar con la intención de prevenir la multiplicación de estos actos de “desobediencia civil”. Y evidentemente, no es casualidad que esta “represión ejemplar” se ejerza prioritariamente contra las mujeres de esta población local a la que ha hecho destruir cueste lo que cueste.


Y la cuarta manifestación, el episodio tristemente célebre del diputado del partido neonazi Kassidiaris, que golpeó “en directo” a dos diputadas de izquierda durante una emisión transmitida durante la campaña electoral de la pasada primavera. Este acto de violencia, en lugar de suscitar la indignación y la reprobación, suscitó por el contrario una gran ola de simpatía popular y contribuyó al éxito electoral de Amanecer Dorado.

¿Qué está pasando?

Pensamos que se trata de un nuevo mal que empieza a aparecer. Esta violencia nos lleva a pensar en las violencias exacerbadas contra las mujeres en las guerras étnicas. La violación de mujeres por parte de hombres del bando contrario muy a menudo debe analizarse no como el efecto de un deseo masculino “incontrolable”, sino como parte de una estrategia de conflicto, de combate, en la que las mujeres representan biológica y simbólicamente la integridad de la etnia o de la nación a combatir. Y que hay que destruir. En nuestro caso, es evidente que no estamos en presencia de  una violencia nacionalista con motivo de una limpieza étnica. Estamos en presencia de un conflicto de una naturaleza diferente, de otra guerra, de una guerra social, ¡de una lucha de clases!

En suma, humillar a las dos diputadas identificándolas con bailarinas de stripteaseno significa solamente que dedicarse a la política es ante todo un derecho de los hombres y no de las mujeres. Significa, más vulgarmente, que el papel que ¿se le deja? a la mujer es ante todo estar siempre disponible para ser ¿follada?, poseída y gobernada por los machos.

Igualmente, lapidar a las mujeres seropositivas, criminalizarlas, satanizar su sexualidad, presentarla como una “amenaza” para la ley y el orden que debe reinar en nuestras sociedades, esta amenaza se parece a la que siempre han representado las “clases” que estos señores llaman desde hace casi dos siglos “peligrosas”. Mismo lenguaje, misma  demonización y misma represión…

Así pues, hacer de la misoginia, el odio contra las mujeres, la violencia contra las mujeres y sus derechos un arma de guerra no debería extrañar en la medida en que todas las políticas de quienes mandan en estos tiempos de la Troika triunfante apuntan también a hacernos volver a los peores momentos del capitalismo más salvaje y bárbaro del siglo XIX. Exactamente a una época durante la cual las mujeres no tenían prácticamente ningún derecho…

El hecho de que asistamos a la puesta en marcha de un auténtico ataque frontal, de una verdadera guerra de dimensiones históricas contra la inmensa mayoría de la/os ciudadana/os  (asalariada/os, pobres, parada/os, pensionistas, jóvenes, “diferentes”, inmigrantes, minorías…) debería explicar esta transformación de la violencia contra las mujeres en una verdadera arma que poder y pudientes utilizan en masa y cada vez más frecuentemente. Como en los casos de violaciones en masa que sirven a los limpiadores étnicos para hundir la moral del pueblo víctima y someterle definitivamente, la violencia contra las mujeres ejercida por poder y pudientes en tiempos de guerra social tiene en la actualidad exactamente los mismos objetivos: hundir la moral, romper el tejido social para someter no solamente a las mujeres -que son evidentemente el primer objetivo- sino a todas las víctimas, hombres incluidos, de sus políticas inhumanas y neoliberales.

1 de diciembre de 2013

Pelo bueno, pelo malo

55,000 salones de belleza femenina han hecho de esta pequeña empresa la segunda más numerosa de la República Dominicana, después de los colmados, que se cifran en 65.000. La obsesión por desrizarse el cabello ha llevado a las dominicanas a invertir entre un 10 y un 12% de sus ingresos mensuales en la transformación de su "pelo malo" en "pelo bueno".
Miguel Parra Jiménez, el autor del documetal que reproducimos a continuación, pone de manifiesto las implicaciones raciales y las imposiciones estéticas que originan esta transformación de la imagen femenina -también de algunos hombres- en un país en el que la mayoría de imágenes publicitarias son de mujeres blancas y en el que existe una necesidad de diferenciarse de sus vecinas haitianas, convirtiendo el pelo liso en una prueba de higiene.
La administradora del blog

Te invitamos a ver PELO MALO, PELO BUENO

 

Entrevista publicada en EL TIEMPO.COM:

Uno de los miles de salones de belleza del país -punto de encuentro cotidiano de las mujeres dominicanas- es el escenario principal de este documental, donde varias jóvenes explican la importancia que tiene en el país caribeño tener el "pelo bueno" (liso), frente al "pelo malo" (rizado).

Con motivo del estreno del documental, su autor explicó algunos aspectos del trabajo, en el que se pone de manifiesto el peso que tiene entre las dominicanas la imagen de la mujer blanca de pelo liso como patrón femenino.

"Si paseas por las calles y carreteras de todo el país, el 90 por ciento de las mujeres que aparecen en los carteles publicitarios son blancas de 'pelo bueno'. Lo mismo ocurre con los anuncios insertados en la prensa", dijo Parra.

Y es que, añadió, "la imagen de la mujer blanca con el pelo lacio está vinculada a la idea de desarrollo, y si revisas cualquier suplemento social de los principales periódicos, es la piel blanca la que domina en las fotografías".

"Sí, creo que esa es la imagen que se quiere proyectar de la mujer dominicana", sentenció el realizador.

La mayoría de las dominicanas van una o dos veces a la semana al salón, donde les lavan el cabello, les aplican tratamiento, se lo peinan y, cada cuatro o cinco sesiones, además, se lo alisan.

Por todo el país es frecuente ver mujeres con redecillas o con 'rolos' (rulos) por todas partes: en las calles, en los supermercados e incluso en las iglesias.

En opinión de Parra, tras esta práctica existe la intención, "al menos, de esquivar la identidad propia, de querer ser en menor medida lo que se es".

El realizador precisó que "seguramente ningún dominicano tiene delirios a lo Michael Jackson, quizá el paradigma de negación racial, pero como dice una de las participantes en la cinta, 'a nosotras Dios nos premió con el cuerpo, a ustedes (en referencia a las personas de origen europeo y estadounidense) con el pelo'".

No está bien visto tener el pelo rizado, y en muchos ambientes se critica a aquellas que se resisten a alisárselo, como revela el testimonio de una de las mujeres que aparecen en esta filmación, quien relata el 'calvario' que ha supuesto para ella tener que aguantar todo tipo de críticas por conservar su "pelo malo".

A las que no se lo alisan, sus amigas y allegadas les preguntan si tienen problemas económicos o si tienen alguna enfermedad, y lo que es peor, se las considera antihigiénicas, y a las que llevan trenzas se les tilda de mujeres de la calle.
Parra entiende que la película refleja, por otra parte, la existencia de "una necesidad de desmarcarse del vecino Haití, con el que, históricamente, las relaciones son inestables, aunque estén geográfica, económica y socialmente condenados a entenderse".

"En el documental una chica afirma: 'yo tengo el pelo bueno, yo no soy de esa raza', mientras que otra habla de las 'mujeres de nuestro vecino país, de Haití', marcando una cierta distancia", explicó el realizador.

Por otro lado, agregó, 'Pelo bueno, pelo malo' también habla de la esclavitud de la belleza, un tema más universal, algo que antes parecía circunscribirse a las mujeres, pero que cada día más lo sufren también los hombres".

La idea de filmar 'Pelo bueno, pelo malo' surgió en 2004, cuando la productora asociada del documental, Natalia Alonso, y Miguel Expósito, coguionista del trabajo junto a Parra y Simone Bandle-Enslin, hablaron al realizador de esta particularidad dominicana.

"Nos sorprendió cómo mujeres con pocos ingresos no dejaban de ir al salón de belleza para 'desrizarse'", y ese fue el punto de arranque del trabajo, explicó Parra.

El documental, al que sus autores han querido imprimir una fuerte carga testimonial, por lo que no hay narrador, fue estrenado a principios de este mes en Santo Domingo y podría proyectarse de nuevo en el certamen 'Eurocine', que se celebrará en la capital dominicana en las próximas semanas. 


Fuente fotografía: http://rizosperfectos.blogspot.com.es/2010/06/pelo-bueno-vs-pelo-malo.html

24 de noviembre de 2013

MUJERES EN PIE DE PAZ

Carmen Magallón
Teresa Agustín a su amiga Carmen Magallón. Publicado en PERIODISMO HUMANO

En un mundo en el que todavía predomina la mirada arraigada de la experincia masculina, hablar desde las vidas de las mujeres tiene a veces rango de descubrimiento, de develamiento de un pensar y de un hacer que no son los comunes, que no han podido hacerse comunes por estar ocultos en la niebla de lo que no ha sido dicho en público

(España, 1951). Doctora en Ciencias Físicas por el programa de Historia de la Ciencia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Zaragoza. Fundó en 1993 el Seminario Interdisciplinar de Estudios de la Mujer de la Universidad de Zaragoza y es miembro del grupo de investigación Genciana. Desde su fundación, en 1984, forma parte de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz y del grupo editor de la revista En Pie de Paz (1986-2001). Desde 2003 es Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz. Ocupa el cargo de vicepresidenta de la Asociación Española de Investigación para la Paz (AIPAZ).

Nos presentaron diciendo “las dos sois de Teruel” e iniciamos juntas una primera marcha contra la entrada de España en la OTAN. A nuestro lado un niño de unos cinco años corría en bicicleta: su hijo, nuestro Sergio. Había miles de personas contagiadas de la fiesta de poder decir “no” en voz alta. Nos encontramos por vez primera con la voz y la palabra, con nuestras voces y nuestras palabras en la misma nube de la calle, en ese momento que te concede la magia y una brisa te envuelve para siempre con esa otra mujer que pasará a ser una imprescindible de los caminos que tenemos la suerte de andar, a veces en el mar rojo a veces en el azul. Y hoy, incluso después de tanto tiempo y parafraseando a Yourcenar, esa mujer, pequeña, mágica, bella, y yo “aún no nos hemos aburrido”, aún seguimos compartiendo la voz y la palabra con la misma curiosidad de antaño. Aún nos disponemos a intentar cambiar el mundo y yo sigo yendo de su mano.

Entonces, yo no sabía que Carmen era tantas cosas, tan inteligente y tan brillante en todo lo que hacía y, sobre todo, tan humilde, de esa humildad que sólo he encontrado en algunas mujeres sabias, ese don de saber escuchar y de aprehender. Tiene el ángel de la vida, ese “tener ángel” del que se habla y no se ve, pero que pocos tienen. Supe que habíamos estudiado en el mismo colegio de monjas, allí aprendimos a soñar, y supongo que a sobrevivir en el frío invierno de Teruel. Nos pareció que compartir aquellas paredes y aquellas aulas y aquel trajecito a cuadros era compartir la esencia de muchas cosas, la austeridad y el esfuerzo sin límites que nuestras familias hacían para que sus hijas estudiaran y así, sin bien saberlo, intentaran cambiar el mundo aunque fuese un poquito.

La mente privilegiada de esta activista la llevó a las ciencias y se doctoró en Físicas y estudió Filosofía y Psicología. Catedrática de Física y Química, se curtió en la docencia durante muchos años y es escritora y madre y amiga e investigadora y feminista y a veces libre. Es, desde hace unos meses, miembro del consejo editorial del periódico Público. Ella vive entre la ciencia, el género y la cultura de paz y entre la vida y la literatura. Ha publicado poesía, aunque nunca lo cuenta, y ha hecho teatro y se ha inventado una y otra vez el mundo, como si “la vida fuera un largo proceso de paz que dura toda la vida”, un proceso que a veces se recorre a pie y otras andando y otras, las menos, pero ocurre, flotando.

Y llegó En pie de Paz en 1986 y produjo nuevos amores y una curiosidad por aprender y reflexionar y romper moldes, sin saber que así era y así sería hasta el 2001. Allí se crecía sin saber que se crecía, se hablaba de paz y de resolución de conflictos, de objeción de conciencia, de feminismo, de ser verde, rojo, violeta, de arco iris, de estructuras horizontales y Carmen viajaba y escribía y crecía y su arrojo por la paz nos iba convirtiendo a algunas, que como yo llegamos de otros mundos pero queríamos construir un camino de paz, llevamos a la práctica la vieja máxima de que lo privado era político. Si alguien fue En Pie de Paz, esa fue sin duda Carmen Magallón, ella representa para mí todo ese espíritu, todo ese esfuerzo y esa alegría por saber y por cambiar el mundo. En Pie de Paz es la escuela de muchos y sobre todo de muchas en un encuentro de generaciones, que inauguraba otros espacios para vivir, otra forma de querer hacer y de volver a amar.

Mujeres en Pie de Paz es el gran libro homenaje que Carmen escribió donde nos reconoce a muchas y rinde homenaje a las que fueron antes y da memoria a las que han de venir. Es un libro imprescindible que teje una red de acciones y reflexiones donde las vidas laten por sí solas. Es un reconocimiento a todas las que luchan, tejen abrigos o redes, discursos políticos y memorias. Un reconocimiento donde no falta nadie.

Carmen Magallón sabe que después de tanto tiempo, todavía hoy, hablar desde las mujeres “no sólo es un descubrimiento, sigue siendo una provocación” y Mujeres en Pie de Paz es una provocación, que habla del amor y del poder con los otros y no sobre las otras y los otros. Del resultado de organizar la vida en horizontal y no en vertical, que es lo que siempre hay. Parte de tu recorrido vital está entre estas páginas, tus páginas, y están las políticas cotidianas y el reconocimiento de mujeres que han construido también nuestro día a día. Hablo de Virginia Wolf, de Petra Kelly, de Julia Adinolfi… y colectivos más cercanos, queridas amigas de Lisístrata, Librería de Mujeres o, más lejanos que no más lejos; Greenhan Common, Mujeres de Negro o las Madres de la Plaza de Mayo y tantos otros que viven su día a día envueltos en una tela de silencio, silenciadas, que no en silencio.

La historia de las mujeres en la ciencia y el análisis epistemológico del quehacer científico y las relaciones entre género, ciencia y cultura de paz son otros de sus temas de investigación. “Para evaluar las aportaciones de la mujeres a la ciencia a lo largo de la Historia, hay que conocer cuándo y en qué contexto pudieron incorporarse a las instituciones científicas… Su presencia ha de ser revaluada aplicando un coeficiente multiplicador que tenga en cuenta cómo tuvieron que luchar contra poderosos estereotipos y derribar muchas prohibiciones para realizar sus contribuciones. ¿Hay que recordar que la universidad española sólo en 1910 se abrió a las mujeres en condiciones de igualdad?”.

Sé de este tiempo de trabajo, de esa laboriosidad inquietante y tan fructífera donde cada letra viaja al papel recubierta de vida, de intensidad y sobre todo de solidaridad y “sororidad” (sé que no puedo nombrar todo lo que hace). Mientras escribo ella me ha abrazado en el aeropuerto camino a México llena de papeles, ordenadores, y curiosidad y, eso sí, una gran maleta llena de cosas que luego no se pondrá (“odio hacer la maleta”, suele decir, y me consta). Y cuando regrese habrá mil cosas nuevas que comenzar, mil detalles retenidos en la pupila y un proyecto para volver a empezar.

Brecht hubiera dicho que es una mujer imprescindible, yo sé que lo eres, muchas lo sabemos, y desde estas palabras entrelazadas en el humilde papel te doy las gracias en nombre de todas las que intentamos vivir nuestras vidas sin olvidar las vidas de las otras y los otros, de los que están y de las que han de venir, admitiendo que el tiempo, en este largo proceso de paz que queremos sea nuestra vida, tal vez no nos ayude a entenderlo todo pero sí nos enseñe a admitirnos en nuestra igualdad y en nuestra diferencia.

Eres parte, querida y sabia amiga, de la Tierra que me da, que nos da, soporte. Gracias.

Fuente fotografía: http://www.revistafusion.com/2006/noviembre/entrev158-2.htm

3 de noviembre de 2013

Violeta Narváez y las mujeres guerrilleras en las FARC


La vida de la mujer en la lucha abarca varios matices, no es sólo heroicidad, valor, entrega. Desde la diversidad de sus posiciones en un conflicto que sobrepasa el calificativo de armado, la mujer debe enfrentar situaciones extremas que la hacen crecerse, pero que están lejos de ser el ideal de vida de cualquier ser humano.

Muchos cuestionamientos se hacen, desde afuera de la montaña, hacia políticas de las FARC-EP relacionadas con las combatientes, por ejemplo, con un tema como la maternidad o su negación.

Más allá de un argumento religioso o basado en la moral humana dominante, es necesario entender la situación particular de las mujeres vinculadas a la lucha armada.

Somos un grupo de mujeres que luchamos por la vida con dignidad, con justicia social, con igualdad; por una vida mejor, en la que las mujeres y los hombres puedan desenvolverse plenamente, sin estar obligados a empuñar las armas, a perder a sus seres queridos, a desconocer el futuro de sus hijos e hijas.

La guerrilla no solo son personas armadas, somos un ejército del pueblo, y como tal, estamos llenos de sensibilidades, de amor, de sueños, de aspiraciones personales, que muchas veces debemos dejar de lado, por la necesidad indiscutible de un cambio real en el funcionamiento de la nación en lo político, en lo económico y en lo social.

Las condiciones impuestas por un estado títere y sanguinario nos han obligado a reprimir procesos naturales en la vida de una persona, por ejemplo, el ser madre.

Cualquier persona, hombre o mujer, que asume un compromiso de lucha de estas características, debe asumir también unas condiciones distintas de vida. En el caso de la mujer, afecta sobremanera los roles sociales acostumbrados. Su papel como sustento de la reproducción de la especie se ve relegado por su participación en la construcción de una nueva sociedad.

Además de estas actividades, las guerrilleras deben asumir tareas de Partido: escribir, hacer análisis político, revisar noticias, leer materiales de formación militar, política y de cultura general, estudiarlos, entre otras tareas que varían según la ubicación de cada combatiente en una comisión, un frente o bloque determinado.

Un embarazo pone a la mujer combatiente en la encrucijada de: ¿Ser madre o ser guerrillera?

No es un tema de opresión a la mujer, de discriminación o desconocimiento de sus necesidades como ser humano: Es conciencia de que al encontrarnos en guerra, las condiciones de seguridad son siempre extremas para quienes asumen la lucha revolucionaria.

Es saber que el carácter insurreccional de nuestra lucha condiciona no solo la vida de la guerrillera, sino también, la de la nueva semilla: “Delito de sangre” le llaman, y no es más que la injusta condena, la persecución, la satanización por parte del estado a los hijos e hijas de quien lucha, por el simple hecho de ser posibles “subversivos en formación”.

Esto significa la persecución implacable, la violación a los derechos humanos, el intento de chantaje afectivo a los combatientes de la organización por medio de la amenaza, desaparición o ejecución de sus familiares.

Pero no es todo en blanco y negro, existen algunos casos en los que, por determinación de la organización, no se ha interrumpido el embarazo, estos casos se producen cuando el aborto constituye una amenaza a la vida de la combatiente, o cuando, previa consulta, la guerrillera es autorizada por la dirección para tener el bebé y hay algún familiar que pueda responsabilizarse de su crianza, siendo ya un problema pues implica entregar el hijo o la hija.

Entonces los problemas son otros, de ser hijo o hija de combatientes farianos que tengan cierta vida pública, la presión aumenta, se extiende a toda la familia, la mayoría de las veces deben salir del país, condenados al exilio, lo que no necesariamente significa que estén seguros, o felizmente realizados. Mientras tanto, pasa el tiempo, la familia dividida, cambio de identidad, una historia de vida oculta, la constante pregunta: ¿Seguirá viva?; pregunta que se hace diaria cuando luego de seis, siete meses...un año, no se tienen noticias de la que lucha.

En la montaña, la guerrillera no siempre puede tener noticias de su familia; por la misma dinámica de la guerra debe movilizarse constantemente y es difícil y peligroso, mantener un contacto.

Situaciones de este tipo no solo afectan a las guerrilleras, también implican a los guerrilleros. Las condiciones de la guerra no son las mejores para establecer una relación de pareja, mucho menos para la conformación de una familia.

Los testimonios relacionados con este tema son incontables, algunos más crueles que otros, son parte del día a día de la guerrillerada. Por eso, internamente, no se cuestiona este tipo de reglas, pues se han visto hasta los efectos más tristes.

Si la mujer decide ser madre, y no guerrillera, entonces se limita a no ser partícipe de la nueva sociedad; o debe bajar el perfil de sus actividades. Esto no es posible en todos los casos, pues de ser conocida por el enemigo, su seguridad siempre será relativa o nula.

No es la situación de las mujeres que pertenecen a la policía o al ejército. La guerrilla no es un trabajo del que te despides después de una jornada de 8, 10 o 15 horas: En todo momento estás en función de desarrollar un proceso, cuando no es para crear, es para sobrevivir. Las mujeres que están del otro lado del conflicto, del lado del Estado quiero decir, son parte de nuestra clase, pero defienden los intereses de la clase que oprime a todos y todas; eso las hace parecer mejores ante la sociedad, y el poder les da la posibilidad de cumplir la doble función de productoras de represión y reproductoras de reprimidos.

Hemos asumido plenamente nuestro compromiso con el pueblo colombiano. Unas decidieron simplemente no ser madres, otras nos pensamos como madres más allá de lo carnal, para acoger a una nación que merece ofrecer dignidad para sus hijos. Todas luchamos por una vida en la que las mujeres no tengan que abortar porque el estado las haya llevado a hacer de la guerra una forma de lucha por la vida, obligándolas a empuñar las armas: Si para construir este proyecto las mujeres actuales debemos negarnos el hermoso placer de la maternidad, creo, personalmente, que habrá valido la pena el sacrificio.

Artículo publicado en La Haine

1 de noviembre de 2013

La violencia obstetra

Excelente artículo de la periodista Alba Onrubia García, Máster en 2010 en Relaciones Internacionales y Estudios Africanos (UAM) y colaboradora de Paz con Dignidad y la revista Pueblos, donde ha publicado el artículo que reproducimos a continuación.  La periodista denuncia el modelo de parto tecnocrático que prima en Brasil, pero extendido ya en prácticamente todo el mundo, en el que se antepone la eficacia y eficiencia mercantiles a los intereses de las mujeres que van a dar a luz, convirtiendo el hospital en una fábrica de reproducción de la fuerza de trabajo. Consideradas objetos y no sujetos con capacidad para protagonizar y decidir sobre su propia experiencia vital, son sometidas a un protocolo en el que no se observan las especificidades y particularidades que, como seres únicos, todxs poseemos, así como a un trato vejatorio verbal y asistencial. En muchos casos, debido a la asiduidad con la que se producen, algunos comportamientos violentos se han "normalizado". 

Así mismo, la historiadora e investigadora de origen italiano afincada en New York, Silvia Federici, en una entrevista publicada en SIN PERMISO afirmava que "Hoy en día, en Estados Unidos al menos, el parto también se ha mecanizado. En algunos hospitales, obviamente no los de lxs ricxs, las mujeres dan a luz en una línea de montaje, con tanto tiempo asignado para el parto, si exceden ese tiempo se les hace una cesárea."

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 La administradora del blog

La lucha social en Brasil por un parto humanizado libre de violencia institucional

Cosificadas, infantilizadas y desposeídas de cualquier toma de decisión, el cuerpo de las mujeres ha sido el campo de la batalla[1] a dominar por los distintos intereses patriarcales de la esfera pública y privada. Históricamente nos hemos visto sometidas a toda clase de imposiciones legislativas, maritales, religiosas, sociales, éticas y estéticas que nos han relegado a un segundo plano, cuando no al “exilio”, en el control sobre nuestros cuerpos.

Hoy en día sigue existiendo un gran número de esas prácticas que, mantenidas, transformadas, escondidas, aplaudidas y/o criticadas, pretenden seguir haciendo de nuestros cuerpos una disputa exógena a nosotras mismas, no sin encontrarse con las voces colectivas e individuales de los feminismos que mantienen una respuesta clara: el cuerpo es mío, yo decido. Aunque a cada paso los obstáculos y los frentes de batalla se vayan multiplicando.


Como mujeres tenemos la capacidad genética (y la presión social) de engendrar vida. El acto de parir es tan propio de la mujer que algunas personas consideran que la maternidad “es lo que hace a las mujeres auténticamente mujeres”, como se atrevió a señalar el ministro de Justicia Ruiz-Gallardón[2], en una muestra más de cómo la mujer es relegada al rol de madre. Y sin embargo, hasta en esta materia nuestra toma de decisión se ve coartada por un discurso que deliberadamente infravalora nuestra capacidad natural. Unas veces con la fe en la ciencia y la modernidad como bandera, otras evocando los fantasmas del “peligro” y otras muchas simplemente por la mecanización del proceso de parto, éste ha quedado deshumanizado y las instituciones médicas se han apoderado del derecho de la mujer a controlar su propio cuerpo y sexualidad.


La violencia obstetra es una de las formas en las que la violencia de género o violencia sexual se manifiesta de manera silenciosa, cuando menos camuflada por lo ha- bitual. No tan visibilizada como la violencia en el hogar, es ejercida de igual forma por las estructuras asimétricas de poder. Durante el proceso del embarazo, parto y posparto, numerosas mujeres se ven sometidas a prácticas humillantes, violentas y vejatorias, siendo relegadas a meros pacientes sin voz, poder de decisión ni control sobre su proceso.


En este contexto, determinados agentes de la sociedad civil, como grupos feministas, casas de parto y los y las profesionales de la salud del “modelo de la asistencia basado en evidencias y no en hábitos” (que veremos más adelante), vienen denunciando desde la década de los 60 el modelo de parto tecnocrático, ya normalizado en muchas partes del mundo, donde prima el factor productivo por encima del humano. Este modelo médico ha conseguido construir una serie de mitos en torno a la eficacia y eficiencia de la ciencia médica en el proceso de parto que ha generalizado el intervencionismo. Y Brasil, donde la hospitalización se ha convertido en casi la única elección para la gran mayoría de mujeres brasileñas que quieren dar a luz, es el máximo exponente en el continente latinoamericano.


Los procesos de industrialización y “modernización” que se dieron en Brasil en lo económico a principios del siglo XX se fueron extendiendo a todas las esferas de la vida, imperando una cultura capitalista que ha calado hasta los ámbitos de la atención en la salud. El paralelismo de la fábrica con el sistema sanitario ha llevado a generar deshumanización[3]: el hospital, como centro de producción, tiene que mantener unos parámetros de eficacia y eficiencia en términos económicos que desnaturalizan a la mujer y el proceso en sí del parto.


La falta de recursos, en muchos casos, o la productividad para sacar el máximo beneficio, en otros, llevan a encorsetar lo que debería ser un proceso único de cada mujer en una pieza de la maquinaria de fabricación de bebés en serie. La estandarización del “parto modelo” más responde a la idealización de un proceso de parto fácil y rápido para el médico y el hospital que a consideraciones de salud y bienestar del feto y la mujer. De hecho, un amplio porcentaje de las prácticas que se ejercen de manera habitual en los hospitales brasileños y de gran parte del mundo han sido desaconsejadas en informes internacionales, como la Declaración de Fortaleza de 1985 de la Organización Mundial de la Salud (OMS), por tratarse de prácticas que, como la cesárea, la episiotomía, la administración de hormonas o la maniobra de Kristeller, no se justifican en su empleo rutinario. Hay técnicas alternativas más naturales que favorecen tanto el parto como la disminución del dolor: la movilidad libre, los masajes, el afecto, el acompañamiento de una persona querida, un entorno tranquilo…