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Amy Goodman

Periodista, investigadora, escritora... Ha demostrado que SÍ es posible la independencia de los medios de comunicación y ha dado voz a lxs excluídxs en los mass media. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Vandana Shiva

Doctora en física, filósofa, activista por la justícia global y la soberanía alimentaria... Ha demostrado que SÍ es posible la producción sostenible y plural de alimentos. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Tawakkul Karman

Periodista, política, activista por los Derechos Humanos... Ha demostrado que SÍ se puede luchar desde el pacifismo por la Revolución política, social y de género en Yemen. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Joumana Haddad

Poeta, traductora... Ha demostrado que SÍ se puede trabajar por la secularización de la sociedad, la libertad sexual y los derechos de las mujeres en Líbano. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Leymah Gbowee

Trabajadora social, responsable del movimiento que pacificó su país en 2003... Ha demostrado que SÍ es posible la Paz en Liberia y que las mujeres son sus constructoras. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Ada Colau

Filósofa de formación y miembra visible de la PAH... Ha demostrado que SÍ es posible hacer frente a la ilegitimidad de las leyes movilizando a la sociedad pacíficamente. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Marama Davidson

Activista por los derechos del pueblo maorí... Ha demostrado que SÍ es posible identificarse con la idea universal de la descolonización del Planeta. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Teresa Forcades

Doctora en salud pública, teóloga... Ha demostrado que SÍ es posible un discurso humanista, feminista y combativo por la justícia social dentro de la Iglesia Católica. SIN ELLA NO SE MUEVE EL MUNDO.

Sheelah McLean, Nina Wilson, Sylvia McAdam y Jessica Gordon

Fundadoras del movimiento Idle No More... Han demostrado que SÍ es posible mobilizar a la sociedad en defensa de los derechos de los pueblos autóctonos en Canadá. SIN ELLAS NO SE MUEVE EL MUNDO.

16 de febrero de 2014

La mujer, cosa de hombres. Por Isabel Coixet

Reportaje de la directora de cine Isabel Coixet sobre el estereotipo de la mujer española, sumisa, abnegada y relegada al papel de esposa y madre sacrificada, que ha sido difundido y reforzado por los spots publicitarios durante varias décadas a través de la televisión. Un homenaje a las mujeres asesinadas y a las maltratadas por sus parejas o exparejas masculinas. 
La administradora del blog






Porteadoras marroquíes, heroínas y víctimas de la frontera

Porteadoras marroquíes esperan, cargadas con grandes fardos, en el paso del Barrio Chino, en la ciudad autónoma española de Melilla, en el norte de África. (Cortesía de José Palazón/Asociación Pro Derechos Humanos de la Infancia)

Cada día, ella y otras miles de mujeres atraviesan los puestos limítrofes que comunican Marruecos con las ciudades de Melilla y Ceuta, enclaves españoles en el norte de África, para proveerse de productos dispuestos en pesados bultos y transportarlos por el pasaje fronterizo a pie, en un comercio que mueve millones de euros y del que se benefician los comerciantes de ambos territorios.

 Artículo de Inés Benítez publicado en Periodismo Humano

Los empresarios de Melilla “viven de este contrabando”, que hacen posible las miles de mujeres porteadoras “para sobrevivir y dar de comer a sus hijos”, dijo el fundador de la Asociación Pro Derechos de la Infancia, José Palazón, quien vive en la ciudad hace 14 años.

“Son madres solteras, viudas, maltratadas, con maridos inválidos, mujeres excluidas por la sociedad que echan mano del contrabando para poder salir adelante”, afirmó  el dirigente sindical Abdelkader El-Founti, de la melillense Central General de Trabajadores.

A las 9:00 abre el puesto fronterizo melillense del Barrio Chino, la porteadora muestra el pasaporte y camina hacia una explanada en la que varias furgonetas dejaron temprano en el suelo los bultos preparados para la carga.

Amarra con cuerdas el paquete sobre su espalda y anda en sentido contrario más de 200 metros,  sorteando la multitud que se amontona en el estrecho lugar,  para entregar pronto la carga en el lado marroquí y volver a hacer más portes, antes del cierre del paso a la 13:00 horas.

A esta actividad los melillenses y ceutíes la llaman “comercio atípico” y los marroquíes lo viven como contrabando tolerado.

De las altas verjas de hierro del estrecho pasaje del Barrio Chino cuelgan carteles con siluetas de porteadores y porteadoras que indican la entrada.

Las mujeres cobran cuando entregan el fardo en el lado marroquí, donde hay hombres con carretillas o vehículos esperando para transportarlo. La cuantía depende de los kilos que carguen. “Lo máximo son 10 euros (13 dólares) diarios. Por cada porte les pagan de tres a cinco euros (cuatro a seis dólares), según el peso”, afirmó El-Founti.

Al peso que soportan se añaden “todo tipo de vejaciones que sufren por parte de la policía española y marroquí”, denunció.

“El trato que se da a los porteadores es humillante. Hay malos tratos por la policía de ambos lados de la frontera. Solo hay que permanecer cinco minutos allí para darse cuenta”, subrayó a IPS el marroquí Amin Souissi, de laAsociación Pro Derechos Humanos de Andalucía en la sureña ciudad española de Cádiz.

Souissi recordó la muerte en septiembre de 2013 de un joven porteador de la ciudad marroquí de Tetuán que, “harto de tanta humillación”, se quemó a lo bonzo en el paso fronterizo de El Tarajal de Ceuta, después de que las autoridades de su país le quitasen la mercancía que transportaba.

“No queremos que pierdan su medio de vida, pero pedimos que se respeten los derechos humanos de estas personas en las fronteras de Ceuta y Melilla”, reivindicó Souissi, quien ha visto a policías empujando con sus porras a las porteadoras.

El activista lamentó la corrupción de las autoridades  marroquíes que cobran la “rasca” (soborno), así como la arbitrariedad imperante a la hora de permitir cruzar a los porteadores, “que depende del funcionario que toque”.

En los enormes bultos se transportan todo tipo de objetos, como mantas, neumáticos usados, alimentos y pañales. La inmensa mayoría de los porteadores son mujeres, pero también lo hacen hombres, sobre todo jóvenes sin recursos.

Muchas mujeres cruzan la frontera con paquetes más pequeños. Otras ejercen como empleadas domésticas en domicilios de Melilla y Ceuta y, a última hora, regresan a dormir a Marruecos.

De las alrededor de 40.000 personas que circulan diariamente entre la localidad marroquí Beni Enzar y Melilla,  solo 10 por ciento lo hace con visado, advirtió El-Founti. Los porteadores deben mostrar su pasaporte y el resto cuenta con un permiso especial, acordado entre el gobierno español y marroquí, para trabajar durante el día a Melilla y regresar a pernoctar a sus hogares.

“Son trabajadores de la construcción, empleadas del hogar y del sector de la hostelería que trabajan 10 o 12 horas por menos de 200 euros (270 dólares) mensuales y sin derechos”, denunció.

El-Founti lamentó que los empresarios melillenses aprovechen el miedo de los “empleados transfronterizos” a perder su trabajo y su situación de necesidad. “Muchas de las mujeres marroquíes empleadas domésticas en Melilla son analfabetas y desconocen sus derechos laborales”, subrayó.

El trasiego de mercancías de las porteadoras “mueve muchísimo dinero a ambos lados de la frontera”, comentó Palazón, quien cree “muy difícil” acabar con esta situación, pero exhorta a dignificar su trabajo y mejorar las instalaciones fronterizas por donde pasan diariamente.

“No hay ni un grifo para beber”, aseveró Souissi sobre el paso fronterizo de El Tarajal de Ceuta, que “más que un paso de peatones parece una jaula” con pasillos muy estrechos donde las porteadoras casi no caben.

Este comercio reporta 1.400 millones de euros anuales (1.800 millones de dólares) en los dos lados de la frontera y supone un tercio de la economía de las dos ciudades autónomas españolas.

De la actividad viven directamente 45.000 personas y 400.000 indirectamente, según datos de la Cámara Americana de Comercio en Casablanca, en Marruecos, citados en la Declaración de Tetuán, firmada allí por casi una treintena de organizaciones en abril de 2012.

En esta declaración se alerta sobre la “importante cantidad de ingresos obtenidos a través del soborno”, 90 millones de euros anuales (121 millones de dólares), según datos del semanario independiente marroquí Al Ayam.

Las condiciones de paso por los puestos fronterizos, donde se agolpan miles de personas, ya han causado muertes. En noviembre de 2008,  Zafia Azizi murió aplastada en Melilla y el 25 mayo de 2009 fallecieron las marroquíes Busrha y Zhora en una avalancha en el paso ceutí de Biutz.

Activistas consultados por IPS coincidieron en que la Unión Europea (UE) no atiende debidamente las vulneraciones de los derechos humanos que sufren las porteadoras marroquíes.

Ceuta y Melilla tienen un régimen fiscal especial con importantes rebajas impositivas y son ajenas a la Unión Aduanera  del bloque, lo que permite a ambas ciudades importar con aranceles inferiores a los de la UE y vender a los ciudadanos marroquíes esos productos para su posterior ingreso irregular en Marruecos para su reventa.

13 de febrero de 2014

A propósito de Femen

Brigitte Vasallo
Bigitte Vasallo, periodista, escritora, mediadora intercultural y activista feminista, fue entrevistada por la periodista Irene Redondo sobre el feminismo de Femen, que ha sido calificado como el McDonalds del feminismo. Esta entrevista se publicó en la revista DIAGONAL el 5 de noviembre de 2013, con el título El espectáculo Femen llega a España No te pierdas su interesante análisis. 

Publicado en su blog Perder el Norte
(El cambio de color de los textos es obra de la autora)

· ¿Femen invisibiliza el resto de acciones y movimientos feministas o es un altavoz?
 
Femen es muy contraproducente respecto a otros movimientos feministas. No solo los invisibiliza sino que dificulta muchísimo su trabajo sobre el terreno. Mi crítica principal a Femen es que están situadas en un feminismo colonialista, etnocéntrico, que no tiene en cuenta las luchas particulares de los feminismos no-hegemónicos y que les impone su visión. Su Topless Yihad, en la que parece que querían “liberar” a las musulmanas de la voluntad ser musulmanas, fue un ejercicio de tremenda arrogancia cultural y de una ignorancia bochornosa, sin ninguna visión ni estrategia a medio plazo, y sin tener en absoluto en cuenta las opiniones y el trabajo de las feministas musulmanas y de países musulmanes. Puro despotismo ilustrado: “todo por las mujeres, pero sin las mujeres”. La postura etnocéntrica de Femen en general se reconoce, pero no se considera un problema mayor. Para mí, sin embargo, es el todo. No me interesa, desde el feminismo, cambiar el discurso hegemónico de género, “feminizarlo”, sino dinamitar la existencia misma de lo hegemónico, dinamitar las imposiciones de todo tipo, también epistemológicas, que ejercen las cumbres del poder hacia las bases. Si el feminismo no es horizontal e inclusivo, casi ni me interesa.


· La falta de diversidad de cuerpos, ¿proviene de Femen o es el ojo masculino de los medios?
 
No estamos hablando exactamente de falta de diversidad, sino de refuerzo de los cuerpos normativos, de imágenes del cuerpo femenino surgidas del patriarcado y del capitalismo. Es bastante difícil creer en una lucha feminista que use como herramienta de transformación el refuerzo mismo de las imágenes patriarcales. No olvidemos que el cuerpo normativo no es una mera opción estética: es una herramienta de control. Y yo intuyo que el cuerpo es uno de los primeros espacios que son recuperados por la persona feminista. Me cuesta pensar en una gran teórica del feminismo machacándose con la dieta Dukan, la verdad, aunque sabemos que al fin todas estamos llenas de incoherencias. También creo que, defendiendo lo indefendible, se me dirá que “ellas son así”,  o que (que eso también lo he oído) “en Ucrania son así”. Pero yo me miro y miro a mi entorno feminista, en el país que sea, y lo que veo es diversidad: en pesos, en alturas, en edades, en formas, en gustos. Tal vez respondiendo más en concreto a tu pregunta, en la página web de Femen no vemos diversidad alguna de cuerpos. Las apariciones estelares de Femen en lugares como Cannes hubiesen sido una buena ocasión para desmentir ese cuerpo normativo que tanto se les está criticando, sin embargo las representantes allí tenían cuerpos normativos. Así que no, no creo que sean los medio, aunque sin duda Femen recibe tanta atención por usar cuerpos normativos. El pez que se muerde la cola: ¿tienen sentido grandes acciones reivindicando nuestro derecho al cuerpo cuando estás reforzando una de las principales herramientas de control sobre el cuerpo femenino, que es el patrón estético impuesto por el patriarcado y el capitalismo?


· Una organización jerárquica, ¿puede ser feminista?
 
No lo sé. Soy bastante enemiga de esencialismos, de decir qué puede y qué no puede ser. Tengo claro que no me interesa un feminismo así, a mí personalmente. Por lo demás, también creo que hay que dar espacio a los grupos y a los movimientos para que hagan, y eso incluye dar espacio para que comentan y cometamos errores. Pero hay que ser extremandamente cuidadosa con los “daños colaterales” de nuestros errores. Es decir, bienvenidas las luchas, en todas sus formas, pero que sean luchas que sumen, no que resten.


· ¿Son las greenpeace del feminismo?
 
No. Como bien dice la Filósofa Frívola, son el McDonalds del feminismo. Feminismo imperialista.


· ¿Las mismas campañas valen para todos los países?
 
Por supuesto que no. Te pongo un ejemplo muy gráfico, que cita Saba Mahmood: en los 70 las feministas blancas de clase media pedían el desmantelamiento de la familia nuclear por ser la base de la opresión, sin embargo las feministas indígenas y afro-americanas argumentaban que para ellas la libertad consistía en poder formar una familia, puesto que la larga historia de esclavitud, genocidio y racismo había operado precisamente rompiendo sus comunidades. Yo no me atrevería a decirle a ninguna de mis compañeras, feministas o no, cómo debe gestionar su vida. ¿Cómo es que nos permitimos hacerlo tan alegremente con mujeres y contextos que ni conocemos ni nos hemos preocupado de conocer, ni de escuchar, ni de entender?


· ¿Son islamófobas?
 
Te linko la respuesta que publicó Shevchenko a las quejas de las musulmanas, feministas incluidas, sobre su Topless Yihad. En ella hay un repertorio absolutamente ridículo de estereotipos y desconocimiento abrumadores: afirma que la máxima aspiración de una mujer musulmana es ser la favorita de un harén (igual se refiere a musulmanas como Shirin Ebadi, Premio Nobel de la Paz y, claro, musulmana) Habla de los hombres musulmanes como violadores, asesinos y lapidadores (supongo que en eso incluye a tipos como Malcom X, por nombrar a un musulmán). Pero, además, la actitud es absolutamente patriarcal, arrogante y etnocéntrica hacia las musulmanas, negándoles su propia capacidad de decisión (“Escriben en sus carteles que no necesitan liberación pero en sus ojos  está escrito ayúdame”) y referenciándolas continuamente respecto a sus padres, hermanos y maridos,: “Hermanas (prefiero hablar con mujeres, incluso sabiendo que detrás de ellas hay hombres barbudos empuñando cuchillos)”. Podría añadir cincuenta citas de las feministas post-coloniales, pero valga Mohanty como ejemplo:

“En el contexto del equilibro de poder Primer/Tercer Mundo, los análisis feministas que ejercen y sostienen la hegemonía de la idea de la superioridad de Occidente, producen un conjunto correspondiente de imágenes universales de la mujer con velo, la madre fuerte, la virgen casta, la esposa obediente, etc. Estas imágenens tienen un esplendor universal, ahistórico, que pone en marcha un discurso colonialista que ejerce un poder muy específico, en tanto que define, codifica y mantiene las relaciones existentes entre el Primer y el Tercer Mundo”


7 de febrero de 2014

"Construimos la Iglesia que soñamos. No queremos ser iguales que ellos, no queremos que nos hagan curas ni llegar a papas. No nos interesa. No tendría que haber papa ni Vaticano."

Ernestina Ródenas (a la derecha) junto con unas teólogas bolivianas en un encuentro con CDE./ CDE
Magnífica entrevista de la periodista June Fernández a Ernestina Ródenas, presidenta del Col·lectiu de Dones en l'Esglèsia, publicada en Píkara Magazine.

“Soy de izquierda, obrera. Siempre me he tenido que mover en ambientes hostiles y contrarios. Estoy en la frontera, soy incómoda para muchos”. Así se presenta Ernestina Ródenas, presidenta del Col·lectiu de Dones en l’Església, que aglutina en Catalunya a alrededor de 200 creyentes (religiosas y laicas; también algunos varones) comprometidas con la igualdad de género. Incorporan el pensamiento feminista a la teología de la liberación, debaten con mujeres de otras confesiones y con feministas laicas, defienden el discurso del Concilio Vaticano II de que “la Iglesia no es el único espacio de salvación, sino una de las puertas”.

Una vez al mes, celebran el memorial del Señor, haciendo una formación sobre la Eucaristía a modo de “catequesis ilustrada con perspectiva de género”. “Está prohibido por la Iglesia, pero no nos importa. Bueno, las religiosas tienen menos libertad. Una mujer, que es responsable de su congregación, nos dijo en un acto: ‘A mí no me importa salir en la foto, pero ya me he llevado muchos palos’”. Ródenas tiene claro que Iglesia no es sinónimo de una jerarquía que se opone a los derechos de las mujeres, sino que la construye una comunidad de creyentes para la que el Evangelio no es un instrumento al servicio del poder, sino una fuente de liberación.

¿Identifica en las mujeres necesidades espirituales diferentes a las de los hombres?

Las mujeres estamos muy cerca de la vida, de las necesidades de la vida que se aprenden en comunidad. Tenemos mucha necesidad de expresarnos, no somos personajes solitarios. Los hombres, en cambio, han ligado la espiritualidad a la soledad y el aislamiento. Tradicionalmente, las iglesias han estado llenas de mujeres, porque es un espacio al que hemos podido ir solas, sin que nadie nos culpabilice, incluso como forma de escapar del ámbito doméstico. Además, las mujeres buscamos en la religión respuestas a nuestras experiencias vitales. Creamos vida, cuidamos vida; comprendemos fácilmente los mensajes religiosos, como el de la encarnación de Jesús, un dios que puedes estrechar en los brazos. También sentimos una mayor necesidad de buscar respuestas al sufrimiento, debido a los deberes y papeles que se nos han asignado. El evangelio puede ser liberador. Jesús siempre se inclinó por la mujer y por los más débiles, como indican las interpretaciones del evangelio nada misóginas que se han hecho últimamente.

Mucha gente atea no entiende cómo es que, siendo las iglesias instituciones con una organización patriarcal y con un discurso contrario a los derechos de las mujeres (como los reproductivos), sigan teniendo una base feminizada. ¿Qué hace que las mujeres sigan participando en estas instituciones?

Para mí la Iglesia no es la jerarquía. Somos la comunidad de creyentes. Nos reunimos, leemos el evangelio, que contiene palabras de liberación, que se pueden interpretar desde la perspectiva de género. Hay esperanza para rato. Por ejemplo, la historia de la mujer encorvada que sanó Jesús, porque no podía soportar verla así. Simboliza a la mujer oprimida que no puede levantar la vista del suelo. Jesús la endereza. Ella se pone de pie, anda, alaba a Dios, canta y baila. La religión entendida como la práctica del mensaje evangélico no quiere ver a ninguna mujer encorvada. Nos quiere de pie, felices… Nunca condena.

En una investigación sobre mujeres y religiones, he encontrado la siguiente afirmación: las mujeres identifican que las religiones imponen sus normas morales con mayor rigor sobre ellas que sobre los hombres; son conscientes de esa doble moral, pero no tienen herramientas para cuestionarla. ¿Qué opina?

No existe el hombre que embaraza, sólo la mujer embarazada, a ella se le cargan todas las penas, la exclusión, la culpa, la penalización. La mujer se queda sola y acusada por todo el mundo. El prostituidor y el proxeneta reciben menor condena que la prostituta. La doble moral es descaradamente actual. A la madre soltera y a la prostituta, Jesús les dice: “Yo no te condeno”.

La penalización del aborto es otro ejemplo de esa ideología que machaca a las mujeres. Pero hay herramientas. En el aniversario del Concilio Vaticano II, aboguemos por la libre conciencia, por que cada quién discierna sus opciones fundamentales. Y dejemos a un lado la culpa.

Popularmente se habla de la culpa cristiana. ¿No es una emoción inherente al catolicismo?

La culpa ha calado mucho. La civilización europea proviene de tesis no sólo cristianas, también aristotélicas, que no eran propicias a que la mujer tuviera un lugar prominente en la sociedad. La cultura cristiana europea ha pasado muchas épocas, en las que la mujer ha sido más libre. Nosotras arrastramos el estigma del clericalismo agudo de Franco. La culpa no es inherente al mensaje auténtico. La jerarquía, para tener poder, ha potenciado la cristiandad y se ha olvidado el reino de Dios: la paz, la justicia, la igualdad. Los estados han utilizado la religión como instrumento de dominio y poder. Los más débiles lo sufren.

Pero, en materia de moral sexual, ¿hay algún mandato insalvable? ¿Se pueden cuestionar todos?

Los movimientos feministas laicos nos han hecho un gran favor redescubriendo el sentido del placer, de la alegría, en contra de la idea de que hemos venido al mundo para sufrir. Las mujeres católicas lo han ido interiorizando. En España las mujeres no podían estudiar teología, pero en otros países sí, y había teólogas feministas de las que estamos aprendiendo. Sabemos que Dios puede ser madre y padre a la vez, no se le puede poner etiquetas. Y que, donde hay amor, ahí está Dios.

Ese es el lema de una campaña a favor de la diversidad del Movimiento Feminista de Nicaragua, cuya imagen es de dos mujeres besándose. ¿Qué le parece?

Pues muy bien. No es que el amor sea algo perfecto que pueda con todo, pero me parece un buen mensaje.

Entonces, ¿qué es el pecado?

El pecado es un invento. Es la negación de la vida, la negación de la posibilidad de ser feliz. Es una construcción social. El pecado es un desorden que te provocas a ti misma, pero tú eres el primer damnificado y tienes una carga que te llevas a cuestas. Jesús hablaba de pecado porque era el lenguaje de la época, pero no cargaba contra los pecadores. Asistimos a una teología del pecado muy totalitaria. El recurso fácil es culpabilizar a la mujer, cargar más peso a la mujer encorvada. La confesión es un instrumento de poder. Hace años que no me confieso. Por eso las mujeres van abandonando las iglesias. Los obreros abandonaron la iglesia por las injusticias a principios del siglo XX, los jóvenes a mediados de siglo, las mujeres en el siglo XXI. Queremos cambiar las cosas, y también queremos que los hombres cambien su modelo de masculinidad.

Pero, ¿cómo puede una mujer de un pueblo pequeño acceder a esos discursos alternativos a los del cura de su parroquia?

Antes era imposible. O te ibas del pueblo, o te metías en una orden religiosa. Ahora las mujeres de los pueblos tienen recursos. Hay medios de comunicación. Escriben cartas, envían correos, opinan. Si es necesario, denuncian. Abandonemos la idea de la mujer pobrecita que no sabe. Han perdido el miedo a pronunciarse. El discurso patriarcal viene de muy antiguo, no lo emite sólo la iglesia sino toda la sociedad: desde los medios de comunicación a los púlpitos, se dice a las mujeres lo que tienen que hacer. Es muy difícil sustraerse de ese pensamiento único. A medida que las mujeres se organizan en grupos, ahí hay una fuerza.

La Conferencia Episcopal se vuelca contra el aborto, pero no se ha manifestado contra la violencia machista, contra el feminicidio.

La Iglesia tiene un defecto: le obsesiona mucho el final y el principio de la vida. Reserva únicamente a Dios el derecho a decidir. Esto marca la postura ante la eutanasia y el aborto. Así, que se mate en guerras parece inevitable y, efectivamente, no se han desarrollado medidas de protección a las víctimas de la violencia machista. La jerarquía confunde el poder de Dios con su propio poder de influir. Pero hay personas clarividentes dentro de la Iglesia que lo están denunciando, como Teresa Forcades.

El libro ‘Cásate y sé sumisa’ se ha convertido en un éxito de ventas. ¿Cree que ese mandato de sumisión femenina impera en el discurso hegemónico de la Iglesia católica?

Se podían haber ahorrado ese libro. Ni me molesto en contestar. No vamos a discutir tonterías. Es un intento desesperado de querer salvar lo que ven amenazado: sienten que con el papa Francisco, todo se les va de las manos. El pensamiento único aparentemente da seguridad. Vendes tu libre conciencia a cambio de esa falsa seguridad.

¿Qué espera del papa Francisco?

Está en nuestra línea, de desmontar artificios innecesarios, abriendo camino para que el Evangelio pueda leerse con mayor claridad; bienvenido sea. Pero no soy mitómana. Es una voz como la nuestra, sólo que desde el altavoz del Vaticano suena más alto y lejos.

¿Aboga por que las mujeres que se topen con discursos machistas en las Iglesias vivan su fe sin intermediarios o en espacios alternativos?

Eso estamos haciendo. Las mujeres enseñamos, aprendemos teología, historia, biblia, trabajamos en redes solidarias con otras mujeres para conseguir la igualdad, somos críticas como cómo gobiernan los hombres. Pensamos estrategias para desmontar mitos y lenguajes excluyentes. Debatimos sobre ecofeminismo, teología queer (la teología de los márgenes, que reconoce a Dios en los sujetos que desecha la sociedad; negros, homosexuales, transexuales…). Rescatamos la aportación indispensable de mujeres bíblicas, históricas. Por ejemplo, contamos que San Jerónimo, quien tradujo la biblia (representado en una cueva, desnudo con una calavera) contó con un grupo de mujeres del Tridentino que tenían poder (porque los hombres estaban en la guerra) y que fueron un apoyo clave en su trabajo.

Construimos la Iglesia que soñamos. No queremos ser iguales que ellos, no queremos que nos hagan curas ni llegar a papas. No nos interesa. No tendría que haber papa ni Vaticano.

26 de enero de 2014

Las mujeres, sin tierra, alimentan al mundo

Mª Ángeles Fernández
Excelente artículo de la periodista Mª Ángeles Fernández publicado en PÍKARA MAGAZINE

La soberanía alimentaria, el derecho de los pueblos a decidir el propio sistema de alimentación y producción, emerge desde el cuidado ancestral de las mujeres por las semillas. Sin acceso al crédito o a la titularidad de los terrenos, alimentan al 70 por ciento de la población del Sur, mientras las transnacionales luchan por controlar el negocio.


‘Tembi’u rape’ es el programa de la televisión guaraní que muestra los ‘caminos de la cocina’ paraguaya. Conduce a la audiencia hacia unas formas de alimentación tradicionales cada vez más olvidadas. Enclavado en el corazón de América del Sur, entre potencias como Argentina y Brasil que han controlado su economía y por ende su producción y su alimentación, a través de la soja y la ganadería, Paraguay es un claro ejemplo de cómo el modelo productivo puede transformar el paradigma económico, ideológico y social de un Estado.

“Las estadísticas muestran que apenas el 2 por ciento de la tierra está en manos de campesinos, campesinas y comunidades indígenas. El resto está controlado por empresas del agronegocio o por grandes terratenientes que se dedican a la producción ganadera y de soja, o a algún tipo de grano que se rige bajo el mismo modelo: producción a gran escala, con semilla transgénica, con introducción de tecnología mecánica y uso intensivo de agrotóxicos. Todo ello trae aparejado la deforestación masiva de grandes extensiones de terreno, deterioro del medio ambiente, del suelo, desplazamiento forzoso de las comunidades. Y las que llevan la peor parte son las mujeres”, resume, como si fuera sencillo, la presentadora de ‘Tembiù Rape’ e integrante de la Coordinadora Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (Conamuri), Perla Álvarez.

‘Teko karu sâ’ÿ’. Así se dice en guaraní, lengua oficial de Paraguay hablada mayoritariamente en las zonas rurales, ‘soberanía alimentaria’, un concepto transversal en ‘Tembi’u rape’, que reivindica el papel de las campesinas y campesinos locales en la alimentación. “El tema está politizado y las decisiones se toman en el ámbito del Estado, a pesar de que que es una cuestión cotidiana para las mujeres, que siempre han sido las encargadas de la alimentación”, añade Álvarez.

La noción de soberanía alimentaria fue introducida por La Vía Campesina, un movimiento social que enhebra las luchas sociales del campesinado de gran cantidad de países. “Nos une el rechazo a las condiciones económicas y políticas que destruyen nuestras formas de sustento, nuestras comunidades, nuestras culturas y nuestro ambiente natural. Estamos llamados a crear una economía rural basada en el respeto a nosotros mismos y a la tierra, sobre la base de la soberanía alimentaria, y de un comercio justo”, expusieron en 1996 en México, durante su segunda conferencia internacional, cuando se habló por primera vez de este concepto.

La soberanía alimentaria, explican, es el “derecho de los pueblos a los alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sostenible y ecológica”. Es el derecho a decidir el propio sistema de alimentación y producción. Es colocar a quienes producen, distribuyen y consumen alimentos en el centro de los sistemas y de las políticas alimentarias, “por encima de las exigencias de los mercados y de las empresas”. Y las mujeres son los ejes esenciales cuando se habla de alimentación y de producción de alimentos. “Históricamente han sido quienes han protegido las semillas nativas, el principio de la vida,”, explica de manera didáctica y pausada Wendy Cruz, de La Vía Campesina de Honduras.

El argumento lo comparte Naciones Unidas, en boca de la directora ejecutiva de ONU Mujeres, Phumzile Mlambo-Ngcuta: “Las mujeres, incluidas las indígenas, frecuentemente han custodiado la gestión y el uso sustentable de los recursos naturales y la preservación y conservación de los cultivos tradicionales y la biodiversidad para las generaciones actuales y futuras”.
 
Los datos de la desigualdad

Incluso los organismos multilaterales que apuestan por la seguridad alimentaria frente a la soberanía reconocen el papel de las mujeres en la alimentación, así como su discriminación y su desigualdad de oportunidades en el mundo agrario. “Si las mujeres de las zonas rurales tuvieran el mismo acceso a la tierra, a la tecnología, a los servicios financieros, a la educación y a los mercados que los hombres, la producción agrícola podría aumentar y el número de personas que padecen hambre se podría reducir entre 100 y 150 millones”, recoge el informe de la FAO ‘El estado mundial de la agricultura y la alimentación’, en su edición 2010-11. Según la misma fuente, las mujeres de todo el mundo tienen menos acceso a la tierra que los hombres: los datos de los países calificados en desarrollo indican que entre el 3 y el 20 por ciento de las personas propietarias de tierras son mujeres, mientras que en algunas zonas el porcentaje no llegan ni al uno por ciento. “La tierra y el territorio son un derecho humano del que pueden nacer las fuentes de desarrollo del pueblo. Quien no tiene tierra no tiene patria. Es el principal recurso de producción en el mundo”, apunta Wendy Cruz.

No poseen la propiedad de la tierra, pero sí son las mujeres quienes la trabajan mayoritariamente. En el Sur, la FAO reconoce que el 70 por ciento de la producción alimenticia es aportada por las mujeres. Un dato que se convierte en escalofriante si se tiene en cuenta que son más del 60 por ciento de ellas las que sufren hambre en el mundo. Sin olvidar que en algunos países la tradición dicta que coman las últimas o que durante una crisis son generalmente las primeras en sacrificar su consumo de alimentos con el fin de proteger la alimentación de sus familias.

Las mujeres tampoco tienen acceso al crédito agrícola, donde el porcentaje que las arropa no llega al 10 por ciento. Ellas cultivan y producen, mientras que las transacciones económicas están en manos masculinas. También la toma de decisiones.

La situación por países presenta matices, pero siempre con tonos de desigualdad y discriminación. “En Honduras hay dos millones de mujeres campesinas: 1,3 viven en pobreza y un 86 por ciento no tiene acceso a tierra. Están violentando el derecho de las mujeres a tener una vida digna, a seguir aportando al desarrollo y a garantizar la alimentación del pueblo”, subraya Wendy Cruz. “Cuidamos gallinas, plantas, personas… todo ese trabajo está invisibilizado y no remunerado”, añade.

‘Jaguerujey ñane retã rembi’u reko’ o lo que es lo mismo: “Recupera la cultura alimentaria de nuestro país”. La activista Perla Álvarez retrata a Paraguay, un país en el que el agronegocio y los transgénicos son el motor de la economía y donde sólo el 1,6 por ciento de los propietarios se reparten el 80 por ciento de la tierra agrícola y ganadera, según datos de Intermón Oxfam. “Las mujeres indígenas son las que llevan adelante la resistencia para mantener el territorio porque muchos de los líderes son comprados por los ganaderos o por los sojeros. Ellos alquilan la tierra pero las que llevan la peor parte son las mujeres, quienes saben qué valor y qué importancia tienen los territorios para la alimentación, pero también para la cultura, para la comunidad y para mantenerse como pueblo”. En un contexto en que la producción de alimentos está cada vez en menos manos, es objeto de especulación económica y no entiende de mandiles ni de aliños, la voz de las mujeres es imprescindible porque la soberanía alimentaria “es anticapitalista y antipatriarcal”, sostiene Leticia Urretabizkaia, coautora del libro Las mujeres baserritarras: análisis y perspectivas de futuro desde la Soberanía Alimentaria, junto con Isabel de Gonzalo. “El asunto de la alimentación muchas veces ha pretendido ser un tema de decisiones masculinas, tanto en las familias como en las organizaciones, porque quienes van a negociar con el Gobierno suelen ser los hombres”, añade por su parte Perla Álvarez.

Desde hace años, la tierra, y sus productos, son objeto de deseo de las grandes transnacionales y de los mercados financieros. “El capitalista neoliberal, siguiendo su lógica de acumulación, explotación y depredación, ha colocado la producción de alimentos en manos del mercado internacional, alejándola cada vez más de las necesidades e intereses de las personas y de prácticas sustentables de producción”, explica la técnica de Cooperación del eje de Género y Feminismo de Mundubat, Isabel de Gonzalo.

Los grupos de consumo como reto

‘Recuperamos tembi´u apoukapy kuera’. ‘Recuperamos recetas’. Perla Álvarez trata de mostrar las maneras tradicionales de la alimentación, explicar la importancia del consumo como un elemento emancipador. Somos lo que comemos. También cómo lo comemos. Lo hace en Paraguay, dónde el 25,5 por ciento de la población está malnutrida, mientras que los sectores de la agricultura y ganadería suponen el 28 por ciento del PIB.

El consumo también es un acto político íntimamente ligado a la soberanía alimentaria. En una sociedad en la que la identidad está cada vez más unida a los conceptos de ‘compra’ y de ‘gasto’ la transformación social no debe obviar esta parcela de la vida. Avanzar hacia la soberanía alimentaria es también hacerlo hacia los circuitos cortos de alimentación o grupos de consumo, “otra forma de llevar a la práctica la máxima de la economía feminista de poner la vida en el centro”, en palabras de la activista del grupo de decrecimiento Desazkundea Kristina Sáez.

El camino de los circuitos cortos de comercialización aún es largo. “Actualmente nos encontramos en la fase en que los grupos de consumo se están dando cuenta y empezando a reconocer la ausencia de la perspectiva de género”, apunta Urretabizkaia, quien trabaja en el diagnóstico para una cooperativa de producción y consumo de productos lácteos. Son muchos los colectivos que trabajan al respecto.

Nekasare es un grupo de consumo que nació en 2005 del sindicato ENHE-Bizkaia. Por aquel entonces la crisis económica era una pesadilla impensable y el porcentaje de mujeres rondaba el 70 por ciento de las personas productoras adscritas. La situación cambió totalmente con el aumento del desempleo: “Cuando la pareja se queda sin trabajo en la industria y la agricultura es la principal actividad económica se produce un absoluto desplazamiento de las mujeres”, explica Isa Álvarez, técnica de ENHE-Bizkaia y coordinadora de la red Nekasare. Hubo un cambio de roles y gran parte de las mujeres cedieron su espacio en lo público a sus parejas. Hoy, de 80 personas productoras, sólo 35 son mujeres.

Cuando la agricultura se convierte en el principal sustento económico ante la falta de otros ingresos, las mujeres son desplazadas, al menos del ámbito público. En el Norte y el Sur la invisibilización del trabajo de las mujeres en el campo es notoria, aunque sobre ellas recaiga la responsabilidad de alimentar al mundo, sin tierras, sin maquinaria y sin crédito. “Si hablamos de alimentación hablamos de la vida”, finaliza Perla Álvarez. Y de las mujeres. ‘Ha mba’e hembireko kuera’.

16 de enero de 2014

Queerizar los planteamientos tradicionales de género y sexualidad

Ilustración Señora Milton

Excelente análisis de Beatriz Gimeno sobre género, prácticas sexuales y feminismo, publicado en la revista PÍKARA MAGAZINE

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Hace un par de semanas se publicaron en España dos estudios sobre la violencia de género en adolescentes y jóvenes cuyos resultados venían a demostrar que los adolescentes, ellos y ellas, son cada vez más machistas y no menos. Todo el mundo puso el grito en el cielo y recordó la falta de políticas de igualdad. Pero aquí convendría recordar que hace dos años Amnistía Internacional publicó un informe en el que denunciaba que en los países nórdicos, con décadas de políticas y formación igualitarias,  se sigue produciendo mucha violencia machista; tanta o más que aquí.  La realidad es que en Suecia el machismo es tan peligroso y violento como aquí. Así pues, tenemos que asumir que décadas de un cuasi feminismo de estado no parecen haber cambiado sustancialmente eso que Connell llama “el orden de género”.


El problema es que el orden de género es un mecanismo de una complejidad que parece inabarcable. Como dijo una vez Celia Amorós con una metáfora muy afortunada, el patriarcado es como la cabeza de Medusa, con serpientes en lugar de cabellos; cortas una y crece otra aún más fuerte. Las feministas tenemos a veces la sensación de que mientras estamos combatiendo una serpiente (por ejemplo, la de la desigualdad legal) hay otra que está engordando (la del lenguaje, por ejemplo); mientras nos volvemos a la del lenguaje nos crece la dictadura de la imagen corporal y cuando le damos un golpe a ésta parece engordarse la de la violencia machista; cuando legislamos contra la violencia machista entonces ésta se enmascara tras la violencia simbólica de las representaciones…y así vamos acumulando agotamiento y frustración.


Las expertas en economía feminista hablan de la realidad económica patriarcal como un iceberg del que sobresale la parte del empleo remunerado y del que queda oculta toda la parte del trabajo doméstico y de cuidado. De la misma manera, podemos decir que la construcción de las relaciones entre mujeres y hombres es otro iceberg con una parte visible -las relaciones determinadas por el comportamiento diferencial de género, incluida la sexualidad y los afectos- y otra parte invisible, relacionada con la manera en que se construye esa sexualidad y ese comportamiento: la construcción de la subjetividad, lo simbólico; las complicadas conexiones que atan este universo simbólico inconsciente a la identidad y a las construcciones de género, y éstas a los cuerpos. Cualquier cambio que busquemos provocar en las relaciones entre los sexos, será apoyado por las leyes y los cambios sociales en la parte de arriba del iceberg, pero necesitará también un cambio en la parte sumergida: un cambio en la sexualidad, en esa enorme construcción simbólica que se instala en las emociones, en las fantasías, en los cuerpos, en los deseos y placeres. Sin tener en cuenta esta parte invisible del iceberg, no podemos modificar  en lo sustancial las relaciones de género.


En las encuestas parciales realizadas en institutos, a las que he tenido acceso, se preguntaba a lxs chicxs por el sexo, y sus opiniones son demoledoras. Lo que estas encuestas indican es que, mientras muchas cuestiones relativas al comportamiento superficial de género están cambiando o, al menos, se muestran inestables, en lo relativo a las cuestiones sexuales la igualdad está retrocediendo claramente y se está conformando como un núcleo duro de diferenciación sexual. Tengo la impresión, además, que es en este aspecto, en el terreno del sexo, dónde en este momento se está refugiando una subjetividad patriarcal “dura” que se encuentra acosada en muchos ámbitos; este es el terreno en donde los chicos se sienten “chicos de verdad” y donde crece el uso de la pornografía más machista y de la prostitución. Es posible que sea en el terreno sexual donde los chicos y los hombres de los países occidentales, marcados por las conquistas feministas en lo social busquen ahora extraer eso que Donna Haraway ha llamado “plusvalía de género”. Si la plusvalía de género se extrae ahora del sexo… entonces el feminismo tiene que volver a preguntarse: “¿Qué papel ocupa la sexualidad en la opresión de las mujeres?”. En este sentido comparto la opinión de Ruby Rich cuando afirma que “es imposible dar demasiada importancia a la sexualidad como problema para las mujeres”.


“Está el feminismo y está el follar”, es una frase que leí hace un tiempo en un artículo de la feminista Lynn Segal. En él criticaba que el feminismo mainstream se ha olvidado “del follar”, de con quién, cómo, por qué; de cuestionar los profundos significados simbólicos asociados al follar. Segal se hace la siguiente pregunta: ¿Cómo puede un movimiento que tuvo su fuerza inicial y su inspiración en el radicalismo sexual de los 60, tener hoy tan poco que decir acerca de la sexualidad?  Desgraciadamente así es; la  corriente principal del feminismo no tiene hoy una agenda cuestionadora del heterocentrismo o el coitocentrismo, ni ofrece alternativa alguna a las representaciones sexuales ominipresentes, casi únicas, que se nos ofrecen en la televisión, el cine, la publicidad, en la cultura hegemónica en definitiva. Hemos construido un discurso público de igualdad al mismo tiempo que seguimos atadas a imágenes o prácticas sexuales de desigualdad. Intentamos educar contra el amor romántico y la dependencia, pero no hacemos nada para aprender o desaprender de la construcción generizada del deseo y de las prácticas sexuales.


El feminismo heterocentrado parece haber renunciado a tener una agenda sexual que pueda poner en cuestión ese enorme edificio tanto de la sexualidad material, las prácticas, como de lo simbólico: deseos, fantasías, emociones…, lo inexpresado. Al feminismo mayoritario le cuesta enfrentarse a la madeja de las contradicciones que conviven en el sexo; las mil y una experiencias dolorosas y placenteras, de creación de conocimiento, de fuente de poder y despoder.  Aunque seguimos afirmando enfáticamente que lo privado es político, la  sexualidad sigue siendo tratada como un asunto privado, cuando sabemos –gracias al feminismo, precisamente- que no hay un asunto más público; que la sexualidad nos rodea, nos moldea, nos forma, nos da entidad, nos asusta, nos empodera, está en el centro de nuestra personalidad, es un mercado global, crea conocimiento, injusticias, desigualdades y también placeres y felicidad.


Para el feminismo mainstream sigue siendo difícil tratar el sexo públicamente de manera crítica y por eso le resulta  muy complicado cuestionar el heterosexismo y el coitocentrismo, porque hacerlo podría poner en peligro el lugar privilegiado que ocupa respecto de otros feminismos. Y sin embargo sin cuestionar la división sexual del sexo, es decir, sin analizar críticamente los discursos dominantes sobre la heterosexualidad y las prácticas sexuales en las que claramente se distribuye de manera desigual las posiciones de sujeto y objeto, de hombres y mujeres, va a ser muy complicado conseguir la igualdad sexual.


La heterosexualidad no puede ser libre hasta que seamos capaces de dejar de pensar en términos de opuestos que se atraen, dijo Mariana Valverde; y así es.  La manera en que la sexualidad heterosexual se funde con los estereotipos de la masculinidad y de la feminidad hasta convertirse realmente en la base de la subjetividad masculina y femenina, deberían hacer pensar que sin un trabajo en ese sentido las serpientes seguirán creciendo en la cabeza de la Medusa.  La pregunta es:  ¿Cómo se cambian deseos, prácticas, placeres? Sabemos que el género adquiere su significado a través de la imagen básica de la heterosexualidad: la heterosexualización del deseo requiere e instituye la producción de oposiciones asimétricas entre lo femenino y lo masculino. El resultado es que las identidades de género están necesitadas y son dependientes de la producción de la “sexualidad” como estable, binaria y opuesta.


Y también sabemos que en el centro de todo se encuentra el coito; que el significado de masculinidad y feminidad está atado al simbolismo cultural del acto sexual reproductivo, y que de ahí surgen los significados culturales de masculinidad y feminidad. Muchas teóricas feministas han llamado la atención sobre el relativo despoder que se produce para las mujeres en los encuentros sexuales con los hombres. No se trata de que las mujeres heterosexuales se conviertan en lesbianas, no se trata de negar el placer que pueda proporcionar cualquier práctica libremente escogida y compartida, incluido el coito, pero negar que éste lleva asociado imágenes simbólicas de poder, cuando toda la cultura desde el lenguaje a las construcciones subjetivas personales, desde las guerras a las violaciones, desde los gestos amenazadores a los chistes machistas, demuestran que esta práctica se ha utilizado y se sigue utilizando como arma de dominio, es negar una evidencia. Porque éramos conscientes de esto es por lo que el feminismo de la segunda ola intentó pensar las relaciones sexuales fuera del coito heterosexual, como forma de combatir el heterosexismo.


Hoy, por el contrario, en la sexualidad que aprenden los y las adolescentes, no hay más que penetraciones orales, anales o bucales que los chicos hacen a las chicas.  El sexo para los y las adolescentes se reduce a un falo omnipresente que penetra cualquier orificio femenino y esta escena se representa como lo único que ella desea. El pene es obviamente en todas las representaciones culturales y en las prácticas de la inmensa mayoría de lxs adolescentes un símbolo de potencia y poder, literalmente el agente de control sobre la mujer. Quizá no sea correcto hablar tanto de una sexualidad masculina como más bien de una ortodoxia masculina de la sexualidad  cuyo centro sería el coito.


Enfrentarse a todo esto es complicado porque hay pocas cosas en el mundo, especialmente hoy, que reciban tanto refuerzo por parte de todos los poderes como las normas sexuales hegemónicas;  pocas cosas hay que se pretendan hacer pasar por naturales con tanta fuerza como la heterosexualidad. A los cuerpos se les dan o se les niegan significados mediante instituciones y discursos que dan valor a eso que es visto como “masculino” y “heterosexual” y que degradan “femenino” y “homosexual”. En la cultura occidental, al menos, vivimos en mundos de subjetividad donde las dinámicas de género, atadas a los imperativos de la heterosexualidad (o a nuestra resistencia a ellos) prevén las bases de nuestro sentido del yo, constituyen la certeza de lo que somos.


Y frente a todo esto el feminismo mayoritario ha creado mucha teoría de la construcción del género e incluso del deseo en abstracto, pero se echa en falta una teoría del deseo en relación con el cuerpo, del cuerpo deseante y del cuerpo como objeto de deseo. Y aquí nos encontramos con uno de los problemas fundamentales, y es que lo que hace crecer el deseo raramente tiene que ver con los deseos de una consciencia feminista. Necesitamos una teoría feminista  heterosexual que se enfrente al sexo BDSM, que hable de lo extrañas, peligrosas y perversas que son las fantasías sexuales; de cómo manejarse con deseos “no feministas” sin culpabilizarse por ello pero sin renunciar tampoco al placer.


¿Tiene el deseo algo que ver con el género? ¿Y las prácticas sexuales? ¿Hasta qué punto los deseos nos sitúan en una posición social u otra, hasta qué punto las prácticas sexuales pueden cambiar o marcar una posición social? ¿Cómo les explicamos a los chicos que abandonarse, entregarse, perder el control, pueden ser actitudes sexuales masculinas? ¿Alguien ha visto un chico femme?  ¿Alguien ha visto a una chica hetero que sea butch? ¿Qué hacemos con las chicas que tienen fantasías de sumisión o violación, de sexo en grupo, de penetración femenina? ¿Y con los chicos que creen que esas fantasías de poder asociado al sexo son el paradigma de las relaciones con las chicas?


Hace falta una agenda sexual feminista no vinculada exclusivamente con el movimiento queer o LGTB, que sí la tiene. Es entendible que las teorías de dislocación del sexo y la norma heterosexual provengan mayoritariamente de personas LGTB porque estas personas ya estamos en una posición descentrada que nos permite una mirada diferente, que nos permite experimentar con mayor libertad; por el lugar que ocupamos estamos mejor preparadas para introducirnos en debates acerca de la naturaleza del deseo y las políticas del placer. Pero las feministas heterosexuales tienen que insistir, como en los 60 y 70, en criticar las opresivas oposiciones que atan identidad de género a sexualidad, vía heterosexualidad. Todas las feministas podían, y estratégicamente debían, participar en los intentos de subvertir los significados de “heterosexualidad”, entendiendo que no se trata de abolir dicha práctica sino sus significados de desigualdad.


¿Puede ser queer el feministmo heterosexual? Puede y debe. Ciertamente que no es esperable un levantamiento de los seres humanos contra sus propias identidades de género, pero el feminismo heterosexual debería volver a ser crítico con el binarismo sexual de género porque el deseo heterosexual, cualquiera sea su forma, tiene la capacidad de ser tan queer o amenazante para el orden de género como sus alternativas. La heterosexualidad tiene que tener también una agenda sexual radical, descentrada y perversa para “el orden de género”. Para ello debe retomar la crítica al heterosexismo con fuerza, hablar mucho más acerca de la  diversidad y fluidez del deseo heterosexual y de las experiencias corporales; hablar de deseo, de todos los deseos, de cómo gestionarlos, de cómo aceptarlos, de cómo gozarlos, de cómo enfrentarse a los deseos más perversos, independientemente del género y siempre en el respeto al otro, a la otra.


Se trata de queerizar los planteamientos tradicionales de género y sexualidad, se trata de poner las prácticas sexuales en el centro de algunos de los discursos. Se trata de asumir que hay muchas heterosexualidades y que las experiencias ý posiciones sexuales son más fluidas de lo que cualquier representación puede capturar al hacer normas.  Se trata de cortar una serpiente que aun está casi intocada en la cabeza de la Medusa.