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5 de mayo de 2013

Los cuentos que nos cuentan: la reproducción y ¿sus protagonistas?

Tal y como se puede deducir del análisis sobre el uso del lenguaje en el ámbito de la ciencia que lleva a cabo Eulalia Pérez Sedeño -catedrática en Filosofía y Lógica de la Ciencia por la Universidad del País Vasco y profesora de Ciencia, Tecnología y Género en el Instituto del CSIC (Centro Superior de Investigaciones Científicas)­ -en su ensayo El Sexo de las Metáforas, el lenguaje "científico" ha hecho de la ciencia un vehículo de transmisión de ideas sexistas preconcebidas y sin base científica y ha explicado determinados comportamientos biológicos de manera sesgada. Es precisamente en la ciencia donde el patriarcado ha encontrado un escenario idóneo para transmitir su  ideología, ya que desde este ámbito la argumentación sobre el protagonismo hegemónico masculino en los procesos biológicos adquiere un rango que lo hace incuestionable, al menos para aquellas personas no especializadas en la materia -una gran mayoría-. Esta práctica de manipulación lingüística se ve reforzada por  el profundo enraizamiento que tiene en el imaginario colectivo la atribución de determinadas actitudes como propias y exclusivas de la naturaleza femenina, siempre en contraposición de la masculina, como es el caso de la inactividad femenina, en contraste con la actividad masculina. 

Los argumentos "científicos" -y la forma en cómo éstos son divulgados- tienen un peso de tal magnitud en la opinión pública que hace muy difícil que puedan ser cuestionados. Esta incuestionabilidad se debe a dos aspectos fundamentales: el desconocimiento por una gran parte de la colectividad ciudadana de una disciplina compleja que requiere una cierta formación para comprenderla y  la irrefutabilidad de sus conclusiones que es percibida como una cualidad inherente a esta instrucción, en parte a causa de este mismo desconocimiento sobre la materia. Este aspecto de la ciencia que calificamos como indiscutible se ve fortalecido por una tecnología consagrada a su servicio que en las últimas décadas ha progresado  a tan gran velocidad que ha abierto una brecha entre el desarrollo humano y el tecnológico. Éste último se ha alejado enormemente del individuo, que se ve incapaz de comprender y adaptarse a sus constantes innovaciones, lo que ha dado lugar a que viva los avances técnicos con una sensación permanente de obsolescencia, hecho que ha  favorecido la mitificación de la ciencia y la tecnología.

La antropóloga feminista Emily Martin, expone su lúcido análisis sobre esta misma cuestión en el ensayo The egg and the sperm, "cómo la ciencia ha construido un romance perfecto basado en estereotipos de género" -tal y como el título de su escrito lo define- y que es comentado en el artículo publicado en la revista online DIAGONAL que te invitamos a leer a continuación.

Artículo escrito por la administradora del blog
Fuente fotografía: http://www.diagonalperiodico.net/blogs/vidas-precarias/cuentos-nos-cuentan-la-reproduccion-y-sus-protagonistas.html

Los cuentos que nos cuentan: la reproducción y ¿sus protagonistas?

La antropóloga Emily Martin explica en su artículo “El óvulo y el espermatozoide: de cómo la ciencia ha construido un romance perfecto basado en estereotipos de género” cómo, en los discursos científicos sobre óvulos, espermatozoides y fecundación, se presentan estos gametos[1] desde el antropomorfismo, esto es, con cualidades humanas, y desde una visión binarista, desigual y estereotipada de cómo las personas somos entendidas en términos a partir de coordenadas de masculinidad y feminidad. Así, los espermatozoides se presentan masculinizados, como sujetos con capacidad de acción, fuertes, valientes, con objetivos (fundamentalmente: penetrar al óvulo), y los óvulos se presentan como receptores pasivos, dotados de significado sólo a través de su contacto con “el” espermatozoide. Lisa Jean Moore, años más tarde, escribió un libro sobre “el fluido más preciado de los hombres” en el que analizaba discursos en torno a los espermatozoides en diferentes ámbitos. Ella destacó cómo en en ellos se reproduce también un modelo de masculinidad hegemónica en el que la relación entre éstos y los óvulos se presenta o bien en términos de “batalla de los sexos” o en términos de “complementariedad” con un fuerte componente de historieta de combates o cuento de hadas fuertemente heteronormativo, en los que la relación entre los supuestos polos “femenino” y “masculino” es claramente desigual.

Algunas películas se han hecho eco del asunto, seguro que más de unx recuerda esta (entre el 2.40 y el 4,35). Pero es fácil verlo también en documentales y series de “divulgación científica” para todos los públicos. Estos discursos naturalizan la masculinidad hegemónica y sitúan a los óvulos, y lo que entienden y definen como el cuerpo de las mujeres, en el lugar pasivo que les reserva el imaginario heteropatriarcal.

Los estudios de estas autoras nos recuerdan que la ciencia -como todos los demás discursos- es situada, que las definiciones científicas de lo que somos están conformadas en el contexto de una cultura, de una forma de entender el mundo muy particular. Las hegemonías blancas, occidentales, heteronormativas y androcéntricas nos explican así cómo se da el proceso de reproducción desde una visión simplificadora en la que el punto clave se sitúa en el encuentro entre óvulo y espermatozoide. Estas explicaciones parece que necesitasen buscar protagonistas de la historia, un chico y una chica para formar lo que Emily Martin llama “romance perfecto”. Dar esta centralidad a la fecundación frente a todo el resto de procesos que tienen lugar en el aparato reproductor femenino crea una falsa imagen en la que pareciese que lo único necesario y esencial para que nazca un bebé es que un espermatozoide espabilado consiga ganar a todo su grupete en una especie de “gran carrera” y penetrar (¿¿¿en qué momento asumimos que el encuentro entre células es “penetración”???) al óvulo.

Esta visión simplista y absurda invisibiliza todo el trabajo que el aparato reproductor femenino y todo el cuerpo de la persona dentro de la que se da la fecundación llevan a cabo en este momento y en las semanas subsiguientes. Ella es la que activa una serie de mecanismos que consiguen que se genere un embrión que, en algunos casos, puede derivar en un feto que, en ocasiones, deriva en una nueva persona. No siempre es así, muchas veces el proceso se para, o bien porque el cuerpo no reconoce el conjunto de células como un embrión y no genera los procesos necesarios para el desarrollo del mismo o para su posterior derivación en feto, o bien porque la persona que lo está desarrollando decide no continuar el proceso porque no quiere, no puede o no desea en ese momento generar una nueva vida con todo lo que ello implica. Esto se realiza, si se puede hacer de una forma segura, a través de la paralización del proceso por vía médica. Vaya, igual que se paralizan por vía médica otros procesos que suceden en nuestro cuerpo de forma no deseada (desde la extensión de un virus común a la multiplicación de células cancerosas).

El hecho de que los cuentos que nos cuentan sobre la reproducción se centre en la agencia de los hombres (“Papá pone una semillita en mamá”) y niegue totalmente la agencia de las mujeres no es algo inocente ni ingenuo. Esto no es lo mismo que decir que todas las personas que repiten la historia tengan en la cabeza una estrategia maléfica de sometimiento de las mujeres, evidentemente. Pero el imaginario existente en torno a la reproducción separa al embrión y al feto del resto del cuerpo de quien lo está generando, y separado del cual no existe. Este imaginario forma parte de una estrategia más de sometimiento y negación de la agencia de las mujeres y demás sujetos no hegemónicos, una estrategia más de control de los cuerpos que no se atienen a las normas del ideal religioso y conservador que nos prefiere muertas antes que libres.

La lucha por el derecho al aborto va más allá de que una mujer en un momento dado pueda abortar (aunque eso ya es suficientemente importante), implica reconocer que podemos tomar decisiones sobre nuestras vidas que se salgan del ideal heteronormativo de la familia nuclear. Que podamos decidir sobre nuestra p/maternidad, nuestra sexualidad, nuestro placer. Implica negarse a que los derechos se adquieran sólo por vía económica (porque evidentemente, siempre ha habido clases y quienes puedan permitírselo volverán a volar a Londres). Implica cuestionar un discurso que dice saber más sobre nosotras que nosotras mismas. Luchar por construir imaginarios distintos, vidas con sentido, vivibles, decididas; no se termina en el derecho al aborto, faltaría más, pero permitir que nos lo roben supone precarizar muchísimo más las vidas de gente ya suficientemente precaria. Considero que cualquier discurso político o ético que se pueda considerar mínimamente emancipador tiene que asumir que, tanto en relación al aborto como en general en la relación con nuestros cuerpos, las “mujeres” deciden, la sociedad respeta, el estado garantiza y las iglesias no intervienen. 

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